lunes, 6 de septiembre de 2010

Black Dog's Oxbow

Las aguas corrían lentas, con parsimonia, entre las piedras del río. Un antiguo meandro abandonado, lo que los estudiosos llaman un oxbow, formaba un remanso en el que el agua se renovaba sin prisas, pero sin pausas. Los cañaverales de las riveras se movían, mecidos por el viento de la tarde, en sintonía con su ulular entre las hojas de los sauces y los alisos. Solo el silbido de un viejo desdentado y despreocupado rompía, si es que se puede emplear ese verbo, la armonía de la naturaleza al atardecer. Su nieto, sentado en un cubo de latón observaba a su abuelo mientras pescaba. El muchacho sabía perfectamente que el silencio era fundamental para llenar la sartén de pescado, pero en donde esté la natural curiosidad de la infancia se olvidan las necesidades de la barriga, y bombardeaba al viejo a preguntas. El anciano, de rostro blancuzco y mofletes y narices rojas como la sangre, respondía susurrando entre los pocos dientes que le quedaban y los labios que sostenían una pipa de maíz, apagada desde hacía dos inviernos, pues los médicos se meten en los asuntos de las personas o lo que es lo mismo, donde no les importa –eso es lo que pensaba el viejo y eso es de lo que doy fe como narrador-.

-Abuelo, ¿estuviste en la gran ciudad?

-Si, hijo, si. Estuve en la capital.

-¿Y como es? ¿Es grande, tiene muchos automóviles?

-Ya lo creo, hijo, ya lo creo. Hay tantos coches allí que hay unos guardias especiales para pararlos y ordenarlos. Hacen mucho ruido. Son muy bonitos los coches en la ciudad. Recuerdo uno que era tan grande como un tractor pequeño y relucía entre las luces de las calles. Era digno de ver, si.

-¿Luces en las calles? ¿Cómo las farolas del camino a la estación?

-¡No, hijo, que va! Son luces de muchos colores, colores artificiales, que no se parecen a ninguno que yo haya visto por estos parajes. El verde no es como el de los árboles o la hierba. Brilla como una joya. Son como una barritas rellenas de color brillante, más aún que el fósforo, más aún que una luciérnaga, si, hijo, así son las luces de la ciudad. Por la noche hay tantas que parece de día a las 2 de la madrugada. Hay bullicio. No es como aquí. Allí hay gente por todos los sitios, vestidos muy elegantes y corriendo, parecen chiquillos que corren para acá o para allá. Parece que nunca duermen.

-¿Y por qué fuiste allí, abuelo?

El viejecillo encorbado estaba en cuclillas y tardó un poco más de la cuenta en responder a la pregunta ansiosa del chaval porque veía la sombra de un pez que se aproximaba a su sedal. Espero paciente, llevándose el dedo a la boca para callar al chiquillo. Cuando izó la perca fue como se cogería un rábano de un bancal, lanzó un pequeño resoplido, y le dijo a su nieto que le diese el cubo donde estaba sentado. El muchacho lo hizo con regocijo, pues aunque le daban un poco que asco, los peces escurridizos en el cubo le hacían gracia. Cuando hubieron acabado la maniobra, el abuelo prosiguió:

-Fue cuando la Guerra, hijo. Vinieron aquí con unos camiones y nos fueron llamando a los que tocábamos músicas o escribían poemas. Nos subieron en el cachivache ese que olía a coles podridas y nos llevaron a un campo de entrenamiento. ¡Fue duro, demonios! Los sargentos nos gritaban y nunca hacíamos nada bien. Y así fue todo el rato. Después nos dieron un permiso y fuimos en un autobús a la ciudad. Y allí vi todo lo que te estoy diciendo, hijo, así fue, si. Cuando volvimos tuvimos que marchar a Zanzíbar. Yo estuve en una escuadra de aviones. Y por eso es que me he dedicado toda mi vida a fumigar los campo, hijo. Al menos las asquerosas palabras del sargento me sirvieron para algo.

-¿Y quieres volver? ¿A la cuidad o a Zanzíbar?

-No, hijo, no quiero volver a ninguno de esos dos malditos sitios del diablo, no señor, en la vida.

El viejo cogió el banjo y cantó suavemente, susurrante, entre los dientes, una canción de la chica de sus sueños. Esos sueños que nunca se harán realidad.

El sol se puso, las ranas se pusieron a croar como desesperadas y olió a pescado asado en todo el entorno del oxbow de Perro Negro (pues así lo había bautizado el viejo).

sábado, 4 de septiembre de 2010

Un recuerdo para S.H.



"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."
Esta tarde, en remojo, con un agua fresca rodeándome casi por entero, miré hacia arriba. Era raro, era extraño, o es que acaso no me había percatado que en verano hubiesen cielos de Flandes. Me explico. Para los que sean nuevos o no se acuerden de mis idioteces. El cielo de Flandes es aquel de tonalidades grises medios y azules muy apagados, con grandes nubes, dejando algunos huecos en los que se percibe el azul celeste del cielo normal. Es el cielo que tienen los cuadros de los maestros flamencos. Entre tanto iba yo observando los fenómenos atmosféricos me di cuenta que echaba de menos a alguien. ¿Un amigo? ¿Un antiguo amor? ¿A mi pájaro Cuclillas? ¿A la gata Lucifera? Echo de menos todas esas cosas a menudo, pero mientras estaba flotando como una boya en un mar en calma me acordé de mi sempiterno acompañante durante este verano, el señor Sherlock Holmes. Y es que he ido alternando la lectura de los múltiples libros con las historias de S.H. Eso hasta que anteayer acabé las obras completas del simpar personaje.
O sea, me he leído todo lo que el autor escribió sobre él (llamado el Canon, parece ser), que a lectores menos amodorrados que yo le podía parecer repetitivo, y aún lo echo de menos. También a su narrador y amigo Doctor en Medicina John Watson. Y a los irregulares de Baker Street. Y a tanta belleza victoriana que se privaba cuando ocurría algo misterioso o sorprendente.
Un personaje puede estar más vivo que muchas personas. Poder incluso tocar con las manos la babucha que cuelga de la chimenea, a modo de calcetín para Santa Claus. Se puede oler su maloliente pipa llena de tabaco negro y sentir su presencia.

Y ya cambiando de tercio, y hablando de presencias, me he sentido un poco invadido, un poco observado, espiado y quizás poseído, cuando entre los relatos de Guy de Maupassant que devoraba después del baño, me he metido entre ojo y ojo, entre neurona y neurona El Horla. La descripción de un aquejado de depresión y ansiedad es evidente (al menos para un sufriente de dichas enfermedades), pero tal y como desarrolla el franchute el cuento –como un diario- le da un toque sobrenatural, pero sutil, que realmente acongoja, por no decir la rima. Me está gustando realmente este Guy, del que nada había leído, y que tan joven murió. O sea, al contrario que Sherlock Holmes (y de su creador) que cumplió el siglo en los 50 de la pasada XX centuria.
Y una vez escrito esto me vuelvo a preguntar otra vez ¿realmente interesa esto a alguien? Bueno, yo creo que si. A la gente que lea, que se sentirá identificada. O quizá no… ¡yo qué sé! Buenas noches nos de el que espera soñando en el fondo del mar.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Descripción Acción Camión


Por perderme en la descripción, y no centrarme en la acción mis relatos son una mierda como un camión.

No he estudiado literatura ni me sé las figuras retóricas ni la madre que las parió. No sé narrativa comparada e ignoro, talque los misterios del universo, el análisis sintáctico de una frase. Lo que si sé es que, como lector que soy, los tres minirelatos –uno de los cuales ha crecido hasta llegar a cuento- que he empezado solo se fijan en detalles nimios y después no pasa nada. No avanza la acción. Bueno, en uno de ellos que es humorístico quizá no sea tan imprescindible que la acción avance demasiado: pero es que hay uno de miedo que el terror lo provoca la imprecisión de mis palabras y el no llegar a ningún sitio. Me podría tirar el pego de que abro nuevos caminos en la narrativa y que patatín patatán. Mentira podría. Soy más clásico que una columna jónica y mis innovaciones no van más allá de un localismo o un arcaísmo aplicado a un ambiente en condiciones normales. Lo de las condiciones normales es una cosa de gente de ciencias, pero para el caso es lo mismo. Llevo sin ser productivo demasiado tiempo. Yo, el que pretendía seguir con la novela sobre Oliver y la Antártida que empezara hace dos años, he vuelto a fracasar estrepitosamente. No soy capaz de escribir muchas líneas al día, y las que escribo después las cambio y las estiro como un zapato estira un chicle pegado en el asfalto estival. En realidad no existe ningún asfalto estival, sino asfalto caliente por el calor estival, pero yo creo que se entiende.

O sea, ¡que no, pardiez! ¡Que soy un fraude! Hay que ser cocinero antes que fraile, y antes que cocinero pinche. Yo estoy a nivel de cascahuevos (que mal suena esto). Leer a Chesterton, Vonnegut, Le Fanu, Conan Doyle o Conrad no ayuda a formarme un buen concepto propio de las mierdas que escribo. Mierda como camiones.

Y no entraré en el discurso democrático de que eso lo tienen que decidir ustedes, porque esto es una dictadura. La mía. Yo, como decía aquel, muevo los hilos.

Por lo menos aquí.

sábado, 28 de agosto de 2010

yo


Pastillas de litio

y mente borrosa

y siempre hablar de las mismas cosas.


Botellas vacías

polvo acumulado

mi propio Diógenes adelantado.


A internet enchufado

las noches de invierno

o en este verano que parece infierno.


Castidad forzada

castidad elegida

los recuerdos no dejan que cure la herida.


Melón por cabeza

la dú es escasa

hoy tampoco quiero salir de mi casa.


Pastillas de litio

y mente borrosa

y siempre hablar de las mismas cosas.

jueves, 19 de agosto de 2010

El pacto de los artistas soldados

The Times, 2/2/53

Reunidos en el Club Diógenes de la capital londinense, en un ambiente tenso, pero respestuoso, según los presentes autorizados para hablar a este periódico, el Foreign Office de la Confederación Occidental, con Mycroft Holmes al frente, el grupo Alemanoide, liderado por Otto Klahe y el zarevich Mijail “Micha” Tolstoi por el COMECOM han firmado la llamada “Acta de la Guerra Limpia”, conocida por el gran público como el pacto de los artistas soldados.


