martes, 10 de julio de 2007


Ricardo le seguía la corriente a la taza vaya que le hiciese algo. Si alguien es capaz de hacer que una taza hablara tenía que ser muy poderoso. Ricardo jamás había pensado ni un instante en sus creencias religiosas. Estaba bautizado, hizo la primera comunión vestido de guardia civil, pero a eso de la confirmación ya no se apuntó por que no le hacían gracia las monjas y las tías que daban catequesis les parecían muy pavas. Siempre con la guitarrita y tal y cual. Feas, con gafas. Y desde ahí nunca se había preocupado por esas cosas. Creía en los fantasmas, en las psicofonías, en las cosas de la parapsicología en general que escuchaba en la radio por las noches, cuando vigilaba la obra donde trabajaba de guardia jurado. Ahora estaba en el paro, por que unos gitanos habían extorsionado a la empresa para que fueran ellos los vigilantes, pero iba de vez en cuando a echar una vistazo por allí, con su compañero Francisco Carretero, Frasquito, al que una noche los gitanos azuzaron un doverman hambriento. Y así se cargaron al pobre Frasquito.

- Tú has de castigar a las personas malas y sus templos. Sus imágenes y sus cepillos. No han de quedar cuando venga yo en cuerpo material para la salvación de los hombres. Han de ser purificados con el fuego salvador y con la palabra. Sal ahí fuera y predica mi enseñanza. Destruid todo lo impuro, todo lo idólatra. Iglesias, personas, monjas, banqueros, todo, destruye todo, todo… todo… todo…

- Se hará según tu palabra. Ricardo no sabe muy bien por que dijo eso, lo había escuchado en un Belén viviente un día y se acordó y le pareció propicio para el trascendental momento.

La voz del mundo espiritual aún retumbaba en los oídos de Ricardo cuando llegó la hora de comer, momento este que aprovecha para bajar al bar a comer para después dirigirse al bingo a echar un café con los jubilados que se jugaban la pensión en las tragaperras.

Allí relató lo que le había ocurrido por la mañana. Jacinto, un viejo mal vestido y achacoso, consumido por lo bebido se levantó y dijo:

- Queridos amigos, Ricardito ha tenido una revelación divina. Yo, en mis tiempos, estudié en el seminario y allí aprendí a reconocer estas cosas. Es una señal.

- Pero ¿qué hacemos? Yo la verdad es que no se muy bien lo que tengo que hacer.

- Ya te lo dijo Jesús, destruirlo todo.

- Pero ¿cómo lo hacemos? -repitió nervioso Ricardo-.

En un momento se corrió la voz por el salón de juegos y todos se arremolinaban alrededor de la mesa del nuevo profeta. Ancianos acabados, mujeres de mala vida, policías retirados, chinos y taxistas oían embelesados el relato de lo ocurrido que Jacinto repetía una y otra vez. De repente uno dijo que su hijo trabajaba en un taller de fuegos artificiales.

- Allí hay pólvora y mechas. Será muy fácil robarlas. Lo vigilan unos gitanos que no van nunca por allí.

- Y ¿después que?

Jacinto pensó unos momentos. Unos y otros daban su opinión, que si había que cortarle los genitales a Don Damián, el párroco del barrio, que si a las monjas del Divino Corazón les quemarían el convento.

- Todo eso son mariconadas -dijo Jacinto con voz grave-. La catedral y el banco del Opus que hay en el centro. Ahí les duele a esos cabrones.

Ricardito nunca tuvo tal poder de convicción. Estaba asombrado de si mismo, lo cual le dio energía para actuar como jefe organizador.

- Bueno, tú, Pacheco, encárgate de enterarte a que hora cierran la fábrica de los fuegos artificiales. Yo y Jacinto iremos al banco ese para ver como podemos volarlo por los aires, y de paso quedarnos con los dineros.

- Pero, Ricardito -dijo Jacinto- ¿ves ético aprovecharse de una misión divina?

- Y por qué no. Lo han amasado gracias a chupar la sangre a gente normal, que curra todos los días para ganarse el pan y llegan estos desgraciaos a quedarse con todo lo nuestro. Una mierda para ellos, Jacinto. Cumpliremos la tarea que me ha encargado Jesús y después os invito a todos en casa de Paco, a gambas, a jamón del bueno, a buenos caldos de la tierra. Eso, que nos daremos un gran homenaje.

Al público congregado en el Bingo La Herradura de la Fortuna les pareció bien y aplaudió las palabras de Ricardo. Jacinto asintió pensando que esa era la justicia social por la que luchó en sus años mozos. Los ricos tirándose de los pelos entre las brasas y los pobres hartándose de marisco fumando Cohíbas. Más que justicia social era venganza. Venganza Divina.

1 comentario:

El hombre invisible dijo...

Cualquier parecido del elemento de la foto con el hombre invisible es una real coincidencia. Leo "La taza" con interés. Espero que continúe y lo envíe a algún concurso, que ya es hora de ganar algo por esto de darle a la tecla. Además le leo porque quiero que me admitan en el club de la Venganza Divina. No puedo imaginar mejor club de alterne para tipos como vuesa merced y este que le escribe. Que Zeus guarde a usted muchos años.

 
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