sábado, 1 de noviembre de 2008

La caja de cerillas

A H.P. Lovecraft y a Robert Bloch, con todo mi cariño de lector.


Algo me hizo recordar que el musgo o el liquen siempre crecen con más intensidad en la parte norte de la corteza de un árbol o en la cara norteada por el azar y los elementos de una roca.

Yacía sobre un lecho de hierba fresca, llena de la invisible precipitación de la condensación de la atmósfera. Mis músculos no reaccionaban a los estímulos de mi cerebro. Sin duda me encontraba en algo mullido, mojado y que formaba una hondonada en un terreno suave, fragante. Mis manos tocaban algunas plantas espinosas y otras que no lo eran. Debí abrir los ojos al rato. Todo era muy oscuro, pero por el tacto deduje que algunas de las plantas eran tréboles. Contorneé con el dedo índice uno de los pámpanos mojados y si no me falla la memoria, debía ser uno de cuatro hojas. La oscuridad viró en penumbra grisácea y la luz de una luna escasa, en cuarto menguante, se filtraba por la espesura de la arboleda. La sensación de tiempo en esa posición era ambivalente. Por un lado hubiese querido estar allí para siempre, pero algo dentro de mí, hacía que un escalofrío, que no tenía nada que ver con el rocío que se filtraba por mi ropa, me indicara que me levantase y me fuese. Logré levantarme. Apoyándome en granito horadado antaño por manos expertas, me incorporé. Mis brazos habían hecho palanca con una cruz, cuyo Cristo clavado, hacía ya muchos años que había sido borrado por el viento y el salitre. No sabía como había llegado allí. Tampoco importaba demasiado. Deambule entre tumbas y panteones. Encontré en el bolsillo de mi chaqueta una caja de cerillas y en una de las tumbas, junto a unas flores marchitas, una vela de sebo de algún animal. Eso no era cera ni parafina, ni nada que hubiese visto antes. Miré algunos nombres de los nichos. Eran muertos muy antiguos. El cementerio parecía estar abandonado, pero una algunas tumbas estaban cuidadas. Otras simplemente habían sido o profanadas, o consumidas por el tiempo.

El norte. Volví a acordarme del norte. Miré con mi velón chisporroteante una gran estatua de un ángel con una cruz hacía donde estaban los líquenes. Un sendero serpeaba hacía un gran muro de ladrillos.

Clareaba el día cuando flanqueé una puerta de forjado hierro herrumbroso y chirriante. Una casa a lo lejos. Una gran casa de época georgiana me esperaba al final de un sendero de grava blanca. Avancé. Un perro salió a mi encuentro. Un enorme podenco. Ladraba, pero no con la furia del que asusta a un extraño, sino con la alegría del que acoge al amo. Me agaché y le hice algunas caricias. Mi complexión física había cambiado a lo largo del sendero, a lo largo de esa noche. La ropa me quedaba ancha. Me parecía incomoda y anómala. Llegué al porche, busque en la segunda maceta y encontré liada en un retal de papel timbrado la llave de hierro, negra, brillante. Abrí, subí a mi cuarto, me cambié y me senté en la chimenea. Cogí mi pipa de caña y la encendí con las extrañas cerillas que llevaba en el bolsillo. Lo hice así porque lo recordaba de la noche anterior. Nunca había visto semejante maravilla. La guardaré en mi baúl, con los libros del “Index Expurgatorius”. Es curioso, pensé. No me acuerdo de casi nada desde hace un par de semanas. No sé como llegué a Chapelle Hill. Lo último que recuerdo es que estaba muy enfermo.



Informe psiquiátrico de R.S. Marsh, por J.Block, M.D, psiquiatra. (13/07/43)
Varón. Edad indeterminada. Encontrado deambulando por las calles de Providence, RI. Dice venir del futuro, y aún así afirma tener más de 250 años. En el hotel en el que se hospedaba se ha encontrado un baúl del que no se quería separar y que hemos hecho traer a su habitación en este pabellón. Diagnóstico preliminar: Delirios, posible esquizofrenia. Alcoholismo.

