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lunes, 25 de mayo de 2009

No vemos el sol


Viajamos a la deriva por toda esta antimateria. La antimateria es algo que no se comprende bien. Nuestra nave tiene fugas y la presión de aire es escasa. Llevamos en semigravedad algunos días. Me asomo a la ventana y solo veo oscuridad y grandes nubes de gas marrones y rojas. Creo que perdimos el rumbo hace mucho tiempo. Creo, también, que nuestra misión era suicida desde el principio. Dejamos los planetas extrasolares hace años y no hay atisbo de encontrar nada. Simplemente la nada y la oscuridad. Hace bastante que dejamos de regar los invernaderos de sótano inferior. Adams decía que las plantas nos quitaban aire. Es una tontería, pero le hicimos caso porque no teníamos nada mejor que hacer. De todas formas salen flores y malas hierbas. Todo debe estar contaminado por las bacterias del suelo, por esporas microscópicas, que pueden haber mutado en gravedad cero. La máquina se maneja sola desde algún oscuro despacho en cualquier bunker deshabitado. No tenemos noticias de la Tierra. A mí me da igual, pero algunos temen por el planeta que dejamos atrás siendo embriones. Murphy es el único que conoce de verdad el planeta, y solo toca su banjo y ríe. Nunca volveremos a ver el Sol, nos dice. Nunca habéis visto el atardecer en un trigal. Yo no echo de menos cosas que no conozco. Para mi la Tierra es un círculo azul. Me daría igual si fuera un asterisco amarillo o un cuadrado naranja. A lo mejor han muerto todos, añadía alguien de vez en cuando. Es posible. No sabemos cual es nuestro destino, ni siquiera el comandante, que hiberna cada vez más. El doctor cree que está deprimido y hace que con sus pastillas de alimentación se tome otras para curarle la mente. El comandante hiberna porque no hay nada que hacer. Desde pequeños fuimos adoctrinados para hacer una función específica, pero los que diseñaron esta misión no contaron con nuestra desgana. Perdida, entre oscuros abismos intersiderales, nuestra nave avanza en oscuridad.

No creo que tengamos una misión definida. Creo que somos las semillas terrestes para ser plantados en otros planetas. Murphy dice que el no sabe nada y que se apuntó porque era eso o ir a la cárcel.

Pero Murphy, en la cárcel se puede ver amanecer.

Si –contesta- , ya lo creo, y mira por el ojo de pez perdiendo la vista entre las luces de lejanas estrellas.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Nuevo Concurso Tolky Monkys



Los amigos de Tolky Monkys vuelven a la carga. Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, nos dan la oportunidad de ponerle nombre (como unos Linneos cualquieras) e inventar una biografía para alguno de los curiosos personajes que sacan en sus camisetas. La forma de participar es sencilla. Ya se la he dicho. Un nombre, un microrrelato de 250 palabrillas y a esperar a que le lluevan los regalos.
Aquí tienen las bases y los premios.
Pueden pasarse a dejar sus historias en Raza Becaria (díganle que van de mi parte, jejeje).
Yo ya he dejado la mía. (Pueden escribir todas las que quieran).

lunes, 2 de febrero de 2009

Weird Tales :: Un poco de fantasía y un poco de realidad


Anoche acabé un libro de relatos. Lo bueno de los libros de relatos es que los vínculos con los personajes sabes que son de una fecha de caducidad pequeña y que son como piezas de ajedrez en la historia. Eso no significa que no se le tome uno cariño a algunos personajes de relatos cortos, pero con los que me he acabado no es el caso. Bueno, en parte. Eran relatos de Robert E. Howard. Y algunos estaban protagonizados por Tugh, un personaje que luego daría lugar a Conan, el Cimerio, más conocido como el Bárbaro. Había otro protagonizado por un Conan primigenio, pero no era todavía nuestro Conan. Lo mejor de todo es que, si unen el nombre de Conan y el apellido de Tugh nos sale el nombre de un conocido showman americano, Conan O’Brien. Casualidades de la literatura pulp y de la vida. Conan O’Brien además fue en la ficción novio de nuestra Liz Lemon (nuestra es mía y de Ramón, nuestro tesoro, solo nuestra). Bueno me aparto del tema. Conan es un personaje al que se le coge cariño enseguida, si te lees sus aventuras. Yo lo he hecho. Mi hermana tuvo la gentil idea de regalarme la edición de lujo de sus aventuras hace un par de años.
Howard era del llamado “Círculo de Lovecraft”, pero sin duda tuvo más éxito que el de Providence. Eran amigos, pero en algunas cuestiones tarifaban, se encontraban. Mientras Lovecraft era un enamorado de las convenciones de una civilización ya extinta (la época georgiana de su Nueva Inglaterra natal con su orden social establecido), Howard veía la civilización como algo malo, algo que corrompía al hombre. Solo hay que leer a ambos para darse cuenta de las dos posturas. Hay también una sutil diferencia entre los dos. Uno escribía bien y otro era, por así decirlo, y siendo benévolo, irregular. Pero el que escribía irregularmente lo compensa con un universo tan peculiar, tan personal y tan intrasferible que se le puede perdonar su constante adjetivación. Lovecraft creó algo hermoso (horror cósmico, que bello género) de ese maremagnum de miedos personales, de esa racionalidad tan sui géneris y de ese conservadurismo del que se fue desprendiendo a lo largo de su vida poco a poco, casi sin darse cuenta. Howard fue mejorando cada vez más en su escritura, era un tío grande, fuerte, tejano, pero de fondo sensible, como su amigo H.P.L. Yo creo que de no haberse suicidado cuando la muerte de su madre era inminente, a la edad de 30 años, hubiese llegado a ser un escritor “de verdad”. Entrecomillo de verdad, porque los críticos no dan mucho crédito a estos autores de los que hablo hoy aquí. Pero ellos son escritores de primera magnitud porque yo mido la importancia de la cosas por su persistencia en el tiempo y hoy 70 años después de la muerte de Howard y de Lovecraft seguimos hablando de ellos y seguimos leyéndolos.
Yo, lo he contado alguna vez, tuve la suerte de llegar a esta literatura ya mayor, con más de 25 años. Y si se disfruta con 15 años más se puede saborear con 27 o 28, o con 32, como es el caso. Porque la literatura de género no tiene edad. No la enseñan en las escuelas, ni en las facultades, no le dedican ni una línea en las Enciclopedias (gracias a Internet todo cambia, afortunadamente), pero sin el género de terror, sin el género negro, sin las novelas de detectives, los lectores estaríamos cojos, tuertos o mancos, porque sin la convención de los géneros, no habría muros que traspasar, no habría más allá donde llegar.

