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lunes, 2 de noviembre de 2009

Siete razones para horrorizarse


Quería escribir un relato para Halloween. No es que me guste especialmente eso de las calabazas o el Truco o trato, pero mis fuentes en la literatura de muertos y cuentos de terror son sobre todo anglosajonas, así que el Halloween me vino al pelo el año pasado, pero este año no he podido, ni he tenido ganas, todo hay que decirlo, de trabajarme un relato (ya lo escribiré porque tengo la idea en la cabecica). Ya es Día de los Santos Difuntos, y por ende, de todos los difuntos enterrados en Camposanto y visitaré el cementerio para entonar cantos antiguos a los restos de nuestros ancestros. Yo no idolatro la muerte, que quede claro. El colapso funcional –como decía un profesor muy muy redicho que yo tuve- es consecuencia directa de estar vivo, así que es una cosa natural. Así que habrá que darle la importancia justa. Como pone en una plaza de mi pueblo (la de Castilla del Pino) Uno vive en la memoria de los demás; no hay inmortalidad, hay memoria. Pues eso, que uno vive mientras otros se acuerden de ti y no creo que haya que ir a recordar un muerto a un cementerio, sino hacerlo cada día, cada uno, con los que se han querido y se han muerto.

Aparte de esto, y volviendo a eso del terror en la literatura, éste se ve superado con creces por la misma realidad, creando unos arquetipos, no precisamente lovecraftianos, de lo que es tener pavor. Eso de “el miedo en el cuerpo”. Pues les relato a continuación cosas y personas que me causan cosica, normalmente irracional, pues el miedo, el pavor, el canguelo son cosas de entre el subconsciente y el instinto de supervivencia.


Este señor que ven aquí se llama Enrique de Diego y es tertuliano en Intereconomía. Ya saben que de esta cadena puede haber muchas cosas que den verdadero pánico, pero es que este adalid de las clases medias (está obsesionado con eso de las clase medias) es lo más loco de España, obsesionado con Zapatero, ve enemigos por todos lados y claro, yo, siendo como soy, seré su enemigo, supongo, y me imagino a este con un Uzi y me cago las patas abajo. Recalcar aparte de estos temas, que se recorta la barba aún peor que yo, que ya es decir…


La cadena al servicio del emporio Disney hace que me dé desazón. Me desasosiega poder encontrarme con una juventud que siga el patrón buenrrollista – pero en baboso y wasp style-. No digo yo que el mundo sea como Física o Química, pero desde luego, como sea tan anormal como el de Hannah Montana o Cambio de clase, que me metan en una cárcel con 666 terribles asesinos sodomitas antes que en el hotel de Zack y Cody.


Amaia Montero se me aparece por las noches en sueños. No es por su cursilismo guiputxi, ni por su voz almibarada. No, amigos no, es porque creo que me va a comer. Esa cara de pan de pueblo solo puede formarse devorando kilos y kilos de barras de cuarto y a algún obeso como yo que otro.


Ratzinger es un personaje siniestro que parece salido de una novela de género de esas bastante baratas, pero eficaces. Los domingos veo el Ángelus en la tele y ese italiano con acento bávaro y deje sacerdotal, junto a su sonrisa forzada y sus ojeras, comparables a las del entrañable Jiménez del Oso, hacen que su pelo blanquísimo como su traje de faena rememore en mis neuronas a Saruman el Blanco (perdón por el friki acuerdo, pero es que me leo en estos momento El Señor de los anillos), por no hablar de su archiconocido parecido con el Emperador de la Guerra de las Galaxias. Palpatine manda en un millar y pico de millones de fieles en el mundo. ¡Miedo!


El anticristo no se llama Demian Thorn, se llama Manu Chao. Este señor perroflauta me produce pavor por su extraño acento gabacho y su capacidad de congregar a miles de pies negros con solo unas palabras mágicas. Imagínense, como el flautista de Hamelín, pero con tipos costras con mallas y pañuelos palestinos. Peor que La invasión de los muertos vivientes…¡Ay, omá, que repelús!


Desde que era pequeño el entierro prematuro ha sido un temor importante en mi vida. Gracias a Poe y a la peli de Corman, decidí que debía ser incinerado, o cortado a cachitos para los buitres o algo, antes que me metieran en el traje de pino. Que terrible sensación debe ser esa de despertar en un receptáculo que está en un nicho o bajo tierra. ¡¡Que cosa más mala!! Al menos a los que guillotinaban en la Revolución Francesa no tenían nada que pensar a este respecto.


