lunes, 22 de agosto de 2011

Cosas que he de decir, aunque a usted no le importe.


Tengo muchas cosas que decir, aunque dudo que alguna le importen a usted un tercio de lo que le importa un bledo dividido por un pimiento.
Si, usted que me lee.
Desconoce que el otro día, mientras me bañaba en la piscina se me antojó posible que la casa que mi abuelo construyera en tierras de secano, entre la viña y el río, hoy tierra calma, fuera desmontable como un Exin Castillos. Los ventanucos, biselados por lo alto y de forma casi cuadrada, tienen rejas, y a los lados piedras metamórficas que se asemejan a esas piedras de plástico del juego de construcción al que me he referido; y me imagine la uña de un dedo de una mano gigante que en la plácida tarde de Agosto, cuando las nubes son naranjas y rosas y cursis, descendía del cielo y cogía con el pulgar y el índice, prensilmente, la ventana con mosquitera de la habitación de mi hermana, la que está más al oriente. Ineludiblemente, y abusando de los adverbios, con su permiso, amable lector, me acorde de los Monty Phyton y sus manos animadas, y pensé que la mano de Dios jugaba a los Exin Castillos con mi casa en el campo, esa que está en la carreterra que lleva a Baena, a Alcaudete y finalmente, a la ignominiosa ciudad de la Alhambra.

ELLA sigue aquí. Sigue en mis sueños. Me visita fugaz, por las noches y las siestas. Vuelve, dulce y callada, en ascensores que son pisos enteros con bares polvorientos de ceniza de cigarrillos apagados hace mucho tiempo. En la vida vigil la había desterrado de mis pensamientos, pero ahora, con el verano vuelve, como una tentación que me ofrece la locura, pérfida, pérfida y pérfida, mil veces pérfida y enredadora, pues en esos sueños soy feliz y nunca se oyen palabras feas; y por eso digo tentación, pues las invitaciones, mucho más blancas e inocentes de lo que usted imagina, pérfido lector de pérfida mirada sucia, son tan reales que a veces entre sueño y sueño me he de sacudir con la pérfida almohada enranciada con mis cabellos para hacerme entrar en la pérfida razón, que no tiene porque ser razonable ni razonada. Las cosas que no son, no son. Lo que pudo haber sido y no fue es tan solo una forma de enunciar un fracaso, una frustración, una sobredosis mortal de realidad que mató al suave y engañazagales canto de la bienquerencia. Esta noche no vino, apenas dormí. A lo mejor esta noche armado ya de drogas legales para locos de nivel bajo canta para mí.

Me subleva la idea de transcendencia, y que clasifiquen a los ateos y libre pensadores políticamente en receptáculos que el libre pensar rehuiría en nanésimos de segundo.

Sé que sabe usted, amable lector, como digo, que no creo en nada apenas, pero si es que hay algo, ya sea Crom, Jesús, el Monstruo de Espaguetti Volador o el mismísimo Cthulhu encarnado en Calamardo le doy las gracias por la lectura. En realidad le doy las gracias a la sorbedura que me comecome; me doy las gracias a mi mismo por dejarme leer. Sabadú, Colubi, Hogdson, Chesterton, Orwell, Lovecraft -2 veces- y Borges han pasado ya ante mis ojos. Poder leer es muy importante para el lector que no lo puede hacer siempre, porque su poder de concentración es más limitado que el poder romo de un Cristo románico una estampa gastada de Shiva de las que te dan los Hare Krishna en el Rastro de Madrid.

Tres gatos pelean ignorantes del daño que pueden causar a mis pulmones, a mi garganta, a mis hocicos. No todos los culpables de algo son tan inocentes como Noni Chico y sus secuaces felinos. Y mire que son seres vivos. ¿Acaso sabe la alarma del móvil o del reloj lo mucho que la odiamos? Un símil se podría hacer con nuestros regentes, nuestros manipuladores próceres, nuestros estadistas a lo que la palabra estadista queda tan grande que parecen disfrazados estando en sus trajes caros. En esta democracia de chiquilicuatres, los cretinos son, aunque los odiemos, como las alarmas, puestos por nosotros –por quien vote, vamos- lo que pasa, me da a mi en la nariz hiperalergiada que ellos sí que son conscientes de los perjuicios que crean; aunque a lo mejor no al ciento por cuento, porque tampoco es que sean genios de la Naturaleza ni Fénices de los ingenios. Los gatos siguen jugando en esta mañana medio fresca de domingo, que vaticina calores ígneos en el aire.

Cada día me gusta más estar solo y creo que es culpa mía.

Hay momentos en que el Nota, no es que te salve la vida –eso se lo debo a los maléficos emporios farmacopeos-, pero te da una dosis de alegría que, aunque el hombre triste no aguante más que la duración del film en La Sexta 3, es suficiente. En el campo, siempre que veo una película la vivo intensamente, ya que es poco lo que le dedico a lo audiovisual. No escucho ni música. Pero estoy por ponerme cintas de bolos en el iPod Suflé, que me mira muerto de pena, si es que mira algo, desde un compartimiento encremallerado del bolso a bandolera que utilizo para hacer pequeñas mudanzas de objetos.

La piscina, como si tuviera sirenas me reclama, amigo lector. Yo no soy Odiseo atado a un poste, más bien Mameluco atado a una calor que es angustiosa ya a primeras horas. Me despido. Esta son algunas cosas que he escrito durante una semana y que tenía que decir. No le interesaran pero dicho quedan. Faltan muchas cosas pero está bien por hoy. 
Dentro de unos eones, más.

jueves, 11 de agosto de 2011

Historias de fantasmas (Sueños)


No sé si sabrán ustedes los que son las notas simples. Son unos minúsculos informes en los que viene detallado el estado de una finca. Se piden en los Registros de la Propiedad, donde me gano poco a poco el pan, con el aire acondicionado de mi frente. Una finca, puntualizar, no es un cortijo o un enorme bosquizal donde cazar el zorro, sino un bien inmueble. Sus casas son fincas urbanas. Incluso las cocheras son fincas, bueno nooooo, subfincas. Pues a eso me dedico yo parte de la mañana, cuando no me dejan hacer otras cosas. En mis breves vacaciones he leído un libro –precioso, por cierto-, que se llamaba Los piratas fantasmas de  William Hope Hodgson . Iba sobre un buque encantado y sobre las cosas que allí se veían, sin tener precisamente consistencia material. Solo por el nombre del narrador y protagonista, Jessop, curtido marinero recién nombrado de primera, merece la pena el libro de doble final (el escritor escribió uno alternativo, desde el punto de vista de otro barco, para venderlo como cuento independiente). La cuestión es que enfrascado en lecturas y aguas tenebrosas, soñé  a bocajarro, que en el trabajo pedían unas notas simples de arcanos libros antiguos (bueno, el más moderno es de 1937),  pues en la Sublevación del Movimiento Nacional y su posterior guerra el archivo fue quemado –durante la colectivización, supongo-. En el sueño los libros eran más recónditos, y bajo los simples números de finca, los números de tomo, libro y folio se escondía algo. Al leer la letra perfecta de pluma de color negro azulado, algunas presencias iban tomando cuerpo en la estancia, siendo yo el único que era consiente de su existencia. Después, al imprimir en impolutos A4 de 80 gramos, los comúnmente utilizados, en preclara Courier New,  en una impresora láser de tóner, salieron las notas un poco extrañas. Iban avejentándose y percudiéndose, como si de una lepra papelera se tratase. El tóner fijado con calor se convertía en tinta multicolor de grueso trazo. Lo que debería relatar dueños, porcentajes, superficies y lindes, contaba otro tipo de historia, a cual más terrible en base a esas presencias difusas y a un poder telequinésico que conectaba la historia de la casa a mi mente soñadora. El trabajo seguía mientras el yo angustiado luchaba contra el yo normal de estas cosas son normales, hombre. En un  momento me di cuenta de que era un sueño. ¿Era acaso mi propio consciente soñador llamando al que había caído en las garras de lo ominoso? No lo sé.
No miro igual los volúmenes antiguos. Sobre todo, sobre todo, porque están llenos de ácaros…; inquietante.   