jueves, 8 de enero de 2009

antes...

Entramos en un café. Las mesas redondas y minúsculas hacían que nuestras sonrisas se apiñaran alrededor de las tazas y del humo de los cigarrillos. ¡El mundo nunca podría con nosotros! parecía decir la foto que nos hizo el camarero esa tarde con la vieja Leika del padre de Briguitte. Cuando salimos del sitio, aún con el amargor del café en los labios, nos topamos con el frío de la tarde de invierno. Preferíamos el frío a la anodina clase de Cálculo Infinitesimal del Profesor Giroud.

Las flores del almendro sucedieron a las ventiscas, y la arena de la playa de nuestros respectivos lugares de vacaciones sustituyó a los exámenes finales.

En septiembre cuando me encontré con Donatien me dijo que le habían contando que Lula estaba liada con un amigo de su padre, y que se había mudado a Hamburgo con él. Briguitte volvió con un novio que estudiaba para ser Ingeniero en la Sorbona. Nunca le dije nada, pero como ella intuía algo me evitaba siempre. Ya solo me encontraba a gusto con Catherine, que era la más pequeña de todos nosotros. Catherine era callada y no tomaba café. Donatien se intentó suicidar a mediados de Noviembre. Catherine y yo ibamos a su casa después de las clases a verle; solo cuando le apetecía. Resultó que a nuestro Donatien le gustaban los chicos y se había enamorado de uno que no era precisamente como él. Cuando el otro se enteró del asunto le pegó una paliza. Y después de esto, Donatien se cortó las venas un días que llovía a mares obre la ciudad.

Los que nos íbamos a comer el mundo ahora solo éramos dos. Catherine y yo. Íbamos a los billares, al cine y con el tiempo me empecé a enamorar de ella. Ella ya lo estaba de mí. Briguitte apenas nos saludaba por la calle. Supongo que ir a los billares y a los cafés baratos a compartir un Cinzano toda la tarde no entraba dentro de sus planes. Su novio, Michel, le ofrecía bailes y fiestas. Nosotros éramos unos tristes. Y en verdad lo éramos. Cuando Donatien salía ya de casa, los tres nos movíamos por las riberas del río, como almas en pena, vestidos de negro. Catherine llevaba una boina negra. Les decíamos a todos los que nos preguntaban que éramos unos existencialistas nihilistas. Ya no nos comíamos el mundo a bocados. El mundo nos comía a nosotros a pellizquitos de monja. Lula volvió, también cambiada. Nos encontraba ridículos, pero a la vez divertidos. Había vivido con un señor mayor y nuestra inocencia le devolvía la vitalidad que le había robado dormir todos los días con una persona que consideraba chiquilladas sus caprichos. Nosotros seguimos a lo nuestro. Hubiéramos dado la misma vida por tener nuestro propio Bodegón de las Cebollas como en El Tambor de Hojalata, para llorar a gusto, con música y cebollas.

Hoy todo parece tan lejano. Hace muchos años que no veo a ninguno de ellos. Mis padres volvieron a España y yo no supe que hacer. Al final volví. No quedaba nadie. Bueno, Catherine, la que siempre estuvo, estaba, está aquí. A mi lado. Pero su cabeza no funciona bien. Cree aún que somos esos muchachos que espiábamos a los que se besaban en los puentes. No, le digo, de eso hace ya mucho. No, me dice, eso fue ayer, o como mucho anteayer. Lula se reía de nosotros. Y Briguitte, esa guarra, nos dio la espalda. Donatien, pobre Donatien.

Algo tiene en la cabeza, es como una fotografía, el revelador, el baño de paro y el fijador, hicieron que su memoria, y con la de ella, la mía, se quedaran en esas calles adoquinadas, que olían a café y a hortaliza y a tabaco barato.

martes, 30 de diciembre de 2008

El hombre viejo que tenía la sartén por el mango



Rebuscando en internet he dado con un sitio secretísimo. Pocas personas en el mundo lo saben. Allí un hombre, a través de un chat que se realiza en leguaje de los antiguos indios navajos (quien haya visto la peli Windtalkers sabrá porqué). Menos mal que hice un cursillo CCC de navajo por correspondencia hace algunos años. Pues la cuestión es que por esa página esa súper ignota llega uno a dar con el hombre que más sabe en el mundo sin ser Dios. Si, lo que oyen, quien maneja el cotarro, quien da las indicaciones, quien decide lo que se hace. En hombre, y no puedo dar más datos, es un anciano cascarrabias que nació en Pensacola (Fl) hace algunos –muchos- años. Dice que ve el futuro, pero que ha perdido facultades. Lo más preciso que me ha podido decir es que el jueves a las 12 de la noche será ya 2009. ¡Pues vaya mierda de adivino!, como en el chiste. Al final hemos acabado hablando español. Entre que mi navajo cordobés y que él hombre se siente solo en la pirámide del poder mundial absoluto, nos hemos puesto ha hablar de la música de los viejos tiempos. Me daba palo, pero le pregunté por lo de las guerras y eso. Me dijo que le ponía triste pensar en eso. No te puedo hablar mucho de eso, muchacho, me dijo, a los chicos de la CIA y de la ONU, se le van las cosas de las manos y yo solo tengo una máquina de escribir Olivetti, un ordenador, una neverita y tele por cable. Luego viene Mary Lou. ¿Te he hablado de las pantorrillas de Mary Lou? No, le conteste. Le llamaré Doc, para esta entrada, Doc, no me has hablado de casi nada. Tu vida debe ser muy secreta. Respondió con un soplido. Si, estoy solo, y nadie sabe que existo. También hago cosas buenas. Una vez hice que ayudaran a un niño enfermo. No sé si Doc es en realidad un loco o es de veras el tipo que dice ser. He estado buscando fotos y su cara se distingue cerca de los presidentes americanos y en las reuniones de la ONU, de la OTAN y de Miss America Adolescente repetidamente, en segundo plano, a lo largo de los últimos 40 años.
¿Sabes Doc? Yo proclamaría la paz mundial. Si hiciera eso, me matarían. ¿Pero no merecería la pena el intento? Puede, pero soy un viejo que no sé nada de la vida. Todo me lo han dado hecho. Y creo que mi sucesor va a ser Dick Cheney.
Cuando me despido de él con un Adiós Amigo, en acento mexicano, con un emoticono de una carita roja por el pique. Me pregunto si no lo habré soñado.


Update:
Unos días después de escribir esto, viendo las noticias en las Noticias de la FOX vi que daban unas imágenes de una funeral en una de esas cuidades sureñas y hablaban de que había muerto un ex alto cargo de la CIA que fue la mano derecha de Ike siendo aún un muchacho, aunque después dejó los asuntos de estado para dedicarse a la jardinería.
Jamás volví a hablar con Doc. Cambiaron el cifrado y la página que un día encontré y que vendía semillas de crisantemo, ahora vendía Bonos Basura.

domingo, 5 de octubre de 2008

“Es que, Sr. Bond, con el Comunismo, vivíamos mejor”.


Mi madre está enamorada de una agente secreto. A mi padre le da igual. Empezaré por el principio. Cuando mi padre vino de Liverpool a Londres encontró trabajo en una ferretería. Un hombre llamado Smason, que era fontanero, simpatizó con él, lo contrató, le enseñó todo lo que sabía… Mi padre se lo pagó haciéndole un bombo a la hija de Smason. Entonces Smason es mi abuelo. Eso ya lo habían adivinado ustedes solitos, claro. Mi madre estaba en el último curso de secretariado y eso retrasó sus planes profesionales. Mi abuelo le pegó una paliza a mi norteño padre. Le midió el lomo con el canto de una vara. Y además si hubiese sido sistemático y hubiera tomado apuntes, aplicando fórmulas hubiera podido hallar hasta la desviación estándar de la medida. Pero aún así lo introdujo en la familia. A mi abuela no le importó criar a uno más. Tengo tíos que son de mi edad. Mi abuela parió ininterrumpidamente desde los 15 años hasta los 41. En muchos casos gemelos. Así pues cuando mi madre cumplió la cuarentena de mi nacimiento, entró a trabajar en el MI6, aunque eso se supone que yo ni nadie debería decirlo. Bueno, que opositó mientras yo nadaba en el amniótico líquido y consiguió ser funcionaria la servicio de su Majestad. Solo sabíamos que trabajaba para M. Mi abuela decía siempre que trajera golosinas porque creía que donde curraba era en M&M… Allí iba un chulanga que se llamaba James Bond. Mi madre perdía los huesos por ese subnormal. Vale que salvara al mundo en algunas ocasiones, según contaba mi madre, pero mi padre tenía sentimientos. Básicos, pero los tenía. Quizás no hubiera ido a Eton, pero sabía arreglar una caldera. Aunque posiblemente Bond también pudiese arreglarla, y sin despeinarse lo más mínimo. Mi padre pasaba la mitad del tiempo en el pub y la otra mitad viendo la tele. Mi madre solo hablaba de James Bond. Lo que era raro es que a lo largo del tiempo, el tipo mutaba. Iba cambiando con el tiempo. Incluso juraría sobre la Biblia que ya no eran la misma persona. Pero mi madre seguía viéndole igual. Mi padre iba apagándose. Tumbado en el sillón, decía. Moneypenny, si ese James, es la décima parte de bueno de lo que dices lo cambio por este hijo tuyo, que mira que pintas me lleva. Claro, yo era punk.

Ahora, gracias a un enchufe de mi madre trabajo en el MI5 de becario. He conocido a James Bond. Está deprimido. Dice que eso de la caída del Telón de Acero es una mierda, que no habla árabe y que cada día exigen más. Se le ve triste al hombre.

Dice que si encuentra a Bin Laden su carrera se vendría arriba, pero que los burócratas ya no entienden eso del despilfarro en lujos asiáticos para los agentes.

