jueves, 1 de mayo de 2008


Hoy, día del Trabajo. Como tantos y tantos días, después de comer vemos Saber y Ganar. Siempre se ha visto en mi casa. He pasado de odiar a Jordi Hurtado a verlo imprescindible por las tardes. Con su implante de pelo, con su eterna sonrisa de enanito y sus chaquetas con hombreras Jordi es fijo en las sobremesas. Bueno, la cuestión que en el duelo, en el que se han enfrentado el rocker de Zaragoza, Guillermo, y la otra que no deja de reírse, tanto o más que Jordi, ha salido un tema llamado Los acostados y en seguida me ha llamado la atención. Era sobre unas personas que sin estar enfermos optaban por acostarse de por vida y levantarse solo cuando les diese la gana a ellos. En una familia de un poeta de la “Generación de los 50” había 5, ¿de que poeta se trataba? Era Caballero Bonald, que no hubiese estado muy de acuerdo con eso de la Generación de los 50, pero eso es otra historia.Rápidamente lo apunte en el post-it imporvisado que adjunto como prueba (pluma sobre servilleta). Investigando entre examen y examen (estoy haciendo los exámenes de las unidades didácticas) me he encontrado con esto, que viene como anillo al dedo con el sentimiento de perrera universal, de amantes de la molicie y del escaqueo que significa nuestros grandes ideales de mentirijillas (aunque con un enorme poso de verdad) del Anarquismo Burgues…

Les dejo con

¿Enfermos imaginarios o viajeros interiores?

LOS TUMBADOS, UNA ESTIRPE EN EXTINCIÓN

por Juan Carlos Usó,

(Extractos de Mameluco)

en Ulises (Revista de viajes interiores), núm. 8, 2006, pp. 92-97.

El científico y filósofo Blaise Pascal solía advertir que “todos los infortunios de los hombres derivan de no saber quedarse tranquilos en sus casas”. Hay personas, sin embargo, que no sólo han pasado años sin salir de casa, sino que durante todo ese tiempo, y estando aparentemente sanas, ni siquiera han dejado el lecho. Hay quien se refiere a ellos como tumbados, otros los denominan acostados y los franceses inventaron el término encamado para designar a estos sujetos.

Un tumbado, como afirma el escritor Luis Landero, “no es un holgazán, ni un neurótico, ni un simple enfermo imaginario”, sino un hombre que un buen día “opta por suspender su actividad social y se abandona espléndidamente a la inacción”

Landero, que en reiteradas ocasiones ha manifestado su interés por aquellos a quienes no duda en calificar de “grandes y verdaderos derrotados”, recuerda que siendo niño y viviendo en Andalucía conoció el caso de un maestro albañil, con seis lustros de experiencia profesional, el cual “una mañana, sin anuncio previo, sin razón aparente, sin el menor síntoma de enfermedad o malestar, y en perfecto uso de sus facultades mentales, había decidido quedarse en la cama indefinidamente”, y de ello hacía ya casi diez años. Nada excepcional había acontecido en su vida, ni había habido “ningún desengaño, tendencia a la depresión o conflicto laboral o doméstico”.

Aunque Landero no menciona nada al respecto, puede que entre los tumbados exista un factor hereditario o una pauta de conducta aprendida. Así, según confesión propia, José Manuel Caballero Bonald ha llegado a contar hasta cinco acostados entre sus parientes directos. Aunque en este caso no estemos hablando de una familia humilde, seguro que Landero estará de acuerdo con muchas de las observaciones realizadas por el poeta y escritor gaditano, coincidentes además en el espacio y el tiempo.

En primer lugar, José Manuel Caballero destaca que no se trataba de un asunto “inconfesable”, o sea, una especie de trapo sucio de familia, sino que para la rama de los Bonald este fenómeno “no parecía merecer ninguna atención especial”. De tal manera, nunca hubo ningún “tipo de discordia o de reprobación”, ni “la menor objeción” hacia aquellos que habían optado por aquel estado de postración voluntaria. Durante algún tiempo, en su juventud el poeta llegó a sospechar de alguna “dolencia secreta”, hasta que descubrió que se trataba de un “imperativo hereditario, sin que mediara más enfermedad que la de una especie de atracción endémica por la cama”, a la que el propio escritor llega a calificar de “predilección familiar”.

En cambio, y a diferencia de Landero, no presenta el encamamiento como un patrón de conducta esencialmente masculino, pues Caballero Bonald cita entre sus parientes entregados a la “ocupación de acostado estable” a dos mujeres: tía Carola, que se tumbó al acabar la guerra civil, y cuya decisión “tuvo el mismo significado [...] que si se hubiese recluido en un convento”, y tía Isabela, que sólo se encamaba “por temporadas”. Habría que valorar, en este sentido, la influencia que han podido ejercer determinados factores externos —como las condiciones climáticas adversas— en las personas que han decidido permanecer acostadas por temporadas. Así, por ejemplo, al explicar el comportamiento de su segunda tía encamada, Caballero Bonald nos dice: “Un día de invierno decidió acostarse con la excusa de que hacía mucho frío en la casa. Frío hacía, desde luego, pero ella dedujo que sólo podría combatirlo por el procedimiento de no levantarse. Hay remedios peores”.

Otro buen ejemplo lo podríamos tener en José Prat, uno de los principales ideólogos del anarcosindicalismo español de principios del siglo XX y autor de numerosas publicaciones. Según el testimonio de un compañero suyo también anarquista: “Los inviernos lo aterrorizaban, y acabó pasándoselos en la cama, donde continuaba escribiendo”.

También Marcel Proust y Vicente Aleixandre cerraron el ciclo de su creación literaria en el lecho. Y, por su parte, tanto Unamuno como Valle-Inclán solían recibir a sus amigos acostados.

La renuncia al esfuerzo físico en los tumbados, ese sustraerse a la acción y a la dependencia de las cosas externas, su exagerada pasividad, no implica suspensión de la palabra ni ausencia del entendimiento, sino todo lo contrario: es un proceso de inmersión en el que se diluye la disyuntiva entre meditación y contemplación.

Sin duda, encamarse es una forma más de enfrentarse al destino, a esa burla de los dioses que nos ha hecho efímeros, pero que a la vez han sembrado en nosotros la terrible semilla de la inmortalidad. ¿Enfermos? Puede, pero no podemos negar que, como los héroes que habitan en los extensos arrabales del romanticismo, los tumbados parecen haber dotado a la enfermedad de una dimensión aristocrática, descubriendo otra manera de estar en el mundo.

4 comentarios:

raskolnikoff dijo...

Joder, parece sacado de "Doctor en Alaska".

Hay días que apetece, si ...

Mameluco dijo...

Bienvenido a mi humilde blog, señor Raskolnikoff.

A mi me apetece muchos días, pero no entro en los supuestos previstos, jejeje, porque estoy regular de la cabeza.

Y si, parece del "realismo mágico americano", o sea de Northern Exposure, jajajaja...

Auggie Wren dijo...

A tomar por el culo, eso sí que es vida. Pues hala, mañana que me traigan el desayuno a la cama.

Un saludo, después de tanto tiempo.

socioapatia dijo...

A mí lo de no salir de la cama... Bueno no sé, depende de con quien la comparta

 
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