Diario personal de John Block (27/11/43)
Robert se muestra afable conmigo. A no ser por las incongruencias que dice lo declararía perfectamente cuerdo. Sus conversaciones son muy interesantes. Parece conocer la historia de Nueva Inglaterra como si él hubiese formado parte de ella. También conoce muchas anécdotas de la Guerra Civil y las Guerras Indias. Y de la Gran Guerra. Parece que ser que estuvo en Europa. A lo mejor de ahí su psicosis.
Los días pasaban y el tranquilo Robert Samuel Marsh se iba apagando poco a poco. El doctor Block dio una serie de conferencias por Europa y cuando volvio, Marsh había muerto. Lo curioso del caso es que su cuerpo había parecido consumirse dentro del ataud de pino de 27 dólares. Los cuidadores del manicomio no le dieron importancia y lo enterraron en un cementerio próximo. Solo el ataud con las ropas. Nada orgánico quedaba de él.
Diario personal de John Block (12/01/44)

Cuando llegué al sanatorio me encuentro con la desagradable noticia de que Marsh había muerto. Solo quedaba su baúl. Su baúl y una carta dirigida a mí por si a él le ocurría algo.

Su carta, en un correcto inglés colonial venía a decirme que todo lo que me había contado a lo largo de nuestras conversaciones eran en realidad cosas vividas por él, por lo que efectivamente, lo que decía era verdad. Y que me daba permiso para abrir el baúl. Abrí ese baúl, que parecía haber salido de los primero padres fundadores y me encontré con una gran cantidad de dinero (que él me legaba), unos cuantos libros oscuros e innombrables incluso en este diario personal y una caja de cerillas liada en una especie de plástico. En ella había una nota.


“Doctor Block, supongo que usted vivirá lo suficiente para llegar al año 1946, año en que fueron impresas estas cerillas. Vaya al bar Barnie´s, en Boston, donde se repartieron las cerillas en la noche de Halloween de ese año. Allí verá a una persona que va ataviada como yo en la fotografía que hay en mi diario. Dele el libro negro encuadernado en cuero curtido con cierres de hierro, y recuérdele que no olvide las cerillas. ¿Hará eso por mí?

Su amigo,

Robert S. Marsh ”


Cuando busqué el diario vi a Robert vestido a la moda, aunque la fotografía parecía un daguerrotipo muy antiguo. Me dejó un total de 135000 dólares, todo en perfectas condiciones legales. Le debía ese favor. Fui a ese bar el día señalado. Busque entre la gente y encontré al tipo vestido de esa forma. Le entregué el libro. Le dije que quizá le faltara esto. Y sobre todo que no se olvidase de las cerillas. El tipo me dio la mano y me quiso invitar a beber. Su cara me era levemente familiar. Me presenté y el me dijo su nombre. De pronto empecé a atar cabos.

No pude soportarlo. Lo dejé con la palabra en la boca y la copa servida en la barra.

Huí del lugar.

Esta noche, la noche de brujas, la noche de los muertos, que vuelven de sus tumbas, mi amigo y paciente Robert Samuel Marsh resucitaría casi inmortal en un viejo cementerio de la Vieja Nueva Inglaterra por un oscuro sortilegio del innombrable libro del árabe loco Abdul Alhazred . Y otro Marsh, el de ese bar, ¡lo sustituiría!




Yo puedo combinar la tradición literaria con la noche de Halloween, pues mis fuentes son casi todas anglosajonas en esto del terror, aunque hay por ahí un cuento de Wenceslao Fernández Flores, que te pone la piel de gallina. Está editado en Alianza en el volumen Antología de cuentos de terror, 3. De Arthur Machen a H.P. Lovecraft, seleccionado por Rafael Llopis. Da verdadero yuyu. Pero sin Allan Poe, sin Lovecraft, sin Machen o sin Bloch, yo no comprendería esto del terror, género en el que empecé a introducirme de lleno bastante tarde, pero a los que he dedicado gran parte de mi tiempo como lector los últimos años.
Lo que me parece más raro es que haya escuchado niños por la calle a media tarde diciendo "truco o trato". Supongo que serán cosas de la globalización.
Pero a mi me da igual. Supongo que es porque yo crecí viendo E.T. y esas maravillosas películas.

