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sábado, 6 de marzo de 2010

Los gatos de la luna


La luz del cielo ceniciento del atardecer proyecta sobre los gatos la justa para que permanecieran en su estado felino. Llegado el crepúsculo, lleno de ocres grisáceos y rosas pálidos, me siento en la cama, toda deshecha, a esperar la feliz transformación.

Hubo un tiempo, cuando yo era niña, en la que conocí bien a los gatos. Los conocí tan bien que me contaron, en su lenguaje de maullidos, ronroneos y silencios, que yo comprendía, aún no me explico como, algunos buenos trucos y ciertos libros que debía leer. Si yo los conocía, más me conocían ellos a mí. A medida que crecía iba indagando en esos maullidos, en esos ruidos apagados, que resonaban aún en mi cabeza. Ya no entendía a los gatos, pero siempre los tuve cerca. Viajes y noches en tenebrosas abadías. Soplar el polvo de sacrílegos mamotetros con tapas de hierro en oscuras bibliotecas de ciudades arcanas. Búsquedas más allá de las dársenas de la ciudad del poniente.

Ahora acaricio el sedoso pelo de mi gatito romano.

El sol se pone sobre los edificios. Las antenas y los tendederos son ahora una silueta que acuchilla el horizonte de la ciudad. La mutación empieza con un maullido sordo. La piel se estira como cuando se hincha un balón de playa y el pelo se desvanece como vapor. Lo que antes era un gato ahora es un hombre. Un hombre hecho y derecho. En mi regazo. En la alfombra hay otro. Por ahora solo tengo dos. Son obedientes.

Los gatos que me dieron el secreto solo se me aparecían en sueños. Eran los valientes y sabios gatos de la Luna.


Villa Merino, 3 de Septiembre de 2008

jueves, 12 de marzo de 2009

The art of writing



Como una ilusión vienen a mi mente las letras que escribo. Muchas veces la escritura es automática. No puedo afirmar que el espíritu de ningún escritor famoso me posea, pues uno, no me saldrían unos post tan reguleros, y dos, y más importante, no creo en los espíritus. Son muchos los que a través de la historia han dicho que poseídos por el fantasma de un ilustre personaje ha hecho algo. Dalí es uno de los más recurrentes en la literatura parapsicológica. Incluso había un tipo que decía que Mozart se le metía en la chola y él escribía las obras que el genio flatulento (me remito a la peli de Milos Forman) le dictaba. Los musicólogos que examinaron las obras dictaminaron que eran burdas imitaciones del icónico compositor clásico. Los plagios sobrenaturales me hacen gracia. Me acuerdo del más prosaico escritor con acento sudaca que en Amanece que no es poco es detenido por plagiar a Faulkner.

Todos los que escribimos imitamos a alguien, claro. Lo que pasa es que la mezcla de referentes puede hacer que salga algo original. También se puede hacer plagio queriendo. Yo mismo he escrito lo que Perucho denominaría en su idioma original “Amb la tècnica de Lovecraft”, o sea, siguiendo como premisa la prosa abigarrada del de Providence uno escribe cosas y contribuye, como tantos lo hicieron antes, a los mitos de Cthulhu. Pero son simples cosas de aficionados. No me puedo permitir negros. Los negros son gente maravillosa que ha aportado a la literatura más de lo que creemos. Dumas tenía negros, que a su vez tenían negros. Y se afirma que Dumas sintió la muerte de uno de sus negros como un poco la suya. Una parte de su obra se iba con él. De hecho el término negro viene de don Alejandro, que tenía sangre negra corriendo por sus venas (Lls negros del negro).

A mí me gustaría saber quien fue el escritor mamporrero que escribió el hito español del negrismo en la literatura de best seller de la tele ¿Sabremos algún día el que le fastidió la poca credibilidad que tenía Ana Rosa Quintana? Si alguien lo sabe que lo diga y le haré un monumento*.

Bueno, les dejo, que estoy cansado de escribir. Además es tarde y me espera Moby Dick y el capitán Ahab. Si tuviera un negro seguiría contándoles tontadas de estas de las mías, pero como no me los puedo permitir, finalizo con un

FIN.

Por ahora.