Y es lo que yo digo: “Es que, Sr. Bond, con el Comunismo, vivíamos mejor”.

viernes, 26 de septiembre de 2008


Desconocía por completo el grumete Habacuc Green cuando zarpó de Plymouth un día de primavera adelantada del mes de febrero de 1698 en el “King George Rage” que una semana después sería el capitán de la nave. Cuando iban a la altura del Cantábrico un ataque de tos ferina, o Pertussis, como lo llaman los ingleses, dejó como única tripulación al grumete y a un negro llamado Fernando. En esa extraña tesitura, con las bodegas llenas a rebosar de agua, víveres y ron, simplemente se dejaron llevar por las corrientes y los céfiros. Fernando le preguntaba constantemente a Habacuc que era un céfiro. Yo que sé, respondía el grumete-capitán, lo he leído en el libro de bitácora del capitán. Otra cuestión es que el nombre del barco no les gustaba. La ira del rey Jorge era una cosa muy fea. Habucac lo roció de ron y le puso “The Kent Surprise”. A Fernando le pareció bien. Otra cosa que hizo nuestro capitán Green fue darle la libertad al esclavo negro, pues no quería amigos de conveniencia, y total, para uno que tenía, lo quería sincero. El negro sonrió de oreja a oreja cuando se enteró de la noticia. No esperaba menos del capitán Habacuc Thelonius Green. En un mes llegaron a una isla de las Antillas. No era exactamente a donde debían llegar, pero daba igual. Vendieron los artículos que llevaban al mejor postor, y sacaron buenos dineros. Todo lo hacía Fernando, claro. Habacuc era un muchacho inocente, santurrón y desgarbado, que miraba con cara de despiste y apenas si le asomaba la pelusa en el mentón. Tenían dinero, ropas caras y juventud. Fernando era un africano menudo y fibroso, con un aro de oro en la oreja de reciente adquisición y un traje blanco que resaltaba su tez oscura y brillante como el ébano pulido. Pronto llamaron la atención del lumpen de la isla. Un barco sin tripulación era muy goloso para marineros desocupados. Hombres rudos, ahítos de grog pululaban en las tabernas alrededor del blanco y del negro, sacándole conversación e invitaciones. Pero Habacuc era hombre sencillo y poco amigo de las voces. Prefería a los hombres callados y apocopados que bebían sin hacer apenas ruido en un rincón. Iba con ellos, decía hola y permanecía en silencio, a la luz ocre de un cándil sin apenas cuerda, durante bastante tiempo, días enteros, con apenas algunas palabras, algunas historias descoloridas de por medio. Así conoció a bastantes hombres de muchas nacionalidades distintas, tipos que desentonaban en aquella vorágine feroz de ron, canciones felonas y vómitos volantes. Fernando se movía también por su cuenta en los barracones de los esclavos y de los fugados. Un día decidieron hacerse a la mar. Su vida estaba abocada a la piratería. No tenían ni oficio ni beneficio, y mejor que trabajar era el robar.

El bergantín estaba pertrechado y la tripulación lista. El capitán, como no, era Green. Tenía una curiosa manera de mandar, pues no sabía los nombres de los aparejos marineros. Oiga, señor Smithee, coja eso y súbalo allí, o rumbo hacía donde nos lleve el viento. En realidad la tripulación decidía el rumbo a seguir, pues sabían donde podía haber barcos que robar. Como hemos dicho antes, la tripulación era extraña. No eran viejos lobos de mar tatuados, con historias marineras y peleas en la cubierta de popa. Eran hombres tranquilos que tocaban la tiorba y leían libros. Algunos negros amigos de Fernando alegraban el ambiente del barco son sus canciones africanas, aunque bien, algunas veces, cuando el tiempo era gris, los tropicales sones eran más bien lamentos de morriña hacía la sabana y los leones. Y así pasaron los años. En vez de ir a Tortuga, los de Habacuc iban a una isla, cerca de las costas de Venezuela, pobladas por los indios caribes, los que dieron el nombre al mar. Apenas robaban nada. Solo algún abordaje aislado en la noche, en el sueño, a algún galeón español cargado de oro. Nunca se llevaban gran cosa, por lo que no merecía la pena ni perseguirlos. Y así fueron siempre lo libres que quisieron ser. Su falta de ambición y agresividad les dio una vida que jamás hubieran soñado otros piratas. Siempre fueron respetados por los demás, pues seguían el código tan escrupulosamente que hasta mediaba el bueno de Habacuc en disputas y trifulcas entre filibusteros. Además, algunos de los tripulantes de “La Sorpresa de Kent” fueron requeridos por algunas ciudades para buscar soluciones a problemas puntuales, como a construcción de fortificaciones, mejorar la salobridad o componer misas de difuntos para gobernadores muertos, cobrando eso si, grandes sumas por sus servicios. El capitán-grumete Habacuc Thelonius Green murió en Providence, Rhode Island en 1756. Murió en la cama junto a su esposa Mary Anne y su fiel amigo Fernando. Su vida fue narrada por su timonel, el señor Alan Jacob Junker “Culebrilla”, pero desafortunadamente solo nos ha llegado el extracto que ahora le hemos ofrecido. Es, ya lo han visto, un caso raro en la historia de la piratería, y por añadidura, en la historia de la libre empresa.

jueves, 18 de septiembre de 2008

*


Lo siguiente que recuerdo a cuando cerraron el ataúd era aproximarme a una luz violeta a una velocidad estratosférica. ¿Sería el consabido túnel del que todos hablaban? No sabía. Mi vida había sido una existencia sin excesos ni vicios, solo iba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Eso si, mi trabajo era sin lugar a dudas un trabajo que nadie quería. Era verdugo. Y cobrador de rifas benéficas. Este último parecía no importarle tanto a la gente. Cuando iba a comprar fruta me hacían llevar un bastón para elegir las piezas y siempre me daban las más pochas, pues no me dejaban tocar los melocotones. Al jubilarme hacía muchas obras de caridad e iba a misa todos los domingos. Pero pareció dar igual. Cuando morí cerraron el ataúd y lo siguiente que recuerdo que me abalanzaba sobre una luz, la que les comenté antes. Y que me achicharraba. Ahora vivo en un sitio donde el sol está muy alto y doy vueltas y vueltas, acarreando bolas. Parece ser que me reencarné en mosquito y solo me acuerdo de mi muerte como chupótpero alado. Los mosquitos tienen mala memoria según se deduce. Ahora no me puedo quejar, aunque sea un escarabajo y me pase la vida entre estiércol. Siempre fui un alma muy sufrida.

domingo, 6 de julio de 2008


Exterior noche.
Instituto de secundaria abandonado.
Sonido de búho. Luna llena.