7 comentarios:

Clares dijo...

Gracias por tu cuento de noche de difuntos. Me ha recordado a Wilkie Collins, con esa mezcla de técnicas, y en general, está en la línea de la literatura gótica anglosajona. Una buena construcción.
Y gracias también por la recomendación del cuento de Fernández Florez. A cambio, te recomiendo que busques dos cuentos españoles interesantes: uno, de Pedro Antonio de Alarcón, "La mujer alta", y otro escrito en español, no español propiamente, "La larva" de Rubén Darío, el cual es además una verdadera curiosidad literaria. Busca en www.ciudadseva.org, en la biblioteca digital de López Nieves, que allí lo tienes, ya verás qué página de lujo en cuentos.
Un abrazo.

Oshimatoti dijo...

Impresionado.
Subscribo lo que dice mi predecesora en estas lineas: Un argumento bien trazado y mejor resuelto con regustillo a las mejores plumas anglosajonas ...
Saludos

Mameluco dijo...

Querida Clares, ante todo muchas gracias por sus palabras, inmerecidas. He escrito el cuento deprisa y corriendo en la noche concreta de Todos los Santos, para llegar a tiempo.
Conozco la página que me dices y el cuento de Darío. El de Pedro Antonio no me suena, aunque debo tenerlo en papel por algún sitio de mi casa, y puede que hasta lo haya leído en mi mocedad, y que ahora no lo asocie, solo me acuerdo de "El clavo"...

Oshitomori, le digo lo mismo. Mis cuentos de terror están poderosamente influenciados, por lo que no los podemos llamar originales, pero me divierte escribirlos, y que ustedes los lean. Son homenajes a los que tanto me han hecho disfrutar a mí.

Clares dijo...

Ese cuento de Alarcón es quizás lo mejor que escribió en toda su vida, está en muchas antologías, pero curiosamente lo conoce poca gente. Alberto Manguel en su antología, creo recordar que se llama "Aguas negras", de la literatura fantástica en español, lo incluye, poniendo estas palabras más o menos que te he dicho yo, lo mejor que este mediano escritor escribió nunca, y añado yo y Manguel creo que lo apunta también, uno de los mejores cuentos de misterio, terror o miedo, de toda la literatura española. Y es así porque no hay nada extraordinario en él, sino el terror de lo cotidiano, lo que puede ser normal, pero no lo es, la inguietud de lo apriencial. Una joya. Pero no te lo alabo más, porque a lo mejor va y no te gusta tanto.

anachevere dijo...

El cuento me ha gustado :-). Bien usado el detalle de las cerillas.

Qué sorpresa que hables de Fernández Flórez. Yo creía que nadie se acordaba de él...

De Fernández Flórez me encantaba un cuento en el que

[atención, SPOILER total]

un tipo decide suicidarse, pero no inmediatamente, sino al cabo de unos días, para no perderse una corrida de su torero favorito.
El hecho de que todo le importe un carajo, salvo la corrida, le convierte en un hombre poderoso, alguien que no está sujeto a las mismas normas que los demás. Paradójicamente, consigue todo lo que siempre había deseado y vuelve a encontrarle aliciente a la vida.

Mameluco dijo...

Me alegra que le guste. Lo escribí en tiempo récord en la noche de Halloween.

A Fernández Flores se le ha olvidado, si, injustamente. Escribía muy bien y tenía un humor gallego hiperdesarrollado.

Sobre el cuento que habla hay una versión cinematográfica protagonizada por Tony Leblanc que se llama "El hombre que se quiso matar" (hago búsqueda en google y resulta que es un remake de una más antigua, pero ambas dirigidas por el mismo director, Rafael Gil)
Bueno, yo, por el argumento, me he acordado de la de Tony Leblanc.

Gracias a Wenceslao Fernández Flores para mi FRAGA es una palabra bonita, y no un político viejo con pasado franquista.

anachevere dijo...

La fraga de Cecebre... :-)

 
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