domingo, 24 de julio de 2011

Tempus fugit

La muerte puede consistir en ir perdiendo
la costumbre de vivir.

César González-Ruano


Desde que cortan el cordón umbilical que nos une a nuestras madres, desde el primer minuto, es tiempo ganado a la muerte. Nacemos para morir, porque no es que sea ley de vida, como se dice en los entierros o ante la tele en momentos necrófilos, sino que es la ley de la vida. No somos inmortales y por eso, algún día tendremos, como decía un profesor pedante que tuve, el inevitable e irreversible colapso funcional. Pueden decir ustedes que exagero. Miles de recién nacidos salen muertos a este mundo cruel, muchos otros, muchos, más de los que nos podamos imaginar mueren, en sus primeros años de vida. Las causas y razones son las mismas que siempre han sido, pero que en el mundo civilizado de la corrupción, los cachivaches informáticos y el gazpacho en tetrabrik, hemos olvidado: hambre, enfermedad y guerra.
Repito, un minuto más en nuestras insignificantes vidas es una microbatalla ganada a la parca. La muerte, y sigo redundando, es de una normalidad pasmosa –estadísticamente hablando- y enrasa igualitariamente al feo y al guapo, al magnate y al obrero, al listo y al idiota; vamos, que es como el cagar. Lo reducen a la nada, a lo inerte, al mundo atómico, a la vuelta a los ciclos naturales. Pero esa normalidad es borrada por el mundo actual. Todo tiene que ser tan perfecto en la era digital que la muerte es considerada un handicap, una cosa fea, una inconveniencia más que terrorífica, antiestética. Puede ser porque signifique que aún no controlamos las claves del universo o, a lo mejor, es porque es simplemente algo que se nos escapa de las manos, de nuestras entendederas.

Eso cambia, sin embargo, si quien muere es un familiar, cosa totalmente comprensible, o un famoso o alguien joven, que es ahí donde acudimos como moscas a la mie (l) o (rda), ahítos de morbo a raudales.
Cuando muere alguien cercano nos da pena y es por la perogrullada que voy a decir a continuación: la irreversibilidad de la muerte. Un sentimiento de pérdida nos embarga. Hemos visto y sentido cosas maravillosas durante el plácido verano de nuestras vidas: el amor, la amistad y todo eso tan bonito; pero también el dolor, la enfermedad, la furia, el agobio… todo muy malo, pero hemos contemplado maravillados dolores remitir, enfermedades curar, furias aplacar y agobio liberar. Estando vivos –y no es un mensaje positivo de buen rollo, se lo aseguro- aún queda un porcentaje de esperanza, dicho en los términos anteriormente utilizados, las cuotas de reversibilidad son posibles. Pero cuando el último suspiro se exhala del pulmón del moribundo y se queda pajarito, es de un no retorno fabuloso, una sensación de nunca más que nos llega al tuétano. La frialdad que tomamos como maldición por ser humanos y que es realidad es lo que determina la naturaleza.
Porque aunque se mecanicen los ritos –tanatorios, crematorios- la muerte está como las moscas, detrás de la oreja.
Yo perdí el miedo a la muerte hace algún tiempo. No es por nada en especial, sino por la falta de alicientes que tiene el estar vivo. He sentido de cerca la muerte –la mía- y en esos momentos me asuste mucho -no es que haya pasado enfermedades mortales ni nada parecido, solamente he estado más cerca del suicidio que lo recomendable para estos casos-. Me asusté muchísimo, por eso estoy aquí aún escribiendo, supongo. Pero pasado el tiempo, y habiéndole dado vueltas y más vueltas, la muerte, que es la nada, la negación del algo, me trae un poco sin cuidado. Yo simplemente, como todos, no quiero sufrir dolor, ni físicos no psíquicos. Pero todos los días hay un nuevo achaque y la cabeza rumia sus propias ideas, así por libre, mientras duermo, me lavo los dientes o me alieno en el burócrata trabajo de chupatintas. Cuando no existes ya no hay dolores ni infiernos mentales. Pero cada cosa a su tiempo. Tiempo que es corto, también es verdad. La máxima barroca: de la cuna a la sepultura, no puede ser más vigente y más actual. A medida que envejecemos nuestra percepción del tiempo se acelera de un modo exponencial. Los eternos veranos de la infancia son ahora un suspiro lleno de calor y ansiedad porque las vacaciones caducan como los actuales huevos de corral.

La muerte es, en conclusión, algo que llega pronto. Pensar en ese modo particular que tenemos por deformación profesional los geólogos tampoco ayuda, que hablamos de millones de años como el que dice amén. El respeto casi reverencial a los muertos, si fuésemos buenas personas, nos lo guardaríamos para lo vivos que lo necesitan más –los que se lo merezcan-. Los muertecitos en el cementerio, encapsulados, no esperan nada, son nada, y quien algún día fue, solo vive en nuestra memoria.

