martes, 2 de noviembre de 2010

Las dos casas. Capítulo VIII. Fiebre de oro.

Las dos casas. Capítulo VIII. Fiebre de oro.

Hubo una vez un carpintero que harto de solo comer serrín mañana, tarde y noche, pidió dinero prestado a un amigo y se embarcó hacía las Indias Occidentales. Primero recaló en Cuba, haciendo de lo mismo que sabía hasta el momento, tallar madera y hacer mesillas de noche. Si vino harto de serrín, pronto se hartó de la viruta, y pensó que ese no era su sitio. Una noche clara, con las estrellas tan brillantes que se podía leer solo con su luz, y con un ambiente que bien recordaba a las historias de piratas, se embarcó en la goleta “El que espera” procedente de Innsmouth, Nueva Inglaterra, pues su vista se posaba en el río legendario del Amazonas, donde vivían tribus desconocidas para el hombre blanco. El barco zarpó camino del lejano sur helado desde un puerto de Pernambuco dejando a Nicasio y a otros aventureros en tierra brasileira. Con lo poco que había ahorrado en el Caimán Verde se dirigió a Minas Gerais, pues le habían dicho sus compañeros de viaje que allí habría trabajo y oportunidades para tipos listos. Nicasio que no se tenía por torpe ni por vago llego a Ouro Preto al atardecer de un otoño austral, cuando las estrellas empiezan a aparecer y los últimos resquicios de sol se apagan en lontananza. Iba a por el Santo Grial de las piedras preciosas, como todos, iba por el Topacio Imperial, que solo se encontraba allí. Había visto una en Barranquilla. Era una piedra alargada, de color del oro y con irisaciones resplandecientes, hipnotizantes. Se unió a Nuno Valdés, portugués que conoció en el viaje y con la ayuda de un nativo llamado Saulo, formaron la Compañía Minera “Cantamoira”, que al cabo de unos meses ya estaba siendo rentable, gracias a que el pequeño mestizo Saulo era como un detector de piedras preciosas, y sobre todo de topacios. Las piedras me llaman, señor, decía cuando se le preguntaba como podía hacerlo. De una u otra forma Nuno y Nicasio estaban felices. Ambos eran de temperamentos parecidos, y si bien a Nuno le gustaban las garotas más de la cuenta, eso no influyó en la marcha de la pequeña explotación que ya contaba con 20 hombres, con Saulo como capataz. Pasaron los años y ya no vivían en chozas al lado de la mina. Cada uno se había fabricado una enorme casa con mármoles blancos como el talco. Ambas idénticas, pero separadas en el espacio bastante distancia. Llevaban vidas ya muy separadas, pues la cosa prosperó y cada uno hizo lo que le vino en gana. Nicasio se concentró en el estudio, en el coleccionismo de plantas e insectos. Saulo había pasado de ser poco menos que un esclavo (visto el sueldo que le pagaban), a ser un hombre también rico, que vivía en casa de su ya amigo Nicasio, con toda su familia. Nuno se casó con un señorita de mala nota porque el amor es así, y nadie le puso impedimentos. Nicasio fue su padrino de bodas y el de sus tres hijos. Aunque ninguno de los dos estaba bien visto en la comunidad, uno casado con una meretriz y otro compartiendo techo con negros, Nuno se aventuró en la política y consiguió ser diputado por el estado de Minas Gerais. Mientras tanto, Nicasio se aburría. Tenía puesto sus ojos en el gran Amazonas, leyendo todo lo que podía sobre las expediciones de Orellana, Texeida y sobe todo Lope de Aguirre. No es que creyera en el Dorado, ni en las siete ciudades de Cibola, es que notaba que se anquilosaba, que se pudría en su palacio de nuevo rico. Un día decidió irse de Minas Gerais, al norte buscando el equinoccio y las aguas del gran río. Se despidió de Nuno, al que vendió su porcentaje de la mina; también de Saulo y su familia a la que por fideicomiso legó su casa blanca. Saulo dijo que iba con él. No, dijo Nicasio, con los ojos húmedos, tú has de cuidar a tu familia, pero te privaré de tu primogénito, que se viene conmigo de aventuras ¿verdad, Joao? agitando la mano en los ensortijados rizos de la cabeza del muchacho. Joao ya lo había hablado con al que el llamaba tito Nica. Saulo no pudo negarse, pero es que tampoco quería. Se sentía orgulloso de tener un hijo que iba a ser socio del hombre español que lo había sacado de las cabañas de madera, y agradecido a su amigo que proveyera de una oportunidad de hacerse rico a Joao.

Partieron un día del invierno meridional, montados en dos buenos caballos y con dos mochilas. Tardaron bastante en volver.

2 comentarios:

Clares dijo...

Me he perdido algo por el camino, ¿verdad? madre mía, es que llevo un atraso con estas cosas que no veas. Demasiado trabajo últimamente. Me gusta este aventurero, pero no sé qué relación tiene con lo anterior, con aquel hombrecico del principio. Bueno, tampoco tengo una gran memoria cuando pierdo el hilo de las cosas. Lo que sí me gusta es tu estilo rápido y cortante, y también que sigas escribiendo a tu aire. Prometo firmemente seguirte con más denuedo y constancia, que estoy de un abandono total. Un abrazo, amigo.

Mameluco dijo...

Esto es que salta en el tiempo. Mejor esperas a que lo termine y te lo lees todos en una horica, Fuensanta.
La cuestión es que hay 4 personajes principales y dos casas. Y me está quedando en plan folletín, jajaja, como diría Don Pío Baroja.

No sé exactamente que es eso de a mi aire, pero lo tomaré como un cumplido.

Sé que mi escritura es pretendidamente antigua, pero no siempre se consigue. Lo hago lo mejor que puedo. Pero ahora tengo bloqueo por un maldito relato de Halloween que como podrás observar no he colgado porque al final ha crecido como los hongos tras una lluvia otoñal.
Y encima lo paso mal. Jeje.

Un abrazo, amiga.
Soy padrino de un nuevo ser, Clares. Se llama Miguel, como yo. Eso, aún con mi pose de nihilista mameluco, me ha hecho feliz. Y como siempre no va a dar uno disgustos y te lo cuento como amiga mía que eres.
Abrazos a todos.

 
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