jueves, 18 de noviembre de 2010

Los ojos del diablo


Veo los ojos del diablo a través de una rendija de la puerta.

¿Me estoy volviendo loco? No. Veo la luz naranja del termo y su reflejo, que parecen ojos ígneos de demonio, pues la realidad, como siempre suele pasar, es más prosaica que cualquier espíritu fatuo o que un Mefistófenes andando por la campiña cordobesa, donde a estas horas hace más frío que pelando rábanos.

Si, amigos, la vida no es tan especial como a veces nos creemos. A mí en realidad me gusta la realidad. Nada es tan trepidante como en una película de Bruce Willis, gracias al cielo. La vuelta a la rutina, de hablar de estufas y gélidos aires, de mirar al levantarte por las cortinas venecianas si llueve o es que es la siesta y no te acuerdas (crees que es madrugada cerrada), cosa que me suele ocurrir con bastante frecuencia. Después oyes coches, bullicio, sonido de obra parada; tardenoche en mi calle. En vez de rico pan con aceite toca cenar. Ya casi no ceno, depende del día. Eso es extraño en mí, pero el cocktail de medicamentos que ingiero es tan heterogéneo que si les relatara los efectos secundarios estaría aquí hasta mañana por la mañana. Y tengo que dormir, lo siento.

Antenoche soñé que empezaba una carrera nueva, Química. Eso es altamente improbable, pero la cuestión es que en el mundo onírico aún no había acabado mi Geología de mis entretelas y como un político cambia de siglas yo cambiaba de carrera y de facultad. Mi nueva academia del saber estaba derruida. Había un campus, y dormíamos allí. Yo me sentía viejo entre los jóvenes, y dormía en un jergón al lado de una ventana que daba a la típica calle lateral, llena de maleza, charcos y mierdas de perro. Poco a poco la hierba y una especie de enredadera espinosa, iban tomando la ventana y los alrededores de mi colchón en el suelo. Mis compañeras de habitación, sin embargo, tenían camas normales y yo durmiendo como un perro. Iba a secretaríam que curiosamente estaba al lado de la habitación y cogía las asignaturas en un papel. Después iba a la facultad. Siempre que sueño con facultades son enormes edificios en medio de la nada, que cuando entras están llenas de escaleras, pasillos y pasadizos. Si, como lo leen, pasadizos. En mis sueños las facultades tienen pasadizos y las clases son pequeñas, y tienen la pinta del laboratorio de Paleontología de la Facultad de Ciencias de Granada. Viejas y sucias clases con pilas de porcelana y grifos de fregadero.

Despierto. Estoy en casa. Vuelvo a dormirme.

Estoy en el jergón. Alguien ha puesto palos en donde estaban mis cosas. Palos carcomidos, llenos de hormigas. Son como postes pero aún quedan reminiscencias de nudosos cortes de rama. No me quejo. Mi vida siempre ha estado abocada a un síndrome de Diógenes, incluso en sueños. Las muchachas son jóvenes y van y vienen alegres. Parece que ellas ven todo diferente, pues conversan charlan y estudian en sus mesas. Yo no puedo estudiar. No hemos empezado casi, y en vez de pupitre tengo leños apilados en un rincón, una vista que me gusta, hierbas y hormigas.

Me despierto de nuevo. No sé que hora es. Dormir, dormir es lo que quiero.

Salgo a dar una vuelta y me encuentro con compañeros míos del instituto. Curiosamente hay 3 que hoy son químicos. Chan va vestido con un traje de motero y me abraza. Siento la dureza de las protecciones del mono. Nicanor va vestido de ciclista. Pérez, José Juan y Carretero no lo recuerdo. Solo sé que salía a dar una vuelta y ahora estoy en un bar vacío que hace esquina con mis amigos. Da a una plaza que tiene una fuente de varios chorros y está coronado por un caballo rampante de arenisca erosionada. No recuerdo de lo que hablamos.

Me vuelvo a despertar y despierto me quedé. Era por la mañana.

Ahora que la niebla de fuera difumina la luz que entra. El frío se filtra fluido por las rendijas. Mi cama me espera. No es un jergón lleno de maleza y arañas. Es mi cama, la vieja cama que gruñe cuando aguanta mi peso dormido sobre ella. Allí donde vivo como soñador y como insomne vigía del mundo vigil y nocturno de la oscuridad, tan solo rota por luces que parecen ojos ígneos de demonio. Esta vez son los triples con interruptor detrás de la cortina. Siempre me observan. Hay poco que ver. Es la vida.

Y no es tan especial.

8 comentarios:

Ster dijo...

me ha gustado mucho! lo de los ojos es tal cual... a mi me dan un reflejo en una reliquia de mi padre que tengo en un escritorio antiguo delante de mi cama.. y a veces pienso que es mi padre y a veces pienso que es el demonio, o otras cosas.. en función de como tenga el dia

aunque a veces, me despierto con la sensación de que alguien me observa, unos ojos profundos, quietos.. y sí, es verdad, mi gata Tortuga está ahí velando (o robando) mis sueños

que bonitos son los gatos y los reflejos de la noche

Mameluco dijo...

Ster, creía que era la Gata, en vez de Tortuga... y me preguntaba qué hace la hermana de esta mujer espiándola a deshoras, jejeje.
A mi nunca me podría pasar eso, ya sabe que soy alérgico.

Lo de ver según el día que tengas es una gran verdad. Yo hay días que parezca que tenga dos parches en los ojos.

Diego Luis Urbano Mármol dijo...

Esa cualidad de despertar y volver al mismo sueño es bueno cuando el sueño es dú.

Mameluco dijo...

Hombre, Diego Luis, antes había sueños que hasta los apuntaba y seguía soñando.
No era dú precisamente mi vuelta a la facultad. Pero uno sueña lo que sueña.

Clares dijo...

Como siempre, Mameluco, cuando hablas de lo tuyo sale algo muy interesante, muy expresivo y valiente. Creas imágenes, impresiones. Me ha gustado mucho. Qué cosa tan misteriosa los sueños que tenemos. Cuando menos, son curiosos; no te digo lo que pueden llegar a ser cuando más. Besicos.

Mameluco dijo...

Gracias como siempre Fuensanta por tu apoyo constante. Cuando escribo lo que siento soy mejor, si. Yo me esfuerzo en la ficción, pero no me sale tan fluida la cosa. Aunque lo que cuente sea ficcionado es verdad. Lo he sentido. También siento mis personajes, pero al ser solo partes de mí no quedan tan completos. Tengo que mejorar mucho para cumplir con mis expectativas para conmigo mismo.
Si me exijo demasiado, moriré en el intento, jejejeje.

Anónimo dijo...

Le aconsejo que se case. Si lo hace, será un hombre feliz. Si no lo hace, será un filósofo. (Socrates);)

Mameluco dijo...

Pues Sócrates era casado, señor Anónimo/a y era filósofo. Yo ya no creo demasiado en la filosofía. No arregla demasiados problemas.

Además yo soy de la escuela de Diógenes.

 
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