lunes, 2 de junio de 2008


Cuando la calesa se paré delante de la puerta la niebla cubría el crepúsculo que caía sobre la ciudad. Entramos al club Diógenes a eso de la cinco y media y nos condujeron a una estancia del piso superior. Pasamos por el gran salón, donde los gentlemen leían el periódico, fumaban cigarros habanos y dormitaban al arrullo de las lámparas de gas. Nadie hablaba con nadie.

Nos esperaban dos funcionarios del Ministerio de la Verdad y el presidente del club. Como no íbamos vestidos para la ocasión se nos proporcionó corbatas de lazo y chaquetas con lustre. Se nos sirvió whisky de malta, que yo rechacé, ante la sorpresa a de loa allí congregados. Cuchichearon algo al oído, aunque oí perfectamente la frase: “este hombre no puede ser normal”. Mi compañero si acepto la oferta. En la habitación olía a barniz y a papel viejo, a madera seca y a cerrado. El juez que nos juzgó creyó oportuna mi petición de hacer esto de esta manera más cabal, más audaz, menos baja, quizás.

En el juicio celebrado en esa misma mañana se nos acusaba de agitación de las masas. Negamos tal crimen, si es que así pudiera llamerse. Admitimos alguna culpa en el caso de agitación de conciencias personales, pero jamás de las masas. Las masas –expliqué- no me inteseran lo más mínimo, señoría. Los individuos sí. Agitar una conciencia es una cosa por la que vale la pena intentar mover ficha. El juez circunspecto miró su libro de leyes y decía que no venía tal delito. El vacío legal debía resolverse de alguna forma. Mi compañero rebatió argumentando que si existía el vacío no tenía porque reternernos y que debíamos ser libres. Eso no gustó a los presentes. La gente quería sangre. Quería nuestras cabezas en la picota de los periódicos de la tarde, junto a los asesinos de prostitutas y los lobos que acaban con los rebaños en los páramos.

Receso para comer, dijo el juez, y se vació la sala. Cuando estuvimos solos propuse a todos jugarnos nuestra suerte al 21 en un sitio discreto.

El fiscal no lo veía conveniente.

Nuestro abogado me daba codazos.

Y nosotros nos mirábamos, sonrientes. De alguna forma, tendremos que salir de esta.

Cuando comenzó la partida a una sola mano yo tenía un as. Mi socio tenía una dama. No sabía lo que tenían los demás. Pedimos otra vez. A mi me toco un 2. A mi socio le toco un as. 21. Él al menos estaba salvado…

Bebió un gran trago de whisky y el juez que era el que repartía dijo: pongan sus cartas sobre la mesa.

Jugábamos 3, aparte de mi socio. El primer funcionario tenía en total 4. El otro 5 y yo 3. Salían 11.

Bien, dijo el juez. Se va a tirar usted 11 años en la cárcel por agitador de mentes individuales. Su amigo es libre, pero lo seguiremos de cerca.

Y como todo depende de cómo se porte en la prisión le condeno a 11 años y un día en la prisión más apartada de país.

Esta fue la última vez que vi a Raymond.

Me envió su libro a prisión, que escribió en Freedonia llamado “Anarquismo Burqués y Socioapatía: teoría unificada del todo individual”. No se puede aplicar la típica frase de que el discípulo supera al maestro porque R. fue más maestro que alumno, siempre fue más listo que los viejos que los rodeaban.

Yo, Michael Aston McMelucought, emigré, después de 11 años y un día a las lejanas ínsulas del Pacífico Sur, donde mis teorías políticas no hacían ninguna falta para ser feliz. Porque al fin de al cabo no se puede luchar contra las moscas a cañonazos ni se puede batallar con tirachinas contra dinosaurios.

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Dedicado a Ramón en su vigésimo primer cumpleaños. Nos llevamos 11 años y un día. Pero no es una condena, es el azar. Siento no ofrecerte algo de mayor calidad, querido amigo, pero mis neuronas no me hacen demasiado caso últimamente . Es un poco triste decirlo, pero la intención es lo que cuenta...

4 comentarios:

socioapatia dijo...

Después de enterrar a Mameluko en la Isla del Pacífico Sur donde están los restos de Gauguin, la vida de Ramón nunca volvió a ser igual.

Un fantasma corpulento y con aspecto de hombre del renacimiento se dedicó a visitarle el resto de sus días.

Le expulsaron del Club Diógenes por comparar Ronda con Vietnam y los autóctonos con Charlies. Aseguró a conocidos y extraños estar preparando unas oposiciones, estar enamorado de Traci Lords (una actriz porno anterior al Cataclismo del Cambio de Logo de Google) y estar permanente deprimido. En cambio, dejó los porros, el whisky y las mujeres para concentrarse en mandar al mundo el mensaje para el que se creía predistinado "Buena vida para tutilimundi" desde una extraña azotea de un pueblo perdido.

Le expulsaron del Blog galáctico, por incordiar a comentaristas necios, se convirtió en polígrafo en Internet y cambió su caligrafía por la de Leonardo Da Vinci.

Los 11 años y un día nos separan, sí. Pero sólo porque me gustaría llegar a molar tanto como tú ;) Te quieres una mierda, pero para el resto eso es morralla de la tuya. Como la de que estás deprimido.

Felicitardes Mame, y muchas gracias por el relato.

Abrazos heterosexuales

Vane dijo...

Felicidades a él!

David dijo...

estimado señor don socioápata, dos puntos
yo, ser de letras, vivo enamorado de los números. me parecen la explicación a tantas cosas, ya se sabe la paz está en las matemáticas
21 es 7, pero también son 3. o viceversa. hay algo más bonito que un siete? un tres, tal vez?
21, 21, 21...
estúdiese el tema 21, que le va a caer...

raskolnikoff dijo...

coño, felicidades socio. Le felicito aquí porque su blog lo pisa poco últimamente.

Yo le hacía más talludo, llegando a la treintena. En todo caso cuidese y que Marx le bendiga ...

 
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