jueves, 4 de octubre de 2007


Hace algunos días, quizás sean ya semanas, se me mezclan las fechas. Bueno, hace ya algún tiempo pensé en renacer. Si. Renacer. Había pasado unas fiebres. Creo que me picó un bicho. El caso es que tras estar en cama, con dolores y sueños raros, a las 36 horas me dormí, y soñé, y desperté como no me sentía hacía mucho tiempo. Mis articulaciones no dolían. Estaban engrasadas. La pierna no me ardía y una extraña sensación de bienestar fluía de mi interior. Una luz blanca de final de verano inundaba todo. Los árboles se mecían y sus hojas temblaban con los vientos del oeste (licencia literaria que me tomo, no sé de donde vienen los vientos en mi casa del campo) Esto debe ser el renacimiento, pensé. A lo mejor las cosas si mejoran, me sugerí a mi mismo, con más fantasía que convencimiento. Luego ese día pasó, y luego otro; para continuar otro día, otra semana, para demostrar que el tal renacimiento fue cosa puntual, una anécdota en el calendario, una rara avis en los días del acontecimiento anodino de mi existencia. Bueno, la verdad es que el verano al menos fue un renacimiento a la lectura, con algo de escritura y de reconciliación momentánea con mi mente. Le debía desde hace tiempo la paz y el sosiego, factura por pagar el peaje del estudio. Puse al día mi saldo negativo con los libros. Pero claro, todo lo bueno se acaba. Como un axioma condenatorio, como la sentencia de un viejo juez artrítico, todo lo bueno acaba. Y quizás lo bueno sea bueno por eso mismo, por su caducidad.

Escribí el párrafo anterior hace una semana, en Córdoba, cuando regresaba del psiquiatra. Mi pelo estaba puntiagudo por el líquido que me hecho para hacerme un electroencefalograma. Nunca me habían hecho tal cosa. Era raro. Me salió normal. La consulta del médico era como las que veía de pequeño, cuando ir a Córdoba era un acontecimiento especial. Forrada de madera, con muchos libros y con aspecto nobiliario venido a menos. Escribía las palabras en la cafetería Roldán y observaba a la gente. Me gusta ir solo a las cafeterías. Si vas con alguien no observas. La cuestión es que el médico no me diagnosticó, sino que escucho mi diagnostico, oído ya mil veces. El renaciendo verdadero era el de mis problemas mentales. Ese enfrentarse a la vida que me tiene loco. Esa ineptitud que hace que me ahogue en un salivazo. Renacimiento. Mi mente es como un cangrejo en una playa y anda hacía atrás, hacía la edad de las tinieblas. Reaccionario, le digo, como le diría Mafalda al cangrejito del cono sur.

Dibujo: Fetus de Leonardo da Vinci

2 comentarios:

Mameluco dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
El hombre invisible dijo...

Feliz regreso.
Hoy he visto su renacimiento y me alegro.
Que no decaiga, ¡ánimo!

 
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