* Según Wikipedia, AR achaca "los errores informáticos" de su libro a un tal David Rojo.

lunes, 2 de febrero de 2009

Weird Tales :: Un poco de fantasía y un poco de realidad


Anoche acabé un libro de relatos. Lo bueno de los libros de relatos es que los vínculos con los personajes sabes que son de una fecha de caducidad pequeña y que son como piezas de ajedrez en la historia. Eso no significa que no se le tome uno cariño a algunos personajes de relatos cortos, pero con los que me he acabado no es el caso. Bueno, en parte. Eran relatos de Robert E. Howard. Y algunos estaban protagonizados por Tugh, un personaje que luego daría lugar a Conan, el Cimerio, más conocido como el Bárbaro. Había otro protagonizado por un Conan primigenio, pero no era todavía nuestro Conan. Lo mejor de todo es que, si unen el nombre de Conan y el apellido de Tugh nos sale el nombre de un conocido showman americano, Conan O’Brien. Casualidades de la literatura pulp y de la vida. Conan O’Brien además fue en la ficción novio de nuestra Liz Lemon (nuestra es mía y de Ramón, nuestro tesoro, solo nuestra). Bueno me aparto del tema. Conan es un personaje al que se le coge cariño enseguida, si te lees sus aventuras. Yo lo he hecho. Mi hermana tuvo la gentil idea de regalarme la edición de lujo de sus aventuras hace un par de años.
Howard era del llamado “Círculo de Lovecraft”, pero sin duda tuvo más éxito que el de Providence. Eran amigos, pero en algunas cuestiones tarifaban, se encontraban. Mientras Lovecraft era un enamorado de las convenciones de una civilización ya extinta (la época georgiana de su Nueva Inglaterra natal con su orden social establecido), Howard veía la civilización como algo malo, algo que corrompía al hombre. Solo hay que leer a ambos para darse cuenta de las dos posturas. Hay también una sutil diferencia entre los dos. Uno escribía bien y otro era, por así decirlo, y siendo benévolo, irregular. Pero el que escribía irregularmente lo compensa con un universo tan peculiar, tan personal y tan intrasferible que se le puede perdonar su constante adjetivación. Lovecraft creó algo hermoso (horror cósmico, que bello género) de ese maremagnum de miedos personales, de esa racionalidad tan sui géneris y de ese conservadurismo del que se fue desprendiendo a lo largo de su vida poco a poco, casi sin darse cuenta. Howard fue mejorando cada vez más en su escritura, era un tío grande, fuerte, tejano, pero de fondo sensible, como su amigo H.P.L. Yo creo que de no haberse suicidado cuando la muerte de su madre era inminente, a la edad de 30 años, hubiese llegado a ser un escritor “de verdad”. Entrecomillo de verdad, porque los críticos no dan mucho crédito a estos autores de los que hablo hoy aquí. Pero ellos son escritores de primera magnitud porque yo mido la importancia de la cosas por su persistencia en el tiempo y hoy 70 años después de la muerte de Howard y de Lovecraft seguimos hablando de ellos y seguimos leyéndolos.
Yo, lo he contado alguna vez, tuve la suerte de llegar a esta literatura ya mayor, con más de 25 años. Y si se disfruta con 15 años más se puede saborear con 27 o 28, o con 32, como es el caso. Porque la literatura de género no tiene edad. No la enseñan en las escuelas, ni en las facultades, no le dedican ni una línea en las Enciclopedias (gracias a Internet todo cambia, afortunadamente), pero sin el género de terror, sin el género negro, sin las novelas de detectives, los lectores estaríamos cojos, tuertos o mancos, porque sin la convención de los géneros, no habría muros que traspasar, no habría más allá donde llegar.

sábado, 5 de abril de 2008

Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años, perdió la llave de la puerta de los sueños. Anteriormente había compaginado la insulsez de la vida cotidiana con excursiones nocturnas a extrañas y antiguas ciudades situadas más allá del espacio, y a hermosas e increíbles regiones de unas tierras a las que se llega cruzando mares etéreos. Pero al alcanzar la edad madura sintió que iba perdiendo poco a poco esta capacidad de evasión, hasta que finalmente le desapareció por completo.