Propuesto por el Ministro de Guerra de la Confederación Ibérica hace algunos meses se basa en que las guerras, inevitables en nuestro mundo moderno por el normal desarrollo de los intereses de las grandes potencias, serán más humanas si la comandan personas que se dediquen al campo artístico, ya sean escritores, pintores, escultores o actores. Acogido con gran júbilo por los respectivos pueblos de las disferentes áreas, a los gobernantes no les ha quedado opción que apoyar el Acta, aunque con grandes reticencias por parte de sectores del ejército prusiano, ibérico y galo. Britannia se mostró decidida desde un principio, ya que el pensamiento de que las personas que interpretan a Shakespeare serán caballeros en el campo de batalla, y evitarán los desagradables daños colaterales que siempre se dan en estos conflictos.


Nadie por entonces sabía que en el 57 Prusia y Austria invadirían Zanzíbar por su preciadas especias darían lugar a una cruenta lucha en la que participaron todos los artistas de una generación, quizás de las más brillantes del siglo. Intelectuales de todas las naciones fueron adiestrados y montados en aviones, barcos y tanques. Amigos fuera del campo de batalla, acabaron matándose los unos a los otros de mala gana. No se consiguió minorizar el daño sobre la población civil. La alta capacidad e inteligencia de los soldados y mandos pensando en su supervivencia solo hizo alargar una guerra que apenas repercutió en la vida de los estados, reinos y dictaduras en conflicto. Los obreros, agricultores y demás oficios productivos siguieron en sus puestos, y mientras. las universidades y cafés se vaciaban.

Pero lo más extraño de todo es que cuando todo acabó no hubo rencor entre los combatientes, amargados y solitarios se movían por los cafés sustentados por la escasas pagas y trabajos de baja estofa. Fue la época de los artistas veteranos, que jamás contaron ni en sus libros ni en sus películas batallitas de ningún tipo. Simplemente obviaron la guerra. Como una mala digestión o un dolor de muelas pasado.

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Preámbulo de EL CAFÉ DE BERTA, recientemente publicado en LA REVISTA del Círculo de Artesanos, y rescatado de mis archivos.

martes, 17 de agosto de 2010

Diario de Mameluco Morales, licenciado en Geología y párvulo en la vida corriente



Jamás hubiese imaginado, tras leer por enésima vez, en palabras de John Watson, doctor en medicina, el relato titulado El Problema Final, que me quedaría durmiendo de pie esta madrugada, mientras bebía agua del frigorífico. Lógicamente fue cuestión de nanosegundos, pues si no me hubiese precipitado al suelo, teniendo en cuenta mi laxitud a horas tan tardías y mi peso, que aunque ignoro, intuyo por las fotos que veo de mí mismo, es bastante elevado. Por cierto, que mis tobillos también lo sienten. Lo mismo me había ocurrido minutos antes mientras mingitaba sentado y mi cabeza dio levemente contra la pared. ¡Es toda una suerte que el cuarto de baño sea tan estrecho, pues presumo que sino hubiese hocicado contra el suelo de loza!

Pero volvamos a la raiz del asunto, que en realidad puede ser la ciclicidad, la repetición de mi conducta y que en realidad todo vuelve. Yo también me lo busco, que conste.

Anoche, como comenté con anterioridad releí el relato donde Sherlock Holmes muere junto al perverso profesor de matemáticas Moriarty (era malvado por ser un criminal, no por su teoría del binomio, que tan en boga estuvo tiempo atrás –casi sic-) en las cataratas Reichenbach. Lo mejor del caso es que si nos remitimos a mis archivos, en Septiembre de 2008, donde yo deseaba fervientemente ser un dinamitero a la manera de G.K. Chesterton, comentaba ya la muerte del detective consultor.

Todos los aficionados a lo holmesiano sabemos que Conan Doyle mató a su personaje porque estaba harto de él, y quería ser un “escritor serio”. Las definiciones de escritor serio pueden ser múltiples, variadas y dispares, pero serio me sale en los sinónimos del Word (sí, ese que va en el perverso paquete Microsoft Office, del maléfico Bill Gates) como sensato,y no es muy sensato hacer una cosa bien y dejar de hacerla, al menos pienso yo en mi fuero interno. Si escritor serio es sinónimo de aburrimiento, no quiero escritores de dicho tipo en mi mesilla de noche.

Hoy, en los días corrientes, la gente ensalza el ensayo como panacea de la sensatez, aunque algunos sean menos sensatos que un orangután con un escalpelo suelto por una guardería. Yo apuesto definitivamente por la ficción. Ya lo hablaba el otro día (ya les digo que me repito como el ajo, aunque yo no sea tan bueno para la circulación) del tema.

La lluvia caída anoche a lo mejor me ha refrescado y han animado a escribir a mis oxidados dedos. Pero la verdad es que escribo parrafadas en el Facebook, en otros blogs o donde el gran Cthulhu me dé a entender.

Hay gente que aún no comprende que soy un sujeto, un intento de persona humana, de grandes contrastes. Soy, me siento, como un personaje victoriano en mi imaginación, y como mi imaginación es más poderosa que mi raciocinio, me quedo anclado en mi fabulación. Total, para la mierda de mundo que siempre ha existido, puede elegir cualquier época.

