lunes, 6 de septiembre de 2010

Black Dog's Oxbow

Las aguas corrían lentas, con parsimonia, entre las piedras del río. Un antiguo meandro abandonado, lo que los estudiosos llaman un oxbow, formaba un remanso en el que el agua se renovaba sin prisas, pero sin pausas. Los cañaverales de las riveras se movían, mecidos por el viento de la tarde, en sintonía con su ulular entre las hojas de los sauces y los alisos. Solo el silbido de un viejo desdentado y despreocupado rompía, si es que se puede emplear ese verbo, la armonía de la naturaleza al atardecer. Su nieto, sentado en un cubo de latón observaba a su abuelo mientras pescaba. El muchacho sabía perfectamente que el silencio era fundamental para llenar la sartén de pescado, pero en donde esté la natural curiosidad de la infancia se olvidan las necesidades de la barriga, y bombardeaba al viejo a preguntas. El anciano, de rostro blancuzco y mofletes y narices rojas como la sangre, respondía susurrando entre los pocos dientes que le quedaban y los labios que sostenían una pipa de maíz, apagada desde hacía dos inviernos, pues los médicos se meten en los asuntos de las personas o lo que es lo mismo, donde no les importa –eso es lo que pensaba el viejo y eso es de lo que doy fe como narrador-.

-Abuelo, ¿estuviste en la gran ciudad?

-Si, hijo, si. Estuve en la capital.

-¿Y como es? ¿Es grande, tiene muchos automóviles?

-Ya lo creo, hijo, ya lo creo. Hay tantos coches allí que hay unos guardias especiales para pararlos y ordenarlos. Hacen mucho ruido. Son muy bonitos los coches en la ciudad. Recuerdo uno que era tan grande como un tractor pequeño y relucía entre las luces de las calles. Era digno de ver, si.

-¿Luces en las calles? ¿Cómo las farolas del camino a la estación?

-¡No, hijo, que va! Son luces de muchos colores, colores artificiales, que no se parecen a ninguno que yo haya visto por estos parajes. El verde no es como el de los árboles o la hierba. Brilla como una joya. Son como una barritas rellenas de color brillante, más aún que el fósforo, más aún que una luciérnaga, si, hijo, así son las luces de la ciudad. Por la noche hay tantas que parece de día a las 2 de la madrugada. Hay bullicio. No es como aquí. Allí hay gente por todos los sitios, vestidos muy elegantes y corriendo, parecen chiquillos que corren para acá o para allá. Parece que nunca duermen.

-¿Y por qué fuiste allí, abuelo?

El viejecillo encorbado estaba en cuclillas y tardó un poco más de la cuenta en responder a la pregunta ansiosa del chaval porque veía la sombra de un pez que se aproximaba a su sedal. Espero paciente, llevándose el dedo a la boca para callar al chiquillo. Cuando izó la perca fue como se cogería un rábano de un bancal, lanzó un pequeño resoplido, y le dijo a su nieto que le diese el cubo donde estaba sentado. El muchacho lo hizo con regocijo, pues aunque le daban un poco que asco, los peces escurridizos en el cubo le hacían gracia. Cuando hubieron acabado la maniobra, el abuelo prosiguió:

-Fue cuando la Guerra, hijo. Vinieron aquí con unos camiones y nos fueron llamando a los que tocábamos músicas o escribían poemas. Nos subieron en el cachivache ese que olía a coles podridas y nos llevaron a un campo de entrenamiento. ¡Fue duro, demonios! Los sargentos nos gritaban y nunca hacíamos nada bien. Y así fue todo el rato. Después nos dieron un permiso y fuimos en un autobús a la ciudad. Y allí vi todo lo que te estoy diciendo, hijo, así fue, si. Cuando volvimos tuvimos que marchar a Zanzíbar. Yo estuve en una escuadra de aviones. Y por eso es que me he dedicado toda mi vida a fumigar los campo, hijo. Al menos las asquerosas palabras del sargento me sirvieron para algo.

-¿Y quieres volver? ¿A la cuidad o a Zanzíbar?

-No, hijo, no quiero volver a ninguno de esos dos malditos sitios del diablo, no señor, en la vida.

El viejo cogió el banjo y cantó suavemente, susurrante, entre los dientes, una canción de la chica de sus sueños. Esos sueños que nunca se harán realidad.

El sol se puso, las ranas se pusieron a croar como desesperadas y olió a pescado asado en todo el entorno del oxbow de Perro Negro (pues así lo había bautizado el viejo).

6 comentarios:

la gata chundarata dijo...

muy bien narrado, sí señor! ya sé que una vez aquí ya no le a dar más vueltas, pero merecería una continuación.
Aunque no sé, así tambiés es bonito, dice mucho más de lo que dice sin decirlo...
miau

Ster dijo...

buena pregunta hace el chaval al abuelo ¿Y porque fuiste allí?

muy bonito, me ha gustado mucho

besos!

Clares dijo...

Hola, amigo Mameluco. Aquí de nuevo, dispuesta a leer todos los relatos que me quieras contar. Muy bonico este, ya ves, en tratándose de abuelos y nietos, me da la ternura. De momento, sólo puedo hacer alguna visitilla, hasta que tenga mi casa virtual en orden y pueda invitarte. A la otra, a la de la realidad, sabes que siempre estás invitado. Besicos, amigo.

Mobesse dijo...

Si me viniera mi hijo con un relato como éste, le diría exactamente lo mismo que te diría a ti.

Tú sigue.

Diego Luis Urbano Mármol dijo...

Hay que ver que... me había imaginado al niño sentado en un cubo boca abajo, y no era así.
¿Tú no te habras tragado un viejo?. (Como se dice en Castro).

Mameluco dijo...

Gracias, Gata... esta vez se equivoca usted, pues si creo que haya continuación. El abuelo del chaval ha sido alguien importante en una historia bastante mayor... y hasta aquí puedo leer.

Eso si. Este se queda así. Marramamíau.

Ster la pregunta que indica es, sin duda, una cosa importante. Gracias como siempre por ser buena lectora.

Mein Gott! Es Clares la blogera perdida y aparecida en el templo, jejeje. Se le ha echado de menos, lo sabe no hace falta redundar ¿no? Cuando se instale ya la visitaré, como siempre.
En la realidad de carne y hueso va a ser más difícil, pero no descartable. Besos, Fuensanta...

Gracias, papá Mobesse. Seguiré en la brecha del filón hasta encontrar la mena y despilfarrar la ganga.

Licenciado Diego Cobito ¿que mejor tapón que el culo del chaval?

Hay otra frase muy bonita que dice: Si quieres saber ¡cómprate un viejo!

 
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