Un grupo de estudiantes llega al gimnasio.

Fundido a negro

Interior noche.
Gimnasio lleno de polvo.
La tarima necesita se acuchillada.


Se sientan en círculo. Mike es el guapo del grupo. Juega al fútbol. Es muy popular entre las chicas. Su novia es Stacy, que lleva puesta su cazadora del equipo. Es azul y amarilla con una gran A. También esta Billy, el eterno secundón. Se hace el gracioso porque es un inseguro. Lleva un corte de pelo ridículo. Monger es un nerd clase geek de categoría fanático del rol. Va acompañada de Susan, una amiga tan friki como él, pero que en realidad está muy buena y solo tiene que cortarse el pelo, quitarse las gafas y será la próxima reina del baile, desbancando a Stacy, que acabará humillada, pero como en el fondo tiene buen corazón admitirá su derrota. Como relleno está Peggy Sue, que va vestida como la protagonista de Grease, y en realidad se llama Matilda. Encienden unas velas y sacan el tablero guija.

Mientras tanto…

Indeterminación.
Limbo.
Todo es nebuloso.

Dos espíritus hablan.

- Parece ser que hay una emergencia, Doug.

- ¡Vaya! Y yo que creía que iba a ser una noche tranquila. ¿No era hoy la Super Bowl?

- Eso fue la semana pasada.

- El tiempo aquí pasa volando, macho.

- Pues parece que tienes que ir a un instituto abandonado en Connecticut.

- Jolines, vaya rollo, seguro que son unos niñatos haciendo la ouija otra vez.

- Si, míralos por la pantalla.

- ¡Mierda! ¿Cómo pueden ser tan prototípicos? Estoy harto de manifestarme a clichés andantes, que lo sepas.

- ¿Me lo dices o me lo cuentas, Doug?

- El otro día un par de adolescentes de Murcia me pidieron ayuda para le hiciera la vida imposible a una muchacha de su clase.

- ¿Y que le dijiste?

- Que se fueran a hacer puñetas. Ya tengo yo bastante con lo mío. Ya es bastante duro estar en el limbo como para aguantar las tonterías de los mortales.

- Antes era diferente.

- Si, era distinto, antes te llamaba gente de categoría. Yo una vez hablé con Sir Arthur Conan Doyle. Quería saber cosas de su hijo.

- A su hijo lo conocí yo en la fiesta de Navidad de hace un par de años. Era muy majo.

- ¿Pero ese no estaba en el cielo?

- Si, pero el de arriba está haciendo no se qué de política interdepartamental. También vivieron del infierno unos cuantos.

- Como os lo montáis lo de los sindicatos… ¿De verdad? ¿Quién?

- Yo solo conocí así de pasada a Escrivá de Balaguer. Era un tio muy sieso.

- Vaya, que fuiste a dar con uno. A mi me gustaría conocer a Carlos V. Hablé una vez con un lacayo suyo y me dijo que era un sol.

- Bueno me voy a los del instituto ese.

- ¡Bah! Pasa, no vayas hoy…

- Pero es que después Dios se pone muy pesado con que hay que demostrarla vida ultraterrena y esas cosas.

- A estos les dará igual, si total, son tan prototípicos que el que se viste de negro acabará matándolos a todos un día de estos.

- ¿Se podría saber de algún modo?

- Tengo yo un enchufe en el departamento del Libro de la Vida…

jueves, 26 de junio de 2008


Cuentan que en el café de Berta los bollos suizos eran suizos de verdad. No puedo afirmar ni negar nada al respecto porque jamás los probé, ni jamás estuve en Suiza. Me parece un país claustrofóbico. Como todos, iba a tomar café, a fumar y contemplar las horas pasar por los ventanales. Aquellas cristaleras, reminiscentes de los enormes cristales de moscovita de las catedrales rusas, distorsionaban la realidad callejera. La suciedad del cristal eliminaba la porquería exterior, creando por arte de magia basuril, el prodigioso efecto matemático de que menos por menos es más. El bulevar se veía magnífico por la pantalla protectora de vidrio y mugre.

Ninguno trabajábamos en nada serio. Sobrevivíamos de nuestras pensiones de guerra.

Berta era un imán para los jóvenes estudiantes. Las historias que sobre ella se contaban en toda la ciudad no dejaban de ser tragicómicas. Algunas venían a decir que durante la guerra del 58 su marido – un poeta tísico, fundador de la corriente, hoy olvidada de concentralismo- fue llamado a filas como piloto de la Confederación Occidental, y que cayó en el cielo de Zanzíbar peleando de manera épica con el mítico Perro Negro de los Alemanoides. Otros, sin embargo, cuentan que Berta antes de tener el café, fue prostituta en los suburbios de Manila o espía del COMECOM, o buscadora de oro en Brasil. Lo que si sabían todos es que la mujer a la que todos llamaban Berta, era rubia, alta, de tez tan blanca como el papel clorado y tuerta.