Elegiría el Mioceno Medio, pero como no hay otra gente me aburriría.

sábado, 14 de agosto de 2010

Cuento de la mosquita muerta


Érase una vez que se era,

una mosquita verde

que era tan delicada

y primorosa

que solo picaba

en las mierdas de los

niños más guapos del barrio.

Un día, desobedeciendo

a su mamá mosca,

rebasó los límites del descampado

donde la mosquita

vivía feliz,

pero intrigada por saber

que se hallaba

a la vuelta de la esquina.

Vio tiendas de golosinas

y una parada del rojo

autobús 33.

Una pescadería,

donde sus semejantes

se paseaban por los ojos muertos del pescado.

Un mojón de acre olor

que no probó,

por estar lleno de moscas corrientes,

sin la panza verde de la mosquita,

ni azul, tan siquiera.

Llegó al final de la calle

y quiso continuar.

Cuando llevaba un rato volando

entre árboles nuevos

y desconocidas farolas,

una luz violeta

la invocó,

y nuestra mosca,

nuestra mosquita verde

como la esperanza,

hipnotizada por el color y el zumbido,

se precipitó

a un extraño lugar enrejado.

La mosquita murió

electrocutada

cayendo sobre la sopa

de un señor con bisoñé.

Nuestra mosca, verde,

nuestra querida mosquita,

muerta.

Fin


Villa Merino, 10 de Agosto de 2005

jueves, 12 de agosto de 2010

Leyendo a Blackwood


Leyendo anoche un librito de Blackwood no pude evitar pensar en la masa vegetal que nos rodea. Sinceramente no sé si ustedes llegarán a leer el relato El hombre que amaba a los árboles, pero la cuestión es que la mezcla de opresión y libertad que se describe es parecida a la angustia somnolienta de los depresivos. El bosque acecha, la mujer del hombre que amaba a los árboles espera que su Biblia y su Dios ayuden en la irremediable fusión entre el alma del hombre y el alma vegetal. No les voy a contar el final, pero bueno, sabiendo los ominosos relatos y universos invisibles que me gusta deglutir, háganse una idea.

Llevo un buen ritmo de lectura, pero a cada libro que fulmino con mi escrutadora mirada, más convencido me hallo de que jamás llegaré a ser un escritor de verdad (uno bueno), solo un blogger impertinente, pero inofensivo, que ve como única vía de escape para sus tonterías el que ustedes las lean anónimamente, o manifestándose la menor de las veces. Es, pues, como el espíritu del blog que me encadena, pero me libera, y me hace llegar a los sitios más remotos. Si, es ego elevado a la enésima potencia, pero los que luchamos contra la total falta de autoestima tenemos que buscar soluciones drásticas. Escribir aquí es de las pocas que desarrollo, pues es la única posible en este enorme mundo amarillo, lleno de bolsas de plástico, chicharras y camiones pasando.

Jamás me libraré de los camiones. En mi calle, en medio del campo, al lado de la nacional. Los camiones gastan goma en los asfaltos a todas horas del día. Las chicharras al menos callan en la noche. La noche que presagia el espíritu de los árboles.

En realidad, y como pueden observar, esto no deja de ser un ejercicio, un pasatiempo, un puzzle barato de sílabas y vocablos, pues nada digo de interés. Quizás las personas que me conozcan de algo verán algún atisbo de realidad, pero también de incoherencia. Es un ejercicio, repito. No es verdad ni es mentira. Es ficción. La ficción está entre dos mundos. Toda ficción se basa en alguna verdad. Aversiones, descripciones, sugerentes historias, amores, desilusiones, sueños y odios. Luchas épicas o intimistas reflexiones. Todo surge de una verdad, aunque sea ficción. Lo que pasa que la ficción enriquece, como dice el anuncio del Avecrem, lo que se cuece en las mentes de los autores.

No sé si lo que escribo es ficción o realidad. No me preocupa. Son las 11:12 de la mañana, los camiones pasan, las chicharran suenan y los pájaros hacen ruiditos. Yo tengo sueño, sed, me duele una oreja, esta silla tiene el culo muy duro, y en breves momentos, después de colgar este amasijo de letras en el blog, le echaré un vistazo al FB, y me sumergiré de nuevo en las descripciones rocambolescas y precisas de Algernon Blackwood, esperando soñar. Soñar me pone triste. Y así es como debe ser.

jueves, 5 de agosto de 2010

Bigotes



A veces a uno le dan arrebatos y hace cosas a lo loco. Este no ha sido el caso, aviso para navegantes.

Desde hacía algún tiempo me rondaba en el perol (en su acepción de cabeza, mente o similar) cortarme las barbas de semejante guisa, como pueden ver en la fotico de arriba. El lunes, dicho y hecho. Me afeité con la maquinilla dejándome los decimonónicos bigotes que ahora luzco con orgullo. Me pueden decir que parezco prusiano, austrohúngaro, un policía victoriano o como mucho un ángel del infierno. Pero me han dicho desde bandolero hasta Fumanchú, me han comparado con no sé quien que vendía lotería en mi pueblo en el año del pum y con otras cosas inverosímiles que nadan tienen que ver con mi noble y sencillo objetivo de parecer un señor antiguo durante algunos días de vacaciones estivales.

