Jack London y El pueblo del abismo
Como es mi costumbre, deambulaba por una librería en Córdoba hace unos meses sin saber muy bien lo que comprar. Había ido a por Moby Dick, y algo más tenía que caer a la buchaca.
Rebuscar entre libros es un hobby, pero también una presión indecible, pues a veces los quieres todos y eso no puede ser.
Me encontré con unos relatos de Howard, con un libro de ensayos de G.K. y con el libro que hoy les comento.
Si les digo la verdad, cuando me lo compré no sabía de que iba. El volumen se llamaba El pueblo del abismo y era de Jack London. Siguiendo relatándoles verdades del americano solo me había leído La llamada de la selva, hace muchos años, y no pondría la mano en el fuego porque no fuese una versión abreviada. Pero por influencias que tuvo en otros autores que he leído y porque Carlos Giménez ha adaptado varias de sus historias, entre ellas el celebrado álbum de Koolau, el leproso me lo compré. Imaginábame que el libro pasaría en los ominosos espacios blancos del Noroeste americano, por donde dicen que camina el Wendigo, y que sería una historia de mineros o tramperos, en contacto con algún pueblo desconocido.
No, no es nada de eso. London escribió este libro cuando se sumergió, haciéndose pasar por marinero yanki (lo que había sido años atrás) en la indigencia, en el East End de Londres. Periodismo de investigación puro y duro. Bastante más extremo que Callejeros o 21 días en ... Las siete semanas que estuvo entre los pobres más pobres, los desheredados, los forjadores de un imperio que ya no servían para la causa, dio lugar a una crónica, donde, por supuesto, el autor pasa mil kilos de ser objetivo, pero que tal vez por su ingenuidad al narrarlo y al exponerlo no tenemos porque poner en duda su palabra. Y pongo ingenuo no porque yo lo diga, sino porque en el prólogo lo leí (cristiano ingenuo y socialista ingenuo, a la vez que darwinista ingenuo) y no puede ser más acertado el adjetivo calificativo.
Desde la cercanía de una caterva embrutecida saca a relucir problemas que desde luego, y cayendo en el topicazo más manido, no ha perdido vigencia. Problemas sociales tan en boga en estos días de principios de milenio en nuestras tierras son expuestos en la sociedad victoriana (la que tanto me gusta a mí desde un punto de vista literario) de una forma cruda y directa. Recelo de los inmigrantes, falta de justicia para los que menos tienen, violencia de género, abusos de las empresas y un largo etcétera de problemas real than life. La monarquía no sale tampoco bien parada, ni la beneficencia, que cambia camastros infectos y comida podrida por trabajos duros y pesados. Ni que decir tiene que la obra tuvo un rechazo frontal en el Reino Unido, y fue un éxito en los USA. Curiosamente los regímenes totalitarios soviético y nazi lo difundieron como ejemplo del paroxismo al que había llegado la deshumanizada sociedad capitalista. Añadir que el capítulo donde transcribe una conversación de unos obreros, en los que uno defiende a los emigrantes polacos judíos, fueron extraviados en su versión alemana.
Pero es lo de siempre, la utilización de un testimonio sincero, certero, repito, ingenuo, para unos fines particulares. London era socialista no por un proceso intelectual, sino por las experiencias por él vividas y por su fuerte convicción de que las cosas tenían que cambiar (un ingenuo más ingenuo que el de Voltaire), y un creyente más preocupado por los cuerpos que por las almas.
En definitiva, parece ser que desde 1902 la humanidad sigue erre que erre. Y no ha cambiado demasiado. Quizás por eso Jack London se quitó de en medio en 1916. Curioso es observar como habla del suicidio en su libro y las consecuencias que tuvieron sus ideas al respecto años después.








