Las tardes de viernes eran las más tranquilas y yo aprovechaba para escribir en pequeños papeles que me daban en una imprenta cercana. En las imprentas, cortan el papel con guillotina al tamaño deseado y siempre hay un excedente, que tiran a la papelera, si no les sirve para otro uso. Me paso por allí y me lo dan. Recuerdo que mi primer libro de poemas lo redacté en finas tiras de 3 centímetros por 30. De unos carteles de peleas de gallos, me dijeron. Una tarde hacía yo de negro para un catedrático y escribía al estilo Pemán un discurso de agradecimiento para una entrega de premios. Era una cosa soporífera. Mi negrero era un perfecto mequetrefe. Le daban el galardón al “Mejor Invento del Año”. Dos mesas más allá, sorbiendo un vaso de leche, estaba un hombrecillo gris, el que realmente había desarrollado el artefacto. Era tan pobre que vivía en una pensión acompañado de dos de sus colegas y una miríada cucarachas. Berta se sentó a mi lado. Me tocó el pelo y me dijo que si me tomaba bien lo que decían de mí. ¿Qué dicen de mí? – contesté -. Que moriste en Zanzíbar. Creo que en parte es verdad. Algo de mi se quedó en Zanzíbar. Eso me suena a película mala, -replicó Berta-. Sonreí. Perro Negro murió en Zanzíbar. Yo volví. Perro Negro estaba ardiendo y yo le pegué un tiro para que no sufriese. Lo sé, me lo has contado muchas veces. ¿Entonces para que preguntas? No quiero que estés mal. No te preocupes. Estoy bien. Yo creo que no. Podría estar mejor, pero estoy bien. ¿Cómo está Mijail? Ya no lo veo. ¿Es por eso que me preguntas? A lo mejor. Te echo de menos. Ya no estoy tan bien. Compréndeme. Creí que Perro Negro te había matado. Conocía muy bien a Perro Negro. Ya sé que conocías muy bien a Otto, querida. Te lo presente yo. Hay una cosa que no comprendo bien, Berta. ¿Por qué nuestros países habían llegado a la determinación de que la guerra es más civilizada si mandan a los poetas y a los artistas a luchar? Creo que fue idea mía. Nunca debiste ser amante del Ministro de la Guerra.

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Es lo primero que escribo de ficción en mucho tiempo, espero sepan perdonar los fallos. Además lo he escrito casi sin corregir, en un arrebato.

domingo, 27 de abril de 2008


Un día Perico se volvió loco. Era por la tarde, cuando el sol se ponía tras la silueta de las casas. Un enjambre de antenas y tendederos daban la impresión, sobre el cielo violeta del atardecer, de ser barcos, fondeados en un puerto cercano. Sus ojos vieron mástiles, aparejos, velas, e incluso intuyó una enorme bandera pirata, a lo lejos.
Perico, de aspecto enclenque, desaliñado, deambulaba por la calle de un lado para otro, desde que se quedó en paro. Trabajó de acomodador en el único cine de su pueblo. Destruido por el tiempo, la televisión y el VHS, éste cerró sus puertas años atrás. Pero la luz proyectada en la pantalla a través del celuloide, se había abierto camino en el infantil cerebro de Perico. Y sin duda, lo que más lo marcó, fueron las películas de piratas y barcos. Quiso ser Errol Flinn en El Capitán Blood, apuesto y galante. Un gran funambulista, con una gran sonrisa de dientes blancos, viendo a Burt Lancaster en El temible burlón. El capitán, respetado por sus hombres, cuando contempló, admirado, a Gregory Peck, haciendo El hidalgo de los mares. Odió para siempre a Charles Laughton, por ser el cruel capitán de la Bounty. Soñaba ser Clark Gable, estar del lado de la justicia. Tan solo flaqueó en el lado del bien una vez, cuando deseó con todas sus fuerzas ser Long John Silver, con su pata de palo y su loro, en La Isla del Tesoro.
Y aquel día, pues, la fantasía se convirtió en realidad. Al menos para él. Como Alonso Quijano se convirtiera en Don Quijote, Perico se transformó en pirata, obtuvo la patente de corso en su mente, y se dirigió a los barcos imaginarios. A los dos o tres días lo encontraron vagando por los olivos, buscando a su tripulación. Aún cuando los enfermeros se lo llevaban, gritaba que quienes le siguieran, obtendrían un buen botín. En efecto, si alguien le hubiera seguido, ahora sería un poco más rico, pues cuando años más tarde murió de infarto en el sanatorio mental, encontraron en su casa, un mapa, en el que la campiña se convertía en isla desierta, donde Ben Gun añoraba su queso. Y en la cruz marcada en el plano, en un arroyo cercano, en un gran baúl a rayas rojas, ochenta y seis millones de pesetas, junto a un catalejo y miles de afiches*; su gran tesoro.

Granada, 30 de Marzo de 2005

*afiche: los afiches eran la publicidad que daban en los cines en los años 40, 50 y 60 para anunciar las películas. Hay mucha gente que los colecciona.