viernes, 15 de julio de 2011

memeces


No tengo ganas de escribir últimamente. Entre el trabajo agotador de chupatintas de tres al cuarto -por mi condición de minimalista, o sea, de salario mínimo y la burócrata tarea-, el calor sofocante, la falta de ideas y la falta de fuerzas esto está más vacío que misa de ocho en Marinaleda.
La cuestión es que me entra nostalgia de cuando esto hervía en posts y posts, y hasta en comentarios, pero como decía no sé quien, la nostalgia no es lo que era. Sobre todo cuando la memoria embotada por la torridez acaso intuye que hubo vida antes de hace una hora o así. Exagero. Si, exagerar es, junto a hablar de mí mismo y no hacer nada, las cosas que más me gustan. Exagerar es una forma como otra cualquiera de denuncia, revolución o dejadez. En cualquier apartado se podía poner la tendencia a la desmesura en afirmaciones, definiciones o críticas, así como el cabreo, la incomodidad o el aburrimiento.
Antes el mundo era mejor, porque era 2006 y uno era más joven. Verdades y mentiras. Obviamente en 2006 todos éramos más jóvenes, pero el mundo era más o menos igual de mierda que lo es a los corrientes. Personalmente yo era un desecho de persona, pero, como diría Emilio de ANHQV, yo me quedo con lo bonito. Era realmente prolífico en esto de la escritura, y si bien he mejorado, creo que mis textos antes tenían más chispa, aunque todo no sea pedernal, amigos y hermanos. Hay que tener base y untar los aceites y colores en el lienzo verde manzana. Como vengo repitiendo desde el principio de este sin sentido, que no sé si pasará mi baremo de parches y pegos, me cuesta más comunicarme, y es porque creo que tengo menos cosas que decir que antes. Antes las certezas eras muchas y las ganas de proselitismo abundantes como la mies en las eras. Ahora mis certezas son más pequeñas, más definidas, más preclaras, y aunque el Perogrullo entre dentro de mis recursos estilísticos no voy a redundar en temas claros como Dios, la Muerte, la Guerra y a quien leo. Esta falta de ganas de contar cosas se debe también a las redes sociales que hacen que los de natural exhibicionista, como es el caso, nos explayemos contándole a la gente lo que hacemos o dejamos de hacer. Yo al menos lo reconozco, hay personas que dirían que no, que ello solo velan por el bien común, pero ponen fotos de sus vacaciones y de sus estúpidos ases del deporte.
No sé exactamente donde quiero llegar. A ninguna parte, supongo. La vida es eso, una larga marcha hacía la nada, lo que pasa que puedes ir a pie, en Ferrari o arrastrado por los caballos de algún cosaco. Yo repto. A los gordos les es difícil. Pero así las balas, por muy rasas que sean, no me destrozan de inmediato. Ya caeré por otros mecanismos más sutiles, como el suicidio pasivo a base de cerdo, o eso que llaman estudiar, palabra esta que es escucharla y tiemblo como una hoja al viento solano.
Bueno, me voy a la cama. Tengo las piernas hinchadas, me duele la espalda y el cuello y mis pensamientos están en los Mares del Sur, siendo canibalizados por los dioses del Amor. O sea, la normalidad. Con ruido de coches, por supuesto.

domingo, 3 de julio de 2011

Nadería sobre la calor


El calor atonta las mentes, invita el desánimo y te pone la cabeza como una carraca. ¡Cuánto me acuerdo yo ahora de aquellos tiempos fríos donde se te congela la nariz y el corazón! Todo latente como bacteria enquistada en el sustrato del suelo. El calor llama a la podredumbre, a lo apestoso, a lo pringoso. Los insectos pululan en las luces en una sinrazón primordial, embelesados por el tungsteno incandescente. O el gas excitado de los tubos. El cemento que nos rodea reclama un protagonismo que jamás se le dio y proyecta como lanzallamas concreto las llamaradas ígneas que salen de la tierra, pero de una cobertera planetaria que solo dificulta el crecimiento de la jungla. Los coches, monótonos y raudos, añaden su calor específico a un ambiente sulfúreo, que nada tiene que envidiar a los lugares de Hades, Mefisto y Nergal.
Plomizo cielo enturbiado por la suspensión de la chusma microscópica, invernadero de plantas graníticas y basálticas. Odio tu mundo. Tu mundo de alpargatas y uñeros, de  piernas peludas y gente depilada de cerda incipiente. Solo el recuerdo de lo que fue solo te indulta a medias en mi juicio mediano y suspicaz. Calor, estío secamentes, brasas atmosféricas, ascua de temporada, cuando tú te vayas ya estaré esperando el solsticio para pegarte la tajada, pero ríes porque te sabes inexorable en tu cíclico y cuasinfinito devenir.

sábado, 18 de junio de 2011

Lógica


La diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción tiene algo de lógica. Esta frase es a medias mía. La he retocado. La he escuchado en boca de un ex agente de la Stasi en una peli mainstream con mensaje “dinamitero”. La verdad es que la realidad es una cosa bastante lógica, pero como somos hijos del Renacimiento, percibimos una falta de lógica –bueno, no todos, algunos, algunos lo ven lógico, demasiado lógico-; como iba diciendo percibimos una falta de lógica respecto a lo que nos rodea. Como tenemos un ombligo que si fuese material ocuparía todo el universo conocido y parte de varios paralelos, el hombre es el adalid de esa sinrazón. Vemos cosas sospechosas por todos sitios, porque como diría Jules en Pulp Fiction: El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. El hombre recto y el hombre malo. Cada cual tiene su percepción de rectitud y de maldad. No creo que mis esquemas mentales coincidan mucho con los de Botín, por poner un ejemplo de lo más socorrido. Para mi todo él es maldad –bueno, casi, démosle el beneficio de la duda del rescoldo bondadoso del día de Navidad, ejem, Scrooge de saldo-, pero él mismo se tendrá por un probo magnate y buena gente. Yo lo sigo viendo como un provecto carcamal, por poner otro adjetivo que empiece por pro. Nuestro mundo de opinión, mentira, rapidez, deformación y consolidación de corrientes mayoritarias nos lleva a los pejigueras a ser unos descreídos y a algunos a llevarse las manos a la cabeza. ¡No le veo la punta por ningún sitio, pardiez!¡No tiene lógica! –nos decimos mesando nuestras barbas-. Es lógico. Si cada uno toca un pito, la bofetada a la coherencia puede ser brutal. Imagínense bandas militares u orquestas sinfónicas reforzadas con coro doble. Que mareo. Patadones a la lógica, bandos encontrados, exageraciones manifiestas y lo que nos hará libre, que es la verdad, se diluye en nanofracciones tan pequeñas que para formar el puzzle de una pequeña constatación lo tenemos difícil, si es que en realidad queremos ser objetivos. Porque si yo digo que se ve el Kilimanjaro en el cuadro formado por las piezas, y tú que lo que es la Ópera de Sidney pintada por la mona Chita, pues eso, que cada uno pensamos que el duro es, por supuestísimo para nosotros, y PUNTO. Yo al menos soy así. Egocéntrico, fabulador de verdades, predicador en un desierto con oasis de mosto de manzana y disidente autoeregido.

Pero borren todo lo anterior de su mente. Todo lo dicho anteriormente por el testigo no lo tendrá en cuenta el jurado –siempre me pareció ridículo que se puedan obviar las cosas con más chicha de los juicios por defectos de forma o divagación-. La realidad tiene lógica. Si, tiene una lógica basada en leyes naturales. El crecimiento cristalino, el ciclo del agua, la dinámica de los animales. Todo sigue parámetros que cumplen leyes lógicas para gastar la mínima energía. ¿Lógico? Si. Los planetas siguen sus órbitas como está previsto, hasta que la estrella explote, como está previsto en su guerra energía contra gravedad. Hay cosas que desconocemos, pero ninguna se saltará la lógica de sus acciones por capricho. Eso es real. Ocurre en la realidad. Muchos lo negarán, pero como al mecanismo natural le trae sin cuidado lo que pensemos, ahí sigue erre que erre, en constante evolución.

Solución al problema o el punto discordante: nosotros. Nosotros somos los que aportamos la insensatez. Nuestra realidad está llena de mierdas que nosotros mismos aportamos con nuestro albedrío, sea libre o tenga dueño. ¡Vaya gracia! La inexorable y pesada estela de Perogrullo descienda sobre nosotros. Podemos ir en paz. O en guerra. O viendo conspiraciones o vendiendo una burra muerta como un corcel árabe de linaje inmemorial. Toda esa es nuestra fuerza. La fuerza de la confusión, de poner el dedo hasta que haga llaga, si es que no la había. Y echar sapos por la boca y pirañas en la bañera de los otros, porque si una piraña les muerde nos hará tener aún más razón, seremos más felices e iremos todos al cielo. Reiremos  Menos los otros. Los otros son el enemigo. Un enemigo que buscamos para echar la culpa de situaciones que se nos escapan a la razón, por estar fuera de nuestro campo lógico. Ubiquen el suyo y pónganles cara. Seguro que no les resulta difícil.


Quien piense que con mis -engañosamente equidistantes- palabras considero a todos iguales, se equivoca. Tengo toda una amplia gama de matices en mi paleta de descalificaciones. Lástima que solo tenga los colores de un Spectrum para las alabanzas y las cosas bonitas. Y me sobran el Cyan y el Yellow, que lo sepan. 

Pero como dije antes la ficción tiene cierto sentido. Y a mí, en mi imaginación, me encanta que los planes salgan bien.

sábado, 11 de junio de 2011

GRAVA



(Oscar Wilde)


Descendía por el camino de gravilla con la bicicleta negra que me había dejado un lugareño. El chirriar de los muelles del sillín hacía que cualquier desnivel en la ruta, por minúsculo que fuera, pareciese el desplome de Jericó por las trompetas hebreas. Las ruedas, tenuemente desinfladas, proyectaban los chinitos, como catapultas, a las almenas de las plantas que crecían en la mitad del camín de carros, en la protuberancia central, donde la flora era abundante. Los cielos de Flandes se observaban en el horizonte, y en lontananza una gran piedra en medio de una era, superficie llana y circular. Destino de mis pasos. De mis pedaleos, mejor. Mi escepticismo crecía por momentos, como si al acercarme a mi objetivo clarificara y clasificara las ideas en mi mente. La fuerza de la razón, parecía, ordenaba las neuronas, puestas patas arriba por el anhelo de lo arcano, de lo que transciende a lo lógico. Lo preternatural salía por la ventana cuando lo evidente entraba por la puerta, como un caco o un amante pillados in fraganti.
En mi excedencia de la Universidad, que ya duraba dos años, había recorrido oscuras bibliotecas y tiendas de viejo, tumbas polvorientas sin ningún aliciente y hostales de mala muerte. Mucho hostal de mala muerte y peor vida. Había reunido los datos fragmentarios de un olvidado culto a un dios perdido. Todo me había indicado que iba por el buen camino para llegar al monolito de basalto del que todos murmuraban y todos evitaban. Yo ya lo veía, y se suponía que el último ser vivo que lo vio holló estas tierras hace décadas. Nadie, decían entendidos, gentes del pueblo, escritos nuevos y viejos, se atrevía a pasar ni siquiera a dos kilómetros de la piedra. La Piedra Negra que inspiró a Howard y a Lovecraft, a Dunsany o Blooch. Cthulhu y sus mitos literarios son solo reminiscencias modernas de lo que me venía a referir. Me acercaba más y más. Todo era bastante normal. Nadie había, como habían vaticinado los sabedores. Pero cuando llegue a la piedra, ya estaba tan desencantado que ni me fijé en sus glifos, ni en sus bajorrelieves supuestamente malditos, ni tan siquiera en su pulimentada cara superior, donde la leyenda cuenta que miles de personas habían sido sacrificadas al Dios del lago. Solo repesé mi espalda sobre el monolito, me puse un pañuelo a manera de máscara y reí. Esa grava que venía proyectando y tragando por el camino, blanquecina, pulverulenta, era tan alóctona en este entorno como yo mismo, que venía de otro continente, de los confines del mundo. Esa grava blanca, que tamizaba el camino, como un feo tapiz descolorido, como un mosaico monótono hecho añicos, no estaba allí por las fuerzas ocultas de una naturaleza desatada en profundidades insondables. Todo era prosaico, alegre, precioso en esa tarde de cielo de cuadro flamenco, donde el búho ya empezaba su vuelo. Esa gravilla que tenía en mis manos, triturada por máquinas enormes en canteras nada escondidas, estaba puesta por unos operarios de un Ministerio de Fomento cualquiera. Un tipo al que se le veía la raja del culo, mandado por un tipo de traje y corbata con casco, había osado pisar la llanura del Monolito de Ezotoh. No creo que maldiciones ni venganzas de sangre cayesen sobre esos peones camineros que habían dejado latas de cerveza como marcadores de su territorio, cosa esta de la que me di cuenta después. Me levante. Miré a mi alrededor. Nada extraño. Solo una piedra rara entre el paisaje kárstico, que vaya usted a saber cómo llegó hasta allí, pero bien pudo ser un bloque transportado, vestigio de una pasada era glaciar, interesante para el experto en hielos que se mueven, pero inútil, benditamente candido e inservible para el que buscara más allá de lo que había. Una piedra. Negra. En medio de una era antigua. En un país incierto que solo es exótico para los que no se fijan en que todos los sitios, de alguna manera, son iguales. Abrí mi mochila, bebí un sorbo de agua fresca de la fuente del pueblo y me volví andando, con la bicicleta a manera de mascota. Nada atormentaba mis sensaciones, no venían reverberaciones de lejanos eones para descolocarme. Pisaba en firme la grava, la fea y polvorienta grava, que permanecía ajena, por ser grava, ente inerte, a las disquisiciones de los hombres que se cansan de los caminos de la lógica. A medida que me acercaba al pueblo me fui olvidando de la Piedra Negra de Oyrkos, de la Piedra Maldita de Baal, de  la Puerta Negra de la Luna Roja, pues fue siendo ocupado su lugar en mis pensamientos el deseo simple, llano y prosaico de comerme un buen filete a la luz del hogar.

domingo, 5 de junio de 2011

35


Consciente de la propensión a la obviedad aviso que las perogrulladas serán profusas a  continuación. Y que conste que escribo esto antes de saber lo que voy a poner.