María del Monte es como una psicokiller cañí. Pretende pasar por simpática en la tele, pero su mala leche traspasa la frontera de una actuación paupérrima. Si temía que Amaia me zampase, de María me escama que me pueda seccionar las joyas de la familia, ustedes ya me entienden, con un cuchillo de cortar jamón. Ideal para la versión española de Misery.

Un sudor frío recorre mi nuca en un Día de Difuntos en que parece ser verano.

sábado, 1 de noviembre de 2008

La caja de cerillas

A H.P. Lovecraft y a Robert Bloch, con todo mi cariño de lector.


Algo me hizo recordar que el musgo o el liquen siempre crecen con más intensidad en la parte norte de la corteza de un árbol o en la cara norteada por el azar y los elementos de una roca.

Yacía sobre un lecho de hierba fresca, llena de la invisible precipitación de la condensación de la atmósfera. Mis músculos no reaccionaban a los estímulos de mi cerebro. Sin duda me encontraba en algo mullido, mojado y que formaba una hondonada en un terreno suave, fragante. Mis manos tocaban algunas plantas espinosas y otras que no lo eran. Debí abrir los ojos al rato. Todo era muy oscuro, pero por el tacto deduje que algunas de las plantas eran tréboles. Contorneé con el dedo índice uno de los pámpanos mojados y si no me falla la memoria, debía ser uno de cuatro hojas. La oscuridad viró en penumbra grisácea y la luz de una luna escasa, en cuarto menguante, se filtraba por la espesura de la arboleda. La sensación de tiempo en esa posición era ambivalente. Por un lado hubiese querido estar allí para siempre, pero algo dentro de mí, hacía que un escalofrío, que no tenía nada que ver con el rocío que se filtraba por mi ropa, me indicara que me levantase y me fuese. Logré levantarme. Apoyándome en granito horadado antaño por manos expertas, me incorporé. Mis brazos habían hecho palanca con una cruz, cuyo Cristo clavado, hacía ya muchos años que había sido borrado por el viento y el salitre. No sabía como había llegado allí. Tampoco importaba demasiado. Deambule entre tumbas y panteones. Encontré en el bolsillo de mi chaqueta una caja de cerillas y en una de las tumbas, junto a unas flores marchitas, una vela de sebo de algún animal. Eso no era cera ni parafina, ni nada que hubiese visto antes. Miré algunos nombres de los nichos. Eran muertos muy antiguos. El cementerio parecía estar abandonado, pero una algunas tumbas estaban cuidadas. Otras simplemente habían sido o profanadas, o consumidas por el tiempo.

El norte. Volví a acordarme del norte. Miré con mi velón chisporroteante una gran estatua de un ángel con una cruz hacía donde estaban los líquenes. Un sendero serpeaba hacía un gran muro de ladrillos.

Clareaba el día cuando flanqueé una puerta de forjado hierro herrumbroso y chirriante. Una casa a lo lejos. Una gran casa de época georgiana me esperaba al final de un sendero de grava blanca. Avancé. Un perro salió a mi encuentro. Un enorme podenco. Ladraba, pero no con la furia del que asusta a un extraño, sino con la alegría del que acoge al amo. Me agaché y le hice algunas caricias. Mi complexión física había cambiado a lo largo del sendero, a lo largo de esa noche. La ropa me quedaba ancha. Me parecía incomoda y anómala. Llegué al porche, busque en la segunda maceta y encontré liada en un retal de papel timbrado la llave de hierro, negra, brillante. Abrí, subí a mi cuarto, me cambié y me senté en la chimenea. Cogí mi pipa de caña y la encendí con las extrañas cerillas que llevaba en el bolsillo. Lo hice así porque lo recordaba de la noche anterior. Nunca había visto semejante maravilla. La guardaré en mi baúl, con los libros del “Index Expurgatorius”. Es curioso, pensé. No me acuerdo de casi nada desde hace un par de semanas. No sé como llegué a Chapelle Hill. Lo último que recuerdo es que estaba muy enfermo.



Informe psiquiátrico de R.S. Marsh, por J.Block, M.D, psiquiatra. (13/07/43)
Varón. Edad indeterminada. Encontrado deambulando por las calles de Providence, RI. Dice venir del futuro, y aún así afirma tener más de 250 años. En el hotel en el que se hospedaba se ha encontrado un baúl del que no se quería separar y que hemos hecho traer a su habitación en este pabellón. Diagnóstico preliminar: Delirios, posible esquizofrenia. Alcoholismo.