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Escribí este pequeño relato que debía ocupar un folio a doble espacio a tamaño 12 en Times New Roman, para un concurso de un pequeño festival de cortos de algún pueblo que ni recuerdo. Lo creía perdido. Esas cosas que pasan cuando formateas discos, haces copias de seguridad, etc. Lo escribí en el portátil y ha aparecido en el fijo en la carpeta de los poemas. Preparo una pequeña colección de mis poemas porque el próximo 23 de mayo hay una lectura poética en mi pueblo. Como tenía publicados algunos poemas en la Revista de Feria (única publicación periódica de Castro a lo largo de los años) pues me pidieron que participase y ahí voy yo. Hace 2 años que no escribo un solo poema, aparte de alguno de risa en el fotolog, pero bueno, entre una producción que da para una media docena de libros (muy malos, eso si), podré sacar quince poemas que merezcan la pena.
Y me he alegrado de ver que esto existía aún, pues me he acordado muchas veces de él y no sabía donde estaba. Pues un tesoro aparecido, aunque no sea gran cosa. Los que me conozcan saben de mi fascinación por los piratas desde pequeño, así que ya sabrán porque elegí el tema este para escribir sobre cine.

viernes, 9 de noviembre de 2007


La acera era serpenteante y pequeña, apenas podía pasar con los enormes zapatos que gastaba. Aunque no lo tenía muy claro, intuía que alguien le seguía. Juegos de luces y sombras jalonaban la calle, mojada y hedionda, artería muerta de lo que otrora fuese un pueblo. El corazón palpitaba por salir del pecho tatuado con cruces y mujeres desnudas, como si el órgano vital fuese más consciente del peligro que el cerebro bañado en absenta y opio, después de tantos puertos. Había llegado hacía poco. Estaba de paso pero se quedará allí para siempre. Había oído algo acerca de ese pueblo en tabernas por toda Nueva Inglaterra, aunque poco amigo de cuentos de viejas, jamás los había creído. Ahora, escuchando alaridos chapoteantes y viendo el espectáculo de deformes cefalópodos andando por la calzada, aún lo creía menos. Se supone que estas cosas no pasaban. Un pálpito de salvación nació dentro de él. Ya eran casi las 6 y pronto amanecería. Quizás lo que le perseguía no gustase de la claridad del día. Se escondió entre unos cartones y espero a ver por la rendija el alba venir. Con el día el frío se intensificó de manera notable. Aguantó aterido con los pies descalzos encima de un viejo periódico, lo único seco que encontró por los alrededores, en el alfeizar de una ventana. Las noticias eran extrañas. La potencia inglesa en la guerra de Europa se había parado porque los animales se volvieron locos. Que cosas, pensó G. olvidando sus problemas por el momento. Este leve descanso de su mente le permitió dormir algo. Al sumergirse en los sueños vio grandes edificios submarinos y extraños seres que le eran familiares.

Despertó y escudriñó el callejón. Nada. No se oía nada. Solo las gaviotas en la playa y el rumor del mar en la ensenada. Salió como un felino sigiloso. Nada. Las avenidas desiertas y el viento en los árboles muertos.

El sol había salido de nuevo sobre Innsmouth.

viernes, 5 de octubre de 2007



Escribí este relato hace como dos o tres años. Es un poco ingenuo, un poco infantil, pero la premisa fue tratar horrores cósmicos y ominosos. Espero que os guste, si es que os lo leeis, vamos.

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No sé cuantas horas estuve atrapado en esa guarida espantosa. La habitación era húmeda. El moho, implacable, inundaba cualquier sitio donde pudiera reproducirse. No le faltaban lugares, desde luego. Miles de desperdicios se desparramaban por el suelo y los escasos muebles. El olor irrespirable que emanaba de todos los rincones era lo peor. No te acostumbrabas nunca a aquel hedor infernal. La falta de luz y el sofocante calor era lo de menos. Tampoco importaba que todo lo que tocaras fuese viscoso, gelatinoso, resbaladizo; total, no lo podías ver bien. Se oían voces y gritos a lo lejos, que luego cesaron. Tenía las muñecas y los tobillos magullados. Tardé mucho en librarme de las rudas cuerdas que me amarraban a una silla que chirriaba. Mi mano izquierda estaba paralizada y un débil pero constante hilo de sangre manaba de más arriba. Me ardían las muñecas. Cojeaba por la estancia, lentamente, me costaba respirar. Ese olor. Si querías observar algo bien te tenías que acercar mucho. Las veces que lo intenté me arrepentí inmediatamente. De repente me di cuenta de que algo reptaba por el suelo, hecho que hizo que volviera a buscar la silla que me había servido de jaula. Me subí en ella. Con las rodillas arqueadas y el cuello torcido permanecí inmóvil. Mi cuerpo maltrecho estaba entre una silla tambaleante y un techo con textura cartilaginosa. Una especie de polillas grandes revoloteaban a mi alrededor chocando una y otra vez con mi cara, hinchada por los golpes. Trataba de espantarlas con movimientos bruscos de cabeza y con soplidos. No quería moverme bajo ningún concepto. Abajo, sobre el piso, aquella cosa se movía. No podía verla, apenas oírla, pero sentía su presencia. Los escalofríos recorrían mi espalda desde la rabadilla hasta el cogote. Mis labios temblaban. Mis ojos, hartos de llorar, se habían cubierto de lágrimas secas. Con mis manos intentaba mantener mi precario equilibrio sobre aquella maldita silla como si fuera un payaso funambulista a merced de aquello. Pasó el tiempo. No sé cuanto. Mucho, supongo. El cansancio y el dolor me estaban venciendo cuando eso empezó a empujar mi pedestal de madera crujiente. El miedo me hizo olvidar todo. La fatiga y el esfuerzo de tener las piernas dobladas con un ángulo incomodísimo desaparecieron. Mi respiración, que hasta entonces fue ruidosa y arítmica, se ralentizó dé tal modo que creo que dejó de entrar aire en mis pulmones. El sudor, abundante y liquido, se volvió denso y escaso. La silla empezó de nuevo a moverse, esta vez no tan bruscamente. Algo escalaba por las patas. Hubo un momento en que dejó de chirriar. Yo intentaba permanecer quieto como una estatua y aún seguí así cuando sentí un extraño cosquilleo en mis pies. Luego la rara sensación que sufría siguió por los tobillos, por los gemelos; una vez que llegó a las rodillas no pude mantenerme más en pie y caí. Parecía que todo llegaba a su fin. La caída fue larga, como si el tiempo fuese a cámara lenta. Mis miembros se contorsionaban como si yo fuese un pelele. Unos ojos me miraban con inexpresividad. Todo se iluminó. La extraña sensación, entre picor leve e insensibilidad, como cuando vas al dentista, tomó posesión de mi cuerpo en cuanto llegué al suelo y lo toqué con el codo. De repente, la oscuridad. El color negro lo tomó todo. Silencio. Una tranquilidad, inédita en mí, me sumía en un placentero relax.