La llave de plata
del Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter
de H.P. Lovecraft

Mi mente es como un cajón de los que tengo a mi derecha. Hoy me han dicho desordenado y que trato mal a mis cds. Es verdad. Lo admito. Siempre he sido así. No creo que cambie nunca. Soy un poco más cuidadoso con los libros y con los tebeos, pero solo un poco. Como decía mi mente es como un cajón. Mis cajones son los típicos de una persona enormemente desordenada y acumuladora. Si los abres hay papeles de distinta naturaleza, billetes de la Alsina, de RENFE, las postales que me mandan la Sugus, la Povo y Lía, montones de medicinas que ya no tomo, pilas usadas, pelotitas de goma de esas que se sacan en los bares a los niños, lápices, rotuladores de tintas con purpurina, un destornillador de estrella que aún guardo del barco pirata de los clicks de Playmobil, un trozo de ammonites, cosas que me han salido en un montón de años en el roscón de Reyes, monedas, caramelos, disckettes, y un montón de poemas míos grapados de esos que devuelven en los concursos de poesía, de esos que te hacen sentir tremendamente fracasado. Mi mente es similar. Hay de todo. No se preocupen, no les pienso enumerar las cosas que tengo en mente, entre otras cosas porque no me apetece demasiado. Es muy tarde. Solo hay soledad. Un sentimiento de soledad que no sentía desde hace tiempo. Son preludios de algo malo. Espero equivocarme. Ese frío que recorre mi columna y el rictus de mi cara que no puede esbozar un leve cambio tendente a la sonrisa lo dice todo.

No quiero dormir porque tengo que despertar. Si no lo tuviera que hacer a lo mejor me dormiría…

Soñar tampoco quiero. Los sueños en estas épocas son extraños compañeros de aventuras. Son peor incluso que el mundo vigil. Si al menos tuviera la llave perdida por Randolph Carter tantos años atrás. Si yo la pudiese recuperar. Yo no iría en busca de los grandes dioses o me haría acompañar de los gules. Quizá me quedaría en una casa, o más bien un cortijo, sintiendo nostalgia de la Bretaña, perdón, de la campiña cordobesa y de sus cielos grises que contrastan con el blanco, concebido para contrastar con el azul, pero que sin embargo me gusta más con el gris.

miércoles, 20 de junio de 2007


Ya les he repetido 1000 veces a los que me leen, el rollo del verano. No me gusta el verano. O bueno, eso se podría decir en primera instancia, me molesta el calor, el sol, los mosquitos, pero me evoca recuerdos y sensaciones que hacen que durante el año eche de menos el verano, sobre todo los veranos pasados. Y ya, también les he comentado que para mí el verano es la lectura, la lectura repetida. Y desde hace años se repite un nombre en esas lecturas. Creo que fue en un post de La Petit Claudine donde dije que para mí Lovecraft trascendía el género, su género, el fantástico. Y también decía que me he alegrado de empezar a leer a Lovecraft con ventitantos (ya tengo la treintena más la unidad) pues he podido solo aprovechar todo el placer de la lectura. Si, en mi adolescencia hubiese flipado, pero quien sabe si me hubiera convertido en un friki, en un talibán lovecraftiano, lleno de dibujos de Cthulhu y juegos de rol. Nunca fui propenso a los juegos de rol, pero quizá me hubiera gustado ser Randolph Carter (la lectura del autor que más me ha marcado) o uno de los Marsh de Innsmouth. He disfrutado pues del Lovecraft literario y no del H.P.L. vertiente nerd. No quiero decir que todos los que leen a Lovecraft en la adolescencia sean unos insensatos jugadores de rol, claro está. Lo que pasa es que me molesta que asocien una cosa con la otra, porque considero, y a lo mejor me equivoco, que le resta importancia a su literatura. Su vibrante prosa, churrigueresca, barroca, llena de adjetivos hipnóticos y terroríficos y sus nombres, lo nombres de ciudades, dioses, los nombres de la Nueva Inglaterra soñada por él. Soñada o recordada a su modo. Hay quien dice que el autor es más interesante que sus escritos, como ya comenté un día sobre Panero. Aquel día dije que la obra de Panero es importante aparte del autor. Con H.P.L. no estoy del todo seguro. Y es porque hacer literatura de género tan particular, tan personal es una cosa muy rara. Con sus manías sentimos el terror. Cuando lo leemos de veras, hace que repugnemos el pescado, que seamos reticentes con los extranjeros, que tengamos pavor al frío, que nos de miedo (más aún, en mi caso), el mar. Y por eso digo que es difícil disociar una cosa de la otra, la autoría y la obra. Y ¿por qué les cuento todo esto? Pues aparte de porque me apetece porque me he estado visitando un página, que en contenidos y en forma, me ha gustado mucho, sobre el genio de Providence. Es muy completa, con una H.Pedia donde consultar todos los nombrecicos que les comentaba antes.
Para mi es, pues, un placer recomendarles:

HPLOVECRAFT.ES

Muy pronto en sus pantallas la 6.ª parte de Es un cursi muerto

 
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