¿No es manifiesta mi intención? ¿o acaso soy confiado? Y mi mostacho molón, se convierte en un fiasco. Digan lo que digan, contento estoy con mis bigotes.

Y no es por esnobismo, ni por modernez, sino porque me gustan los tipos con cascos puntiagudos, como pueden observar en mi avatar de tantos años.

Así que si leen esto y por la calle me ven, cuenten hasta diez antes de decir cualquier chorrada, que estoy susceptible yo y quien avisa no es traidor. Les reto a un duelo más rápido que arde un misto (cerilla).

miércoles, 28 de julio de 2010

Bed Room


Vivo entre arañas

entre arquetas de ladrillos retorcidos

y una lámpara de lava.


Vivo con un pulpo de tinta

con una percha quebrada

y aún con más arañas.


Duermo entre un cama

y un ventilador de techo

y bajo mí, cochinitas en el suelo.


Veo una cabra, y pintas

de cerveza con caras de piratas

y en un interruptor mi primo que calla.


Tengo un infierno de libros secretos

tan poco escondido

que nadie lo ve.


Sobre el cabellete manchado

el inacabado cuadro adolescente

de montañas y un ciprés.


Ultraman de bararillo

Mister Potato Euskaldún

Hello Kitty pastillera.


Y un sombrero de hortelano

pintado de azul

que al final no fue el definitivo.


martes, 27 de julio de 2010

Estío Bufo

La piscina de mi retiro bucólico pierda agua por una de sus aristas. No fui consciente de ello hasta que el otro día vi la esquina mojada y dos ojillos brillantes. Entre la oscuridad y el mimetismo del animalillo estuve mirando un instante hasta percatarme de que era un pequeño sapo. Parecía desamparado, solitario –incluso triste-. Lo cogí. Era ridículamente diminuto y fofo. Su enorme panza -dentro de lo insignificante de su envergadura- era fría y parecía blandiblub. Lo exhibí ante las visitas y volví a dejarlo donde estaba. Al principio parecía estar atontado -nunca me he fiado de los animales de sangre fría-, pero un momento después tomo fuerzas de su fofedad y se metí en una grieta que parece ser que lleva a su casa subterránea de cemento y agua clorada. Vive, según creo debajo de una losa que está un poco levantada.

Si G. y yo lo hubiéramos visto de pequeños sería una gran prueba más de que conducía al submundo enterrado de los gnomos. Porque G. y yo veíamos gnomos de pequeños. Es una convergencia azarosa a las niñas que veían hadas y que Sir Arthur Conan Doyle se tragó tan vehementemente como otros teósofos de la época. A nosotros, por el contrario no nos creyó nadie. Bueno, tampoco fue tan grave, porque era mentira. No sé como surgió. Creo que mi prima Mari Carmen, nos metió en la cabeza que dejado de nuestros pies había un mundo de minerales y gnomos. Éramos por aquel entonces aficionados a los minerales, y siempre tuvimos imaginación. Pienso que ni lo hablamos, alguno de nosotros lo dijo: ¡un gnomo! y el otro siguió el juego. Mis primos mayores, cual inquisidores del Santo Oficio nos separaban e interrogaban, para demostrar la falacia de los gnomos de la campiña. La verdad caía por su propio peso -cada uno decía un color de blusa- y poco a poco el rollo fue cayendo en el olvido y pasamos a otros juegos infantiles de veranos eternos, calurosos, polvorientos.

Pero creo que durante esos días, entre sueños, vi la sombra en la ventana de un anciano diminuto de sombrero cónico, echado en la pared fumando una pipa. Yo veía alucinaciones de vez en cuando, así que todo estaba correcto.

Ahora me conformo con el mundo entre rendijas del sapo, saturado y oscuro, que no por ser prosaico y explicable por las leyes de la Naturaleza y el Cosmos deja de ser fascinante.

sábado, 10 de julio de 2010

Entomología nocturna

Los últimos días he soñado con insectos.

El sueño de hace dos noches era que internet… bueno, el cachorro por el que me conectaba a internet, que no era un ordenador, sino que se parecía más a un estuche para ir a la escuela, pero gigante estaba lleno de gusanos formados por cuentas naranjas. Me parecía muy real, pues estaba acostado en la cama donde en ese momento yo soñaba todo este incidente insectil. Me empezaron a aparecer en la boca y en los libros que atesoro con cariño de padre que no quiere tener hijos. Todo se transformó en lo que era antiguamente donde yo duermo, un trastero enorme, una habitación grande donde pasaba horas y horas en mi infancia y adolescencia. Volvía está el telar de hierro que había en mi niñez. Yo ya no era el barbudo, sino el lampiño Miguel –entonces aún siéndolo no era aún Mameluco- que le pedía a un amigo que le arreglara el gran estuche de conexión a la red. Abriendo el cacharro salían más y más gusano, y en el fondo había escolopendras gigantes pero de un color caramelo oscuro, muy oscuro que apenas se movían, solo palpitaban. También esos milpies negros del Trópico. Segregaban como una tela de araña que después se convertía en masilla de esa de los muebles, de color carne amarronado. Volvía a tener gusanos en la boca y me miré al espejo del cuarto de baño. Solo había bolitas naranjas de textura gelatinosa, como el caviar. Allí estaba el bote de Plenur (el litio) y pensé que los gusanos se irían si me tomaba todas las pastillas. Me desperté. Sentí ganas de tomarme todo el Plenur. Tuve ganas de morir momentáneas por primera vez desde hace mucho. Afortunadamente seguí durmiendo y solo me desperté cansado.