Ya tengo 35. 35 puede ser considerada la mitad de una vida en algunos países, y en el nuestro no hace tanto tiempo. Yo creo que no voy a vivir hasta los 70, así que el reloj de arena gotea ya sus partículas tamaño arena fina sobre mi morrillo de vaca vieja. La edad real es 35. La edad que se tiene no se puede determinar. Yo era viejo a los trece, pero sin la sabiduría de los años. La sabiduría de los años para mí no es una perogrullada de las que hablaba hace un instante. Los años no hacen más sabios a la gente. Solo en determinados casos. Hay viejos que son idiota y que siempre lo han sido. Por eso digo que ser viejo a los 13 viene a ser como ser un viejo imbécil, de esos que comentaba Buk en su poema a esa gente de vidas desperdiciadas. Hoy, con 35 años y 4 días de existencia me siento viejo. Gruñón, pesimista, achacoso; esperando la muerte. Las ilusiones perdidas ya no son siquiera cicatrices en mi mente, pues el proceso erosivo del olvido deseado han cauterizado las brechas, pero el veneno inoculado por antiguos aguijones áureos, de poemas de Machado, sigue fluyendo por mi sangre saturada de colesterol, ácido úrico y autoasco. No siento demasiado y lo que siento es negativo. El dolor que había ahora es rabia, descreimiento, proyectado a un subconjunto del espacio conocido tan grande que se diluye en ppm en un abrir y cerrar de ojos. Nada bueno saldrá de todo esto. 35 años de los que apenas puedo unir (sumar) dos de ellos de relativa felicidad en los últimos 20. ¿Merece la pena vivir así? Bueno, el Ortega decía que morirse era una mierda. Los que en nada creemos, y aún así hemos anhelado la llegada de la guadaña, somos desafortunados. Si en el reinado de los hombres el darwinismo siguiera su curso ya el medio habría acabado conmigo. Eones recorren como un escalofrío mi médula. Soy insignificante ¡somos insignificantes! Y nos damos tanto porte.
35 años. No todo fue malo. Buenos momentos que no han conseguido corroer el ácido.
35 años y después de mis aventuras y desventuras en la letrina llamada vida, me vuelvo gris, cuando fui blanco, por la rutina tediosa de la prisión de su chico trabajador. Me han robado la siesta la semana que cumplo 7 lustros, las 3 décadas y media. Robarme la siesta. Porque sé positivamente que no hay nada sobrenatural, si no creería que alguien en el infierno o en el paraíso, hace que purgue por mis blasfemias de saldo.
Algunas veces he cometido el pecado de tomarme las cosas como si importases, y por eso pido a Azatoth, Shub Niggurath y Yog Sototh que me perdonen la osadía, la repugnante tarea de tomarme a mí y  a los otros en serio.

35 años. ¡JA!
Seré imbécil.

domingo, 29 de mayo de 2011

Pensamientos Únicos



Darle a medias la razón, empeoró la situación…
Maronda (Filósofo de los mecanismos)

Lo de hoy va de pensamientos únicos. A priori, un pensamiento único suena a idea de un genio, a gran descubrimiento o a un chiste muy bueno. Pensamiento único, ¡ja! En realidad el pensamiento único es la tendencia mayoritaria de cualquier grupo gregario, o sea, que deja de ser único –aunque sea el mismo- e incluso muchas veces pensamiento, pues para tener pensamientos, incluso impuros, hay que pensar. Pensar en una cosa tediosa, se lo digo yo, que de eso sé bastante. Soy muy de pensar, tanto en cosas que podrían servir para algo, como en cosas artísticas, o lo que es lo mismo, en cosas que no sirven objetivamente para nada. Estoy perdiendo el hilo, retomo la situación del post. Me comeré media magdalena. 
2 minutos después.
Al final me la he comido entera. Esto va hoy de pensamientos únicos. Se habló bastante hace tiempo de este horrendo concepto aplicado al partido mayoritario más azulón de nuestro regulero espectro político. O sea, que iban a una como Fuente Ovejuna. No lo comprendía en su día y ahora tampoco. Millones de personas pensando lo mismo. ¡Qué horror! Es como ver llover fuego y alegrarse por los fabricantes de extintores, ideas de pato mareao. Ante este monolitismo de derechas surgió la otra corriente, la guay, la del talante. La sociedad española era una balsa de aceite donde cabía todo y a todos, por reducción al absurdo, nos parecía formidable. Bueno, a los que tenían el pensamiento único anteriormente mentado se le erizaban los engominados pelos del cogote. Han pasado los años. La gente se ha dado cuenta de que las cosas no son como las agujetas de las canción, no son de color de rosa –y hasta me viene bien el floripondio para mi símil-. Las cosas son negruzcas, grisáceas o blanco sucio, y entonces de ese caldo de cultivo, como en una placa de Petri, surge la indignación. Unos dicen que si es tarde, otros que más vale tarde que nunca y a otros el Twitter nunca les había dicho nada al respecto. Y entonces viene una revolución. Una revolución rara, donde no hay barricadas, sino tiendas de campaña y la gente se baja jotapegés con consignas de páginas web. No hay sangre. Bueno si, la de los que recibieron palos estilo Gandhi. Muy concienciados tienen que estar con el movimiento por la ausencia de cócteles molotov y demás parafernalia combativa urbana (recordemos la reconversión de minas y astilleros, que no eran revoluciones, eran gente luchando por su pan). César Vidal se equivocaba pues. Ni ETA ni Batasuna ni la madre que los trajo están detrás de todo esto. Eso se lo imaginaba él mientras hablaba con Dios, como su buen amigo Bush. Pero eso es mi mera opinión. Una opinión baladí. Cada cual haga lo que considere oportuno. Pero no me negaran los usuarios de Facebook y Twitter que las últimas semanas han sido la del pensamiento único, la de la repetición de las mismas consignas una y otra vez. Por mucha gente, por mogollón de gente que conoces de unas cosas y otras. Y no me gusta. Ya he dicho que pensar no sienta bien a todo el mundo. Pero ¿qué pasa cuando te dan los pensamientos mascados? ¿no es acaso lo mismo que lo que hacen los partidos políticos a través de sus repetitivos y paupérrimos argumentos?
Me he mostrado escéptico ante la Revolución Española (creía que esa ya había sido en los años de la República –y disuelta por ésta-) y me han llamado desde pesimista –lo soy-, adolescente –afortunadamente no lo soy- o que voy a la contra. No amigos, no. A lo mejor soy yo ahora el que se repite. Creo que digo la misma mierda que siempre he dicho. Ni más ni menos. No todos tenemos que pensar que acampar es guay o necesario. No tienen el monopolio de la indignación los que salen en patuleas a la calle. No.
Ellos están en su derecho. Yo en el mío. Mi pensamiento puede que me lo cuelen en el saco de los desencantados, pero mi desencanto es conocido, reconocido y certificado por notario. Lo soy por lugares comunes, no lo negaré. Odio el capital. Pero no veo que se asusten mucho desde sus atalayas de cemento y cristal por que unos acampen en la Puerta del Sol o donde ellos quieran. Botín reía entre dientes. El que estaba perdido está perdido hoy y las elecciones del 22 de Mayo la ganaron las derechas. Reconocer la perogrullada de la obviedad se convierte quizás en un pesimismo demasiado frontal para la revolución de camping. Estamos en las garras del capital y de los políticos, que no cambiaran una coma de sus leyes por los pataleos. En contrarrevolucionario decir eso, decir una verdad objetiva. Malditos sean el capitalismo, los empresarios y los banqueros, pero per secula seculorum seguirán en su nidos de buitres, jugando con nosotros, su carroña. El estás conmigo o está contra mí se lleva, y sujetos a los que parecía de mal gusto hablar de política ahora piden que votes, que si no ganan los malos. Los malos ganan siempre, porque como en los casinos gana la banca. Mucho eslogan y poca enjundia para unas reivindicaciones que se ajustan a los deseos de todos –los seres de buen corazón-, pero en el fondo amamos nuestro deseo, y no aquello que deseamos… que lo dijo Nietzsche, que no lo digo yo. Más la forma que el contenido. Más el No pasarán que el ¿qué pasa si no pasan? Lo que yo digo, pensamiento único. Utopías desde el sistema no desbarajustan el sistema, pues eso son los grados de libertad del mismo. Eso tampoco lo digo yo, es de las reglas de las fases de Gibbs… si, tengo deformación de conocimientos. Hablo ya en términos termodinámicos, lo cual me empieza a preocupar.