Diario personal de John Block (27/11/43)
Robert se muestra afable conmigo. A no ser por las incongruencias que dice lo declararía perfectamente cuerdo. Sus conversaciones son muy interesantes. Parece conocer la historia de Nueva Inglaterra como si él hubiese formado parte de ella. También conoce muchas anécdotas de la Guerra Civil y las Guerras Indias. Y de la Gran Guerra. Parece que ser que estuvo en Europa. A lo mejor de ahí su psicosis.
Los días pasaban y el tranquilo Robert Samuel Marsh se iba apagando poco a poco. El doctor Block dio una serie de conferencias por Europa y cuando volvio, Marsh había muerto. Lo curioso del caso es que su cuerpo había parecido consumirse dentro del ataud de pino de 27 dólares. Los cuidadores del manicomio no le dieron importancia y lo enterraron en un cementerio próximo. Solo el ataud con las ropas. Nada orgánico quedaba de él.
Diario personal de John Block (12/01/44)

Cuando llegué al sanatorio me encuentro con la desagradable noticia de que Marsh había muerto. Solo quedaba su baúl. Su baúl y una carta dirigida a mí por si a él le ocurría algo.

Su carta, en un correcto inglés colonial venía a decirme que todo lo que me había contado a lo largo de nuestras conversaciones eran en realidad cosas vividas por él, por lo que efectivamente, lo que decía era verdad. Y que me daba permiso para abrir el baúl. Abrí ese baúl, que parecía haber salido de los primero padres fundadores y me encontré con una gran cantidad de dinero (que él me legaba), unos cuantos libros oscuros e innombrables incluso en este diario personal y una caja de cerillas liada en una especie de plástico. En ella había una nota.


“Doctor Block, supongo que usted vivirá lo suficiente para llegar al año 1946, año en que fueron impresas estas cerillas. Vaya al bar Barnie´s, en Boston, donde se repartieron las cerillas en la noche de Halloween de ese año. Allí verá a una persona que va ataviada como yo en la fotografía que hay en mi diario. Dele el libro negro encuadernado en cuero curtido con cierres de hierro, y recuérdele que no olvide las cerillas. ¿Hará eso por mí?

Su amigo,

Robert S. Marsh ”


Cuando busqué el diario vi a Robert vestido a la moda, aunque la fotografía parecía un daguerrotipo muy antiguo. Me dejó un total de 135000 dólares, todo en perfectas condiciones legales. Le debía ese favor. Fui a ese bar el día señalado. Busque entre la gente y encontré al tipo vestido de esa forma. Le entregué el libro. Le dije que quizá le faltara esto. Y sobre todo que no se olvidase de las cerillas. El tipo me dio la mano y me quiso invitar a beber. Su cara me era levemente familiar. Me presenté y el me dijo su nombre. De pronto empecé a atar cabos.

No pude soportarlo. Lo dejé con la palabra en la boca y la copa servida en la barra.

Huí del lugar.

Esta noche, la noche de brujas, la noche de los muertos, que vuelven de sus tumbas, mi amigo y paciente Robert Samuel Marsh resucitaría casi inmortal en un viejo cementerio de la Vieja Nueva Inglaterra por un oscuro sortilegio del innombrable libro del árabe loco Abdul Alhazred . Y otro Marsh, el de ese bar, ¡lo sustituiría!




Yo puedo combinar la tradición literaria con la noche de Halloween, pues mis fuentes son casi todas anglosajonas en esto del terror, aunque hay por ahí un cuento de Wenceslao Fernández Flores, que te pone la piel de gallina. Está editado en Alianza en el volumen Antología de cuentos de terror, 3. De Arthur Machen a H.P. Lovecraft, seleccionado por Rafael Llopis. Da verdadero yuyu. Pero sin Allan Poe, sin Lovecraft, sin Machen o sin Bloch, yo no comprendería esto del terror, género en el que empecé a introducirme de lleno bastante tarde, pero a los que he dedicado gran parte de mi tiempo como lector los últimos años.
Lo que me parece más raro es que haya escuchado niños por la calle a media tarde diciendo "truco o trato". Supongo que serán cosas de la globalización.
Pero a mi me da igual. Supongo que es porque yo crecí viendo E.T. y esas maravillosas películas.

 
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