Permanecí en coma durante 31 días.

Según los médicos, algo me había ocurrido durante una inspección rutinaria a un bloque de pisos que iba a ser demolido, que se suponía deshabitado.-No- pensé, ese viejo... -Mirad mi cuerpo podrido- gritaba.

La enfermera que me acompañaba me intentaba tranquilizar.

-Su cuerpo está bien. Solo tiene arañazos que se han curado ya. Tranquilícese-

Algo extraño había ocurrido y no sabía muy bien que. Pasaron los días, las semanas. También los meses. Mi mente había borrado de mi memoria algo, que no logro recordar. En mis sueños casi acaricio el final de todo lo que pasó aquel día. Es curioso pero tampoco me acuerdo del principio.

Mi reclusión en el manicomio era voluntaria, pues no conocía a nadie ni tenía familia alguna. No me sentía preparado para volver a la vida normal. Solo una sensación de ser observado me alejaban de mi aptitud normal. Sueños extraños que me reclamaban en un lugar lejano e inhóspito.

Un día de invierno, en el que el viento zumbaba y agitaba los árboles pelados del jardín, volví a sentir ese nauseabundo olor de nuevo. Grité. Me revolqué por las frías losillas del suelo del sanatorio. Miré y allí lo vi. Era un viejo que me observaba con una inexpresividad inconcebible para un humano. Y ese hedor del mismísimo infierno.

Cuando me hube tranquilizado, a base de calmantes, tuve la resolución de ir a ver al ser que me había atormentado tanto aquel horrendo día en el que mi cuerpo se volvió negro. Estaba sentado en una silla de rueda, oteando el horizonte. Me miró de nuevo y mi nariz empezó a irritarse otra vez. Una enfermera se acercó.

- Está ausente, el pobre. Lo encontraron vagando por un solar abandonado. Quería volver a su casa, pero nadie sabe donde vive-

- Yo si lo sé- dije, sin pensar.- El no es de este mundo o de esta época. Su casa está a distancias infinitas, imposibles de concebir por nuestra mente-

El viejo me volvió a mirar. Y calló. No sé como lo sabía, pero así era.

La enfermera me acompañó a mi habitación creyendo que deliraba.

Aquella noche hubo un apagón en nuestro pabellón. De nuevo sentí ese cosquilleo. Yo lo esperaba. Daba igual. Algo debí descubrir cuando entré a la extraña habitación negra del edificio abandonado. Algún secreto inescrutable y terrible. Mi mente iba recordando. Comprendí que mi destino era diferente al que había vivido desde que salí de ese bloque de pisos a punto de ser derruido. El futuro no debía haber sido este.

De nuevo, la mirada del viejo. Inexpresiva como la de un pescado muerto. El olor de la muerte negra.

- Me costó encontrarte- dijo el anciano – te llevaré donde debes estar, junto a los míos -

Intenté incorporarme, pero la anestésica sensación de ser tomado por miríadas de células negras me lo impidió. El viejo puso los ojos en blanco y empezó a recitar unas extrañas palabras en un perdido lenguaje, alejado de la locución humana normal. Una luz pálida llenó mi cuarto y un calor sofocante me recordaba a mi cautiverio en esa habitación maldita. Baje la mirada hacia mi inmóvil cuerpo y la masa negra ya llegaba casi a mi cabeza. La corrupción de mi cuerpo iba acompañada del hedor mortecino que tanto me había angustiado en mis pesadillas. Solo hubo tiempo para un aterrador grito de auxilio, ya inútil. Cerré los ojos y desde entonces mi mente se encuentra en una dimensión alejada y recóndita del vasto universo. No comprendo nada; ni siquiera lo intento. Ahora ya da lo mismo.

Epílogo

Del cuerpo de Daniel Trabbot solo se encontró una especie de escoria negruzca, cenicienta, con un terrible olor a podrido. El viejo, que lo acompañaba en su habitación también murió aquella noche en la que la luz se fue. De hecho parecía que estaba muerto desde hacia ya mucho tiempo. La policía dio el caso por cerrado y tan solo un psiquiatra heterodoxo del hospital mental se aventuró a dar hipótesis vagas de lo que podía haber ocurrido. Se habían dado algunos casos similares en Indonesia, relacionados con antiguos cultos ancestrales, hoy ya olvidados, que se remontan a un tiempo ignoto anterior al hombre. Nadie le hizo demasiado caso. Muertos que se convierten en cenizas apestosas... Era raro de creer. Algún tiempo después el médico desapareció durante una expedición por tierras inexploradas y tampoco se volvió a saber nada de él. Ninguna persona lo sintió o lo echó de menos... A veces es mejor mirar hacia otro lado para seguir adelante.


Desde aquí, desde el abismo de una noche eterna, puedo responder a una pregunta que el ser humano se ha hecho repetidamente a lo largo de su existencia. La vida eterna existe: EL INFIERNO DE LA NADA. Para siempre.

 
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