domingo, 15 de mayo de 2011

Disperso


Ando disperso. Lo de andar es un decir, porque ando bien poco. Poco, vaya. Casi nada. Pero el caso es la dispersión. Cuando uno está espeso puede ser por dispersión, aunque parezca una paradoja. Lo espeso es denso y lo disperso, pues yo que sé, es como el pedo de un notas en el aire de un atardecer de invierno, que se dispersa -siendo gas-, pero empalaga. El metano que es muy malo. A lo que lleva el espesor, la dispersión, la mente distraída, lo que vulgarmente se conoce “estar en Canarias”, es que no te concentras. La concetración no entendida desde un punto de vista químico  (eso de gramos de soluto y tal, que parece que hablen de drogas) sino mental. Pastoso mental. Empanamiento. Voluble de pensamientos. Porque además si se suma que soy mucho de pensar la combinación puede ser un despropósito.
Mi nueva condición de chico trabajador hace que mis pensamientos, antes distribuidos a lo largo del día se concentren (aún más) por las noches. Esa línea difusa, ese intervalo demoníaco, ese lapso muerto entre el reino vigil y el reino de los sueños es como un campo egipcio cuando subía el Nilo con todos sus limos fértiles. Fértil marea de pensamiento en dispersión. Mal asunto, buenos amigos. El sedimento decanta sobre disquisiciones más antiguas. Y con mis instrumentos desganados hago sondeos y dragados. Todo se revuelve y con poca resolución hacía una solución satisfactoria para ambas partes (yo y mi sueño) me dan las tantas. El pasado viene a verme para hablar con el presente sobre el futuro. Mal. Mi situación emotiva deplorable hace que sienta pinchazos estomacales y que los lagrimales trabajen algo por la pena, que no solo de la alergia vive el hombre. También cuando estoy de buenas hilvano cosas que podría hacer y que nunca hago, o rara vez. A esto se suma la cuestión de las horas contadas. Problema. Levantarse temprano. Levantarse temprano cuando uno ha sido (es) enfermo mental y ha pasado en cama depresiones equinas y ataques de ansiedad, es como el fuego y la estopa, que llega el demonio y sopla. Nada te invita a poner el pie en el suelo, pero bajo reloj y obligación resulta de todas todas poco estimulante. Y poco estimulado ya estoy yo de serie, para lidiar con esta vida perra que toca vivir porque el aire entra a los pulmones. Pero uno se lo echa a las espaldas, porque resiste empanado y pastoso los sopapos de los Hados. Aquí si que hay gramos y miligramos de por medio. Pero no siempre a tope, malpensados. Con receta médica y dosificación.
Desde octubre ando así. O me tambaleo, mejor. La gente dice que no estoy tan así.
Estar mejor que antes no significa estar bien. O eso creo.
Pero como dije antes, disperso. Y asina no se linkean bien las cosas.

sábado, 7 de mayo de 2011

La vuelta de Kafka

Toda revolución se evapora y deja atrás sólo el limo de una nueva burocracia.
Kafka ha vuelto.
Me despierto por las mañanas con el ritmo acelerado de un corazón recubierto de masa muerta, o casi. ¿El sueño es como morirse? No creo. Durmiendo soñamos, pero a efectos prácticos de yo y mi cuerpo a las 7:30 de la mañana mi peso –enorme como una masa de sebo- apenas reacciona, aunque por dentro esté tan nervioso que la vida pasa ante mí en milisegundos. No mi vida. La vida en general. Siento dentro de mis carnes que el enjuto judío de mis entretelas, que ni siquiera es uno de mis literatos predilectos viene a pedir su cacho. ¿Por qué? ¿Por qué siempre que hago este trabajo acude a mí en mitad de la noche poca antes de comenzar?

Empecemos desde el principio. Hace años, cuando desarrollé un trabajo similar de oficinista, escribí una serie de posts acerca de mis contactos y desavenencias con nuestro amigo checo Franz. No nos llevábamos bien. No me convertí en insecto, sino en burócrata. Mis genes no se hallan preparados para tal inconveniente. A lo mejor si no tuviera tanto sueño no sería tedioso. El sueño es mi enemigo, es mi amigo, mi aliado y mi verdugo. Hay gente que no comprenderá. Bueno, no todos estamos hechos de la misma pasta. Algunos somos débiles. Y no es una excusa para no hacer bien las cosas, porque creo que aunque sin convicción ni gran apego la desarrollo dignamente. Demasiado para mis ideales de despego al trabajo y al sacrificio, pero es eso, se queda en ideal, en mera conjetura teórica, y es que ya lo decía Kafka al principio, la revolución se evapora (incluso la interior, anarquista y burguesa) y solo queda el limo, el sedimento fino que da alergia, de un nuevo papeleo sin fin.

