sábado, 7 de julio de 2007


El viejo reía y roía una mazorca de maíz con sus escasos dientes. Contemplaba por la ventana como el tiempo volvía a cambiar. El campo era como una manta antigua, hecha a cuadros de distintos colores, y los humos de fuegos en los linderos se elevaban tristes, sin contrastar con el gris plomizo de un cielo que a lo mejor presagiaba lluvias. El nieto jugaba en el suelo con huesos de borrico. Los niños llamaban a los huesos mulitas, porque tenían cuatro patas y se quedaban de pie. Lo que antes disfrutó el buitre y el gusano, ahora lo disfrutaba el pequeño con su rancho óseo. La luz exterior era blanca como la nieve, y luchaba con el pálido resplandor amarillo de la lámpara de parafina.

El olor a madera húmeda era tosido por el hijo, que en el calor del hogar asaba unas patatas. El otoño avanzaba, y el viejo lo veía y lo reía. Había sobrevivido un verano más. Según cuentan, en el verano, la muerte baja de la montaña en busca de clientes para el infierno. Las cotillas en los corrillos comentan además que quien muere en Agosto, cerca del día de San Lorenzo, es porque va a ir al infierno. Los que mueren de resfriados en Diciembre van al cielo. Bueno, depende. Depende de lo bueno que hayas sido. El viejo confiaba en morir en primavera, cuando paren los animales, y así no echarían tanto de menos su cuerpo estropeado ya por el uso. El nieto seguía con sus juegos. En el fragor de la batalla de vértebras, el conde Aldonzo se proclama vencedor. Los buenos han ganado, como suele pasar en los enfrentamientos infantiles. El universo equilibra así la balanza, pensaba el hijo y padre a la vez, mirando al zagal con ojos de sueño. Dios deja a los buenos ganar en los juegos, porque en la vida no suele pasar. ¡Vaya justicia es esa! El viejo había pensado ya mucho en eso. La justicia no existe en el reino de los hombres. Dios no tenía nada que ver, pues para eso existía el libre albedrío que decía mosén. Los hombres son libres para hacer el mal, pero han de pagar cuando viene la parca. Su hijo no creía en nada de eso. Había que ser bueno por algo llamado hermandad. En las reuniones del partido así lo decían. Todos iguales. No entendía muy bien eso de todos iguales. Había altos y bajos, ricos y pobres, mansos y fieras. Todos éramos diferentes. Parece que lo querían decir es que nadie era más que nadie. Eso si. El joven campesino si que creía en eso. El viejo discutía a menudo por esos asuntos con su hijo, pero el hijo, que poseía una imaginación humilde, pero colorida, daba a pensar al viejo con días de septiembre en el arroyo, mientras los ricos segaban la mies en las eras. El viejo reía con el nieto. El nieto reía porque el abuelo abría tanto la boca que veía los huecos, en donde antes había dientes y muelas. El joven reía pensando que algún día eso sería cierto.

Pronto llegaría el otoño y habría que sembrar la tierra de nuevo. Y secar las hojas y sacar las patatas. El niño jugaba y el viejo, mirando por la ventana seguía riendo, confiando en ver nacer de nuevo a los terneros.

3 comentarios:

ana_arandanos dijo...

Me ha ENCANTADO. De lo mejorcito que he leido tuyo. Me ha gustado mucho lo de los huesos y las mulitas, por cierto.

ana_arandanos dijo...

Por cierto, ¿el dibujo es tuyo?

Lia Mota dijo...

Definitivamente se te paso el momento de deslucidez. Que ambiente más increible. Me ha gustado mucho poder imaginarme a los tres, cada uno con su batalla a la lumbre de las patatas. Y los personajes muy bonitos de campo, con sus muertes y sus vidas de campo... precioso, de verdad. Yo si me muero me voy a querer morir en primavera como el viejo...

 
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