Al día siguiente, los oníricos trayectos de mi mente me llevaron a un desvencijado hotel que en un principio era un enorme rascacielos por donde el sol desde poniente entraba en los albores de la tarde, un crepúsculo que dio lugar a un día gris en cuestión de segundos, ya que la vista desde otra ventana en la pared contigua era un descampado de frondosa vegetación con un gran árbol muerto, lleno de objetos oxidados. Un par de paredes desconchadas y comidas por el musgo completaban el paisaje. Había una bañera, ahora lo recuerdo. De loza blanca. Una antigualla. Me metí en la cama. En esta ocasión empezaron a surgir como cascotes y escombros entre las sábanas, pero no eran duros ni blandos, simplemente estaban allí, como debajo del colchón haciendo bulto. Apareció un grifo de cobre lleno de orín verde. Desde la cama podía ver agujeros en el suelo, que era de madera, por donde se movían millones de cucarachas y alguna salía de vez en cuando, presta, a esconderse entre las sombras de un trastero donde yo veía mi chandal colgado. De repente salió un hocico largo y gris de una rata, que se paseo por el cuarto a sus anchas. La verdad es que no me dio miedo la rata. Los sueños se corresponden a veces con la realidad, pues en mi vida vigil no me dan asco las ratas. Luego de un maceto que había empezó a surgir de una planta parecida a los San Pedros una especie de bayas verdirojas, y en cuestión de segundos hubo una proliferación tal de procesionarias (esos gusanos marrones y negros peludos) que si me dio repelús, pues esos bichos te irritan la piel. Salí por mi propio pie de la habitación, que estaba ya en unas condiciones similares al del descampado. Se estaba destruyendo y la vegetación salvaje lo inundaba todo. Es curioso, porque llevaba un camisón de esos decimonónicos, e iba descalzo, sintiendo solo la madera pulimentada y caliente del pasillo del hotel. Las habitaciones se disponían de forma poliédrica, creo que octaédrica. O sea, había 8 pasillos a mi alrededor. El resto del hotel era de lujo. Entre en las duchas (eran habitaciones sin cuartos de baño) y todo era normal. Me senté en la taza del water y creo que ahí fue cuando desperté. Ese día dormí solo tres horas…

Hoy afortunadamente no he soñado con ningún bicho.

Será porque como dice Mazes, anoche estuve al lado de la vela antimosquitos en el pequeño y refrescante perol nocturno en do sostenido menor.

lunes, 5 de julio de 2010

El Chico Fabuloso y el Hombre Sucio


El cielo estaba verde por el horizonte y las montañas nevadas contrastaban con ese verde pálido, oscuro y cenagoso como antorchas de hielo encendidas por el frío del Norte.

El camino se bifurcaba. Había llegado la hora de despedirse.

El Hombre Sucio era un trovador errante, con una capucha llena de grasa de velas ya apagadas hace tiempo y de la propia intemperie. Su laúd estaba envuelto en un estuche de piel de carnero, y su lana era tan rubia que Jasón lo hubiese confundido con el Vellocino de Oro. Era gordo y calvo, con los ojos un poco achinados. En las madrugadas que habíamos pasado juntos en el sendero había tocado bellas gigas y tristes madrigales a amores perdidos. Yo le acompañaba con mi voz, pues aunque no era sino un cazador, me gustaba que el eco de mi voz resonase entre aquellos páramos. Yo sé que los lobos no se fían de los cantores.

El musgo en las rocas indicaba el camino septentrional, así como el gélido viento que nos hacía llorar. El Hombre Sucio iba hacía el Oeste, a un castillo del que había oído hablar, donde a los músicos jamás le faltaban ni el calor del vino, las tajadas de cordero ni los abrazos de las mujeres. Me dijo que lo acompañase, que con mi voz embelesaría a la princesa Valeria, hija del viejo rey libertino Cipriano, que mantenía su corte con domadores de osos, funambulistas y echadoras de cartas.

Tuve que rechazar su invitación, pues desde que era un chaval, un hechicero envuelto en piel de oso leyó en sus runas que mi destino estaba en el Norte. Me dijo que yo era el Chico Fabuloso. No lo pensé dos veces. Forjé mi espada con un acero especial que bajó del cielo una noche hace muchas generaciones y,… y…

¡Alfredo, suelte la fregona! -dijo la celadora del hospital geriátrico- a un huesudo y barbudo anciano vestido con un ridículo chandal azul celeste. El Hombre Sucio estaba allí mirándole, sentado en una silla de ruedas. No estaba sucio, sino escamondado y olía a colonia de niño, y en el fondo su cara redonda y sonrosada era la de un gran bebé.

Pero… -dijo Alfredo- viéndose en un pasillo feo rodeado de plantas de plástico y sillas forradas de skay.

Ande, regrese a su cuarto y no me alborote a los demás, que ya mismo es la hora de cenar.

Alfredo camino muy lentamente, incluso para sus cansadas piernas, hasta llegar a su habitación. Al menos aquello no parecía frío y alicatado. Los libros se desparramaban por los muebles, y un grabado de unas montañas nevadas y trueno eterno, presidía el pequeño habitáculo.

El Hombre Sucio, Pedro, lo siguió en su silla de ruedas. y encontró al viejo sentado mirando absorto a las nieves perpetuas del dibujo, pero volviendo progresivamente a una de sus realidades (la mala, le decía él).

Me gustan mucho sus historias –dijo Pedro-, y me encanta salir en ellas, aunque sea un hombre sucio.

Claro, hombre, si andas y no vas en esa mierda de silla.

No es por eso, don Alfredo, siempre quise tocar la guitarra.

sábado, 3 de julio de 2010

El pan está duro y rancio y me asustan los payasos




No.

No he escogido este título tan raro para explicarles por enésima vez mi animadversión al estío, al calor y a que por beber ingentes cantidades de agua se me afloje el muelle y además sude como un corredor de una maratón por el desierto.

Repito, no.

Estoy aquí para abrirles las mentes y sean conscientes de la cortina de humo que nos rodea constantemente.

¿No saben a lo que me refiero?

Yo se lo digo: la crisis. En este blog no he hablado mucho de la crisis porque creo que si le damos importancia a las cosas se magnifican. Se habla de crisis, ¿pero de qué crisis? Bien, la económica. También bien (bueno, no, mal). ¿Pero quien está en crisis? Bueno, usted, usted, el de más allá y yo. Yo, al igual que muchos, tengo crisis crónica, pero son otro tipo de crisis. La coyuntura económica nos es adversa. Es verdad. Hay personas que le echan la culpa al gobierno (sus rivales políticos), otros a los bancos, otros a los avarientos que se hipotecaron hasta los ojos y también algunos a los promotores de vivienda.



Los árboles no nos dejan ver el bosque. La culpa de todo es de todos. Todos formamos parte de un sistema formando subsistemas, conjuntos, incluso puntos sueltos, pero unidos por el pernicioso feedback de la relación mercantil. Todos queremos dinero. Unos más, otros menos. Hasta los piesnegros que pululan por nuestras plazas “mendigan” por unos euros para comprar en una tienda, insertada por las vías de distribución ordinarias, que paga los impuestos y la luz, en la gran maquinaria contra la que dicen los perrosflauta que quieren luchar con su sucio estilo de vida alternativo.

Las personas muy de derechas obviamente invierten en bolsa, iglesias al sacrosanto parné, y erigen emporios donde venden a los proles (utilizaré terminología orwelliana) lo que ellos mismos producen. Pero es que los de izquierdas, incluso los más izquierdosos, adoran el dinero más que a Lenin o al Ché, porque el Ché no les paga, obviamente, las vacaciones a la playa ni la factura del teléfono.

Pongo mi ejemplo, vulgar, patético, corrientucho. Me he dejado las retinas estudiando, los nervios me hacen sentir mal y la cosa no va mal -hasta ahora- para asegurarme la manutención hasta que muera. Yo odio este sistema, le quiero dar de lado, no verme influido por él, pero soy bombardeado constantemente por mensajes desde todos los sitios de que estar fuera del sistema es un suicidio, o una traición o yo que sé que más. Repito, por todos. Desde al estoloarreglamosentretodos, hasta el Gobierno, la oposición codiciosa, los anuncios de la tele (a mí me gusta la tele) o los jerifaltes de la comunicación.

Hay corrientes dentro de este río de detritus fecal. Pero no hay arroyos perpendiculares de aguas cristalinas, sino cloacas paralelas interconectadas.

Unos piden manos dura y todos firmes, otros utopías de todo a cien pidiendo lugares comunes anacrónicos, otros que beses cruces o estrellas y alguno que otro que pongas una bomba.

Yo lo que quiero hacer es nada. Eso sería mi decisión. No hacer nada no me convierte en cómplice de nada. Pero eso es lo que querría, pero lo que hay es pan y circo. Un pan en forma de aire acondicionado, vacaciones en la playa, comer La Gula del Norte o casarte e ir a Cancún. Un circo lleno de tertulianos, de saltimbanquis políticos, de peces gordos con papada sobre la corbata italiana. Mentira. Todo es mentira. Me equivoco. Es la verdad, que yo no quiero que sea la verdad, pero lo es. Payasos con trajes caros en hemiciclos decimonónicos, clowns ante las cámaras pregonando guerras dialécticas para que siga la función, una y otra vez, en un nauseabundo ciclo sin fin. Pan reseco, tazones de mierda. Todo es un teatro, una puesta en escena, donde participan manos que manejan y marionetas. Después estamos el público, pintados con témperas en un cartón donde no podemos ni parpadear. Pagamos la entrada con derecho a callar y ser lobotomizados por el euro, la libra o el dólar.

Todos entramos por el aro. No se lleven a engaño.

Pero al menos háganse una coraza, vomiten siempre para abajo y vivan como buenamente puedan, evitando predicadores de cartón piedra y falsos profetas del paraíso, porque ellos son las tentaciones del diablo, el diablo llamado Capital, que te dice que puedes hacer cualquier cosa porque eres… jajaja… libre, y después llegarán las lágrimas.