La gente me felicita por tener trabajo, cosa esta rara en los tiempos que discurren, pero ¿se han parado a pensar que es una condena de 8 y pico a 3? Ahora podéis insultarme los desesperados, los proletarios, los que miran el mundo desde un punto de vista de producción. El mal de los sindicatos es sin duda el rollo ese de que tenemos que trabajar, perpetuando así un sistema capitalista cruel, ciego, sordo y mudo al desarrollo personal. No pongo en duda que hay gente que se realiza por su trabajo, pero eso es como a todo aquel que le gusta la tecnología porque no tiene hobbies. Kafka ha vuelto. Es viernes noche. Continúa creciendo en mi interior, como un muñón vestigial de lo que ha vuelto. Pronto me hablara de tú a tú, tendré miedo. Pero exorcizaré ese temor a base de pensar lo mínimo y dormir la siesta, auténticas armas letales contra la alienación.
Si aún no ha entendido lo que digo es que a lo mejor, y solo a lo mejor, yerra usted leyendo esto. Si es así, ponga el telediario y vea como va la campaña electoral. Lo que digo puede que sea mentira, pero no hago daño a nadie.
Los que salen en la tele vomitando porquería, si.  

jueves, 21 de abril de 2011

Pe dos puntos


P: ¿Sabe portugués?
R: ¿Debería?
P: Hombre, nunca sobra algún idioma.

El caso es que mi curriculum ponía tan claro como permitía el tipo Helvética 12 que hablaba 4 idiomas. Me temí lo peor. Un inepto haciendo una entrevista de trabajo.

P: ¿Y como dice que se llama la carrera que estudió usted?
R: Se llama Estructuralismo Tridimensional.
P: ¡Ah! Interesante, siempre me ha interesado eso de las estructuras y las tres dimensiones. De hecho vivo en una cada, que es una estructura, aunque claro, las personas solo vivimos en dos dimensiones.
R: Buenooo, ehh…
P: Las tres dimensiones son cosa del cine, ¿no? Yo no soporto esas malditas gafas. Me las quito porque me mareo. Una vez me tuve que salir del cine y vomité en un centro comercial. Pasé una vergüenza…

En realidad obtuve esta repugnante confesión porque mentí. Me arriesgué y mentí. Quería saber si ese imbécil con cara de hojaldre era tan idiota como sospechaba. En realidad estudié Ambientales, como acreditaba el título fotocopiado que tenía el imbécil entre las manos, usándolo de abanico. Si lo llego a saber no hago la fotocopia en color.

P: ¿Tiene experiencia en nuestro sector?
R: Mucha, señor.
P: ¡Bien hecho! Nuestro sector es el que mueve el mundo ¿se entera? Ni la Internet esa ni leches. Nosotros tenemos el mundo en nuestras manos.
Y ¿a usted como le gusta el salchichón?
R: Pues verá, depende del día, pero como más me gusta es cortado gordo. Prefiero comerme 1 trozo grade a  3 ruedas normales.
P: Me congratula oír eso. Si he de serle total e incondicionalmente sincero, al verlo entrar con ese traje de mariquita y esos pelos largos sospeché que era uno de esos… de esos… ya sabe…¡vegetarianos! Me repugnan, me repugnan.
R: ¿Por quién me ha tomado usted? –pregunté pellizcándome la pierna para no soltar una carcajada-.
P: Perdón, perdón, culpa mía. He sido cruel ¿verdad? Claro, hijo, está muy feo lo que le he dicho. Espero me perdone.
R: No se preocupe. A lo mejor es culpa mía tener pinta de vegetariano. Estoy tan delgado.
P: Es verdad. Es muy delgado ¿acaso no le gusta la bollería industrial? Porque en ese caso…
R: Si que me gusta, pero prefiero los dulces de mi madre. ¡Qué tocinos de cielo!¡Qué pestiños! No sé donde lo meto.
P: Hay le tengo que dar la razón. Mi señora hace unas torrijas que dan gusto verlas. ¡Y comerlas, jajaja! Supongo que lo cagará usted todo, joven. Eso está bien.


Mi relax es tal que los esfínteres se relajan y me dan unas ganas horrendas de ir a hacer aguas mayores como sugería el calvo diminuto que calzaba su silla con guías telefónicas. El señor entrevistador, nervioso y flemático a la vez, suda más que yo, pero no para de hablar de las torrijas de su señora, de las patas de gallos de su señora, del genio de su señora y de su suegra, la madre de su señora.
P: Bueno, joven puede empezar el lunes con nosotros. Da usted el perfilado que estamos buscando. Pero le ruego, no es por mí, ¿sabe?, -yo soy muy tolerante- que se afeite y se corte el pelo como Dios manda. Conozco muy bien al jefe y le gustan los empleados aseados. Si quiere le recomiendo a mi barbero… es un tipo simpático.
R: Gracias. A las 7 y media estaré aquí como un reloj suizo.


El entrevistador me da la mano. Es lacia, blanca, sudorosa, como si en lugar de huesos tuviese cartílagos hervidos. El bigotillo le tiembla al despedirse.

P: Nos llevaremos bien, verá usted, joven.
R: Eso espero, señor.

Al lunes siguiente empezaba mi vida laboral en Charcuterías El Guarro Feliz :: Doncel e hijos S.L. Mi salario mínimo se compensaría viviendo la auténtica vida española de primera mano. Lejos de las academias.

domingo, 17 de abril de 2011

Primavera y cadáveres


Incomprensiblemente me he levantado temprano (es domingo, para quien lea esto dentro de unos días o meses). Al menos es incompresible para mí, pues a avanzadas horas andaba aún con tejemanejes virtuales. Oigo a los pájaros piar, como los oía en Granada al despuntar el sol por oriente. Miles de pájaros alborotaban cuando con sueño, nervios y nauseas, repasaba para algún maldito examen. Años de infarto que me hicieron tanta mella y tanto daño. Y ahora vuelvo a oírlos un domingo por la mañana temprano y recuerdo que ya es primavera y que la estación ha traído calor, agobio y muerte. Pienso en los pájaros. No todos son flores, que invaden como una plaga el campo atrayendo a los insectos. No, hay pequeñas víctimas en esto del resurgir del huraño invierno y de que la vida despierte. Otra vez zigzagueo por las calles, respetando los cadáveres de esos pequeños cuerpecillos de grandes ojos negros sin abrir. Diminutos alienígenas en las aceras. Ya no podrán volar. Tal vez alguno cayó por moverse demasiado, o porque el viento movió su nido; también puede ser que un hermano robusto y fuerte, aplicando sin ser consciente la crueldad darwiniana, quisiera todos los gusanos para él, que total, está destinado a ser un gorrión entre los gorriones. Me dan pena. Son feos, no han volado, no han vivido un verano lleno de gordos bichos voladores. Su paso ha sido fugaz en un planeta de ritmo lento. Infinitesimal, una brizna del espacio-tiempo. La primavera trae vida, y también muerte. Primavera que son veranos adelantados, porque las estaciones intermedias se han perdido. La búsqueda entretiempo perdido que diría uno que remede con sorna a Proust o el mismísimo Corte Inglés. Pronto, en mayo, los cadáveres serán de otro tipo. Pequeños gurriatos formados, ya no pollos, con sus alitas, que intentaron volar y no lo consiguieron, cayendo a plomo sobre la dureza del orbe. Las hormigas dan buena cuenta de esa carne, pues al contrario que muchos humanos, comer carne –hasta en Cuaresma- es lo que hay que hacer para seguir por este loco planeta lleno de humanos cascarrabias, de humanos que no son más que cadáveres, como los de esos pájaros, masacrados por otros humanos, y siguiendo más las enseñanzas del libre mercado que de Charles Darwin. Los humanos que pervierten la naturaleza, aportando algo tan humano como la maldad, a un planeta que durante casi toda su historia ha estado desprovista de ella.
Es primavera. Mueren los pájaros. Hay maldad en el mundo. Lo único anómalo es qué hago yo levantado tan temprano un domingo. Pero puedo respirar en paz al menos. Es primavera. Mueren los pájaros. Hay maldad en el mundo. Sigo siendo un egocéntrico.
La vida sigue su curso.

