jueves, 27 de noviembre de 2008

La polilla


Todos los días hay batallas. Unas se ganas y otras se pierden. Vengo, con sabor a Oraldine en la boca de asistir a una derrota. Estaba yo peleando con el Dreamweaver y con la inserción de un pdf cuando he parado y me he dicho que si no iba a lavarme los dientes, luego no lo haría, y me levantaría con la boca pastosa. He pasado del cálido ambiente de calefactor al frío salón, he cogido el cepillo de dientes de mi taza de las Torres Gemelas y cuando he empezado el frota que te frota en caninos, muelas e incisivos, una leve palomita, una miserable polilla, ha hecho dos o tres loops a mi alrededor y ha caído fulminada al suelo. En su diminuto cerebro de insecto ha querido tener una muerte pública, como para que alguien se acordara de ella, de una mariposilla marrón claro moteada, como otras tantas, pero que ha aguantado hasta ahora los rigores del clima y del termómetro. Bueno, la verdad es que no sé si ha sido una derrota, pues si ha puesto sus huevos, habrá cumplido su misión. Hay muchas palomitas que carecen hasta de aparato digestivo, pues su único afán es el frote, y no el de dientes. Una muerte más de un insecto. Las moscas se quedan tiesas en los cristales dejando su aura de muerte. Son las cosas de la estación. Los cambios en el clima nos desposeen del natural ciclo que este año parece que va más o menos bien, aunque debería llover más. Esa polillita bajo la luz blanca de la luz del cuarto de baño me ha hecho recordar de nuevo lo de siempre. Lo perecederos que somos. Parezco como el esclavo al lado del César diciéndole al oído: eres mortal, eres mortal, para que no se subiera mucho a la parra. A mí me gusta el invierno. Debería estivar como hacen algunos animales, para vivir en el eterno norte blanco. El norte siempre me ha llamado la atención. Quizás porque soy del sur y soy un contrilla. Pero los secarrales y los tórridos agostos no van conmigo. A las polillas les gustará más, no digo yo que no, pero a mí el frío me hace ser un poco más feliz. No hay tanto sol, ese sol blanco y cegador, pulverulento, que es como una capa de cera derretida. El campo está verde y hay agua. El olor a hoguera. Mi calle huele a madera quemada. Estamos a finales de Noviembre. Dentro de un mes serán las Navidades, de sabor agridulce. Y la Aurora ya está aquí. El ciclo continúa. Y las polillas, las pobres, mueren esperando que sus genes reaparezcan en primavera.

6 comentarios:

Toni dijo...

Yo también soy de los que debería optar por estivar, querido Mameluco, ya que tampoco aguanto los rigores del verano. Encima, con la humedad de las Islas y mi naturaleza oronda, los sudores son de órdago. Creo que voy a ir buscando un adosadito en Laponia, a ver como andan de precio.

El hombre invisible dijo...

Bella y romántica disgresión a partir de la muerte de una polilla. Ya sabe de mi natural tormentoso, lluvioso y umbroso, propio de un oso, con lo que coincido plenamente con las sensaciones de vuesa merced.

Que sus encías y protomolares le sean propicias.

Un saludo preinvernal.

raskolnikoff dijo...

no sabia lo de estivar, tambien me apunto. El golpe del cierzo helado en la cara en los inviernos aragoneses es increible. Y si, yo tambien soy mas feliz en invierno, muchisimo mas

Mameluco dijo...

Toni yo no se como andará de orondez... yo ya por los 140 y pico kilos y subiendo. Aquí lo que nos salva es que la humedad es baja...
En Laponia hace frio pero yo me río, como dice la canción.
Estimado Hombre Invisible el invierno viene de arriba a abajo como el vector gravitacional del chorro del pitorro de un botijo lleno de estrellitas hexagonales uniáxicas de mineral de agua.
Pues si, Raskolnikoff, estivar es una manera inversa de adaptarse al medio. Lo aprendí haciendo un trabajo sobre mamíferos en una asignatura que se llamaba (voy a coger carrerilla) Cambios Temporales en Ecosistemas Fósiles. Los mamíferos somos seres maravillosos, aunque atufemos un poco mal la mayoría... (hedir como un hurón no es plato de gusto, jajajaja).

No, si al final el verano no le va a gustar ni a Dios.

Clares dijo...

Pobre polilla, pobres de nosotros. Qué impermanente es la vida, como diría el príncipe Genji, por lo cual siempre pensó que se retiraría del mundo, pero no lo hizo, hasta que le pasó lo mismo que a la polilla, que es lo mismo que nos pasará a todos, que un día aletearemos un poquillo y hala, fuera.
Me gusta el invierno, como a ti, pero más aún el otoño. Aprecio mucho la primavera, aunque los adolescentes se ponen insoportables, y lo mejor para mí es el verano, sin duda, no por nada, sino porque no trabajo. Ya lo valorarás el día en que empieces a trabajar en la enseñanza. Algo imprescindible, unas vacaciones, para no terminar con síndrome burn out. Un abrazo de polilla.

Mameluco dijo...

Tenga por suuesto Clares que verano, si llego a conseguir mi plaza de profesor de secundaria será mi estación preferida.
La peor será la que ya lo es, la primavera. Con esos cambios de humor en mi mismo y en esas mentes adolescentes... ufff... me agobio solo con pensarlo, pero más cornás da el hambre que decía el Cordobés o cualquiera de esos que mata a los toros para diversión de las masas.
Siempre que no se trabaje, se es más feliz. Eso es el primer axioma anarcoburgués.

 
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