Llore, sórbase los mocos, recompóngase, y en su sofá preferido espere a que llegue el otoño.

martes, 29 de junio de 2010

La vida es sueño


Llevo tanto tiempo fuera que no sé ni lo que escribir. Tranquilos, voy a hablar de oposiciones, para variar. De hecho, como tantas miles de veces no sé ni de que hablar, solo que siento la necesidad de churretear el blog con algunas palabras, decir idioteces, meter paja y si sale algo de provecho bien, y si no también.

Me iba a acostar ya, pero temo de nuevo a mis sueños. Hasta esta tarde después de la siesta estaba contento. Merezco estar contento al menos un día, ¿no?, aunque el calor sea terrible, este un poco resfriado (el eterno feedback) y mi barriga no ande como para echar cohetes. Pero los sueños en la siesta son traicioneros. Cuando quieres borrar algo de tu mente e increíblemente lo consigues, el dios Morfeo con sus largas zarpas perfumadas, por adormidera y lorazepam, te hace cosquillas en los recuerdos y pasa lo que pasa, que le das vueltas después a las cosas.

Ustedes saben que no me gusta el autoengaño, y para no tener que recurrir a él lo que hago es borrar del disco duro… bueno, hacerlo archivo oculto… pero en el sueño no existe lo oculto, claro y hacen fiestas en un extraño sitio para decirte la nota que has sacado en el examen del domingo. ¡Opsss! Les estoy hablando de oposiciones, pero se darán cuenta que no tengo la culpa, pues en estado vigil apenas hablo del asunto (solo cuando me preguntan).

Todo esto es un sinsentido, pero lo voy a subir igual, pues tengo la sensación de que les tengo abandonados (la verdad es que si), pero comprenda, me juego el pan de mis hijos. No tengo hijos, ya lo sé. Pero me juego mi pan y mi sal. Y ya me estoy volviendo a poner un poco triste.

¿Por qué siempre hay que luchar?

¿Qué hay del principio de la parsimonia?

¿Pido demasiado al pedir la nada?

Definitivamente, la vida (sea sueño o ilusión, una sombra, una ficción) es defectuosa o algo, y perjudica seriamente a la salud.


Buenas noches.

lunes, 7 de junio de 2010

Tenemos ganadores


Pues bien, si siguen mirando para abajo pueden ver a los ganadores. Han sido 10 los participantes:

- Mi queridísima Arándanos con un poema muy suyo -lo digo yo porque la conozco- aunque no escriba poemas. Pero como me sé muy bien su prosa pues eso. Muy Ana. Y ya sabes, que la periodista no devore a la narradora.¡jamás!. :*
Que la muela te deje tranquila de una vez.

- Isabel, pues no es cursi, es de la soledad y los sentimientos de culpa, y la soledad es una de mis cosas preferidas de las que hablar conmigo mismo cuando estoy solo. Una veces se disfruta y otras... pues como que los recuerdos te incordian un poquillo.

- Diego Luis Urbano Mármol, hombre sabio de mi pueblo y campanillero, que nos deja con su habitual humor una cuarteta que no deja de ser cierta, para la mayoría de las personas. Yo, como no bebo cerveza -ni gazpacho- bebo Gaseosa El Nene, Diego Luis.

- Willian, muy oportuno su poema OPOSICIONES en estas oscuras épocas que vivimos... que vivimos los opositores... ¡ay! Suerte.

- M.M. Clares, nuestro representante murciano en esto de la poesía concursística. Lo bueno, si breve, dos veces bueno, Manuel, lo que yo te diga. Dile a tu hermana Fuensantica que la he echado de menos por aquí.

- Amiga Gata, me conoces tan bien que has escrito un haiku en lo que iba a ser un concurso de haikus, pero que deseché por considerar que no iba participar ni Dios. Gracias por tus dos poemas. Ese haiku me parece maravilloso.

- Mi, ganadora con ira de Sugus de piña, mi afrancesada y deliciosa Sugus. Pues mándame al mail tu dirección para que te mande el libro. Me tienes que prometer que te harás una foto con él y me la mandas para que la cuelgue.

-@LF Los Ramones son eternos, y te han hecho ganador, jajaja. Mándame tu dirección a cá el Liebre o a cá David para que te mande tu libro, anda. Vía digital, o sea, de dedos a dedos. Tengo mucho que decirte, pero ahora no me acuerdo, Alfonso.

- Alberto Gay Heredia que demuestra un buen gusto inusitado al dejarnos a Pedro Luis de Gálvez, y que raro, Alberto, ¡un anarquista! Jajajaja.

- IZQUIERDO nos deja un poema-escrito que es también muy Izquierdo. Sino vean su obra pictórica y me cuentan. ¡Que buenos ratos dreanweaverando, Iván!

- Cari participa fuera de concurso pues va a recibir el libro de todas formas, pues es un honor compartir páginas con su abuelo, Rafael Millán, y como nieto del amigo y maestro de Rafael mi deber es, como no, mandarle un ejemplar.

Les dejo con una foto del proceso y les puedo asegurar que no ha habido tongo ni cosas chungas.

Gracias a todos por concursar.¡Enhorabuena a los premiados!







 
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