jueves, 7 de abril de 2011

Neuronal Exposure

No sé desde cuando no escribo nada en condiciones. Supongo que es porque cada vez se demuestra más mi incapacidad para estar en dos cosas a la vez. O sea, mi mente no tiene la formidable herramienta de la bilocalización como ciertos santos o personas puestas de ácido (El Zurdo dixit). Es por gran parte de mi público sabido que no puedo leer. Me aturuyo cuando leo más de dos páginas, y no soy de los que pueden leer un libro durante 3 meses.
La espesura neuronal no sé a que será debida. Bueno, en plan objetivo, estoy medicándome con cosas que atontarían a la mismísima Jodie Foster (perdón, ahora no se me vienen a la cabeza más nombres de superdotados famosa). Pero hay un transfondo, como siempre en la complicada vida del artista (símil funambulista). Los sueños y los pensamientos, como siempre. Ayer soñé que se acababa el mundo, y toda la humanidad era consciente de ello. Los supervivientes estábamos reunidos en una especie de hotel, rodeado de grandes explosiones y edificios derruidos. Sabíamos cuando iba a llegar nuestra hora. Cuando eso ocurrió el tiempo empezó a ralentizarse de una forma quasimágica. Al final vi morir a la gente y me desperté. Había muerto en el sueño, pero seguía vivo en la cama, con mis botellas, con la luz de las rendijas, con el ruido de la calle. Estaban conmigo gente que quisiera tener a mi lado en esos momentos. Pero pasaban de mí.
Hoy en la siesta otra extraña sensación me embargó mientras recorría las calles oníricas. Era consciente de que tenía una enfermedad terminal, sin embargo eso no me preocupaba. Si no haber sido rechazado de nuevo. ¿Tanto es el miedo que le tengo al rechazo? No sé. Me hacían daño. Me dolía el costado –cosa que siguió una vez despierto-, pero lo que realmente me sumía en un dolor insufrible era pasar de ser especial a ser uno más. Nunca fui demasiado especial. Solamente me he sentido así una vez. Y ya dejé de sentirlo porque dejé de serlo. Me pregunto si el sueño es reciclador de experiencias o post-its mentales para que uno no olvide su desdicha. No hablo más del tema porque no le incumben a nadie salvo a mí. Mis sueños son vidas no vividas, hiperbolizadas ad nauseam. Poco probables pero al final, reales. Me embargan sentimientos contradictorios. ¿Por qué una losa en mi memoria me ancla al pasado?
Si, lo sé, soy un egocéntrico. Creo que el maldito universo gira alrededor del ombligo siguiendo las leyes de Kepler. Pero no es así, lo sé. Pero sentirlo y saber que lo que sientes es mentira no ayuda. Bueno, al menos eres consciente de ser “poseído” por pensamientos no del todo ciertos, pero que trituran comos si fuese pulpa lo que podíamos llamar la normalidad del enfermo de la mente.

Los días estresantes, el exceso de cosas en las que pensar y hacer me impiden la higiene neuronal de la racionalización. El cerebro se libera y toma el control. Y el cerebro es mi enemigo. El sentimiento ingrávido, las mariposas en las tripas, la desidia y el ansia de anulación lo embargan todo. Estoy a millones de años luz de las cosas que se supone que tendría, y que he perdido. Y no puedo echar la culpa a nadie, sino a mi mismo. Eso es lo más duro. Que Morfeo te recuerde lo que intentas resetear es como un virus informático que se ha hecho fuerte en las neuronas y no lo quitas ni con agua caliente. Un troyano, o mejor, un mirmidón, sin talón de Aquiles ni nada parecido. Quizás hayan sido los Idus de Marzo o un Abril que marcea.

sábado, 2 de abril de 2011

Imprenta





Sentado en la silla
oliendo a gasolina
tinta fresca en los rodillos
música de otro tiempo
y el piar de los pájaros.

El taller está calmo
el tiempo no pasa
la paz es tan absoluta
así para siempre, me digo
pero no será así.

Aventuras enlatadas
papel polvoriento
la foto del abuelo
y su hijo que trabaja
libros a medio encuadernar.

Y tirando en la máquina
veo que la vida es simple
y la hacemos compleja
buscando los mecanismos
para que todo sea más simple.

El sutil brillar del sol
atravesando el cristal
dejando en el umbral
algo de su calor
abstemia primaveral.

viernes, 1 de abril de 2011

I Concurso de Microrrelatos del Blog de Mameluco :: GANADORES





Hola, señoras y señores.
Ya tenemos ganadores, pero con peros.

Tres han conseguido una victoria contundente. A saber:
17. Vitito Peleida (11 ptos.)
8. Ramón (10 ptos.)
4. Fran G. Lara (8 ptos.)

En el cuarto puesto hay un empate entre 29. Pablo Maronda y 37.Lía con 3 puntos.

Después hay unos cuantos relatos con dos puntos. Pero algunas de las votaciones en Facebook (3 ó 4 de las primeras) se han perdido y no sé por qué. Me estoy cagando en Mark Zuckerberg en estos momentos.
Yo afortunadamente las tenía apuntadas (esas votaciones perdidas)  y me da otro empate a 3 puntos a 20.Norah.
Las otras del limbo añaden algún punto a otros relatos sin ser decisivos.

O sea, que los ganadores son Vitito, Ramón, Fran, Pablo, Lía y Norah.
¡Laureemos a los héroes!

Mi elección de dos relatos son para
27. Elsa (Premio a la juventud)
32. Anónimo (por favor si lee esto que se manifieste –pero sin trampas-)

Sabéis que este premio es la publicación de los microrelatos en un microlibro, artesanalmente confeccionado en la imprenta tipográfica de mis mayores.
Ruego enviéis vuestra dirección postal a mamelukoblog@gmail.com

A continuación os ofrezco las fotos de alguno de los ganadores y de los que recibieron el  díptico de Haikus Mamelucos.


 
Ángel Serrano

 El Hombre Invisible y sus botijos

 La Gata Chundarata con Ona aún dentro


Entrega en mano a Diego Luis Urbano Mármol

Enrique desde Londres

Ster (no confundir con la Gata)

Miguel Servet


Pícara Polvoreta

 
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