
Las aguas corrían lentas, con parsimonia, entre las piedras del río. Un antiguo meandro abandonado, lo que los estudiosos llaman un oxbow, formaba un remanso en el que el agua se renovaba sin prisas, pero sin pausas. Los cañaverales de las riveras se movían, mecidos por el viento de la tarde, en sintonía con su ulular entre las hojas de los sauces y los alisos. Solo el silbido de un viejo desdentado y despreocupado rompía, si es que se puede emplear ese verbo, la armonía de la naturaleza al atardecer. Su nieto, sentado en un cubo de latón observaba a su abuelo mientras pescaba. El muchacho sabía perfectamente que el silencio era fundamental para llenar la sartén de pescado, pero en donde esté la natural curiosidad de la infancia se olvidan las necesidades de la barriga, y bombardeaba al viejo a preguntas. El anciano, de rostro blancuzco y mofletes y narices rojas como la sangre, respondía susurrando entre los pocos dientes que le quedaban y los labios que sostenían una pipa de maíz, apagada desde hacía dos inviernos, pues los médicos se meten en los asuntos de las personas o lo que es lo mismo, donde no les importa –eso es lo que pensaba el viejo y eso es de lo que doy fe como narrador-.
-Abuelo, ¿estuviste en la gran ciudad?
-Si, hijo, si. Estuve en la capital.
-¿Y como es? ¿Es grande, tiene muchos automóviles?
-Ya lo creo, hijo, ya lo creo. Hay tantos coches allí que hay unos guardias especiales para pararlos y ordenarlos. Hacen mucho ruido. Son muy bonitos los coches en la ciudad. Recuerdo uno que era tan grande como un tractor pequeño y relucía entre las luces de las calles. Era digno de ver, si.
-¿Luces en las calles? ¿Cómo las farolas del camino a la estación?
-¡No, hijo, que va! Son luces de muchos colores, colores artificiales, que no se parecen a ninguno que yo haya visto por estos parajes. El verde no es como el de los árboles o la hierba. Brilla como una joya. Son como una barritas rellenas de color brillante, más aún que el fósforo, más aún que una luciérnaga, si, hijo, así son las luces de la ciudad. Por la noche hay tantas que parece de día a las 2 de la madrugada. Hay bullicio. No es como aquí. Allí hay gente por todos los sitios, vestidos muy elegantes y corriendo, parecen chiquillos que corren para acá o para allá. Parece que nunca duermen.
-¿Y por qué fuiste allí, abuelo?
El viejecillo encorbado estaba en cuclillas y tardó un poco más de la cuenta en responder a la pregunta ansiosa del chaval porque veía la sombra de un pez que se aproximaba a su sedal. Espero paciente, llevándose el dedo a la boca para callar al chiquillo. Cuando izó la perca fue como se cogería un rábano de un bancal, lanzó un pequeño resoplido, y le dijo a su nieto que le diese el cubo donde estaba sentado. El muchacho lo hizo con regocijo, pues aunque le daban un poco que asco, los peces escurridizos en el cubo le hacían gracia. Cuando hubieron acabado la maniobra, el abuelo prosiguió:
-Fue cuando la Guerra, hijo. Vinieron aquí con unos camiones y nos fueron llamando a los que tocábamos músicas o escribían poemas. Nos subieron en el cachivache ese que olía a coles podridas y nos llevaron a un campo de entrenamiento. ¡Fue duro, demonios! Los sargentos nos gritaban y nunca hacíamos nada bien. Y así fue todo el rato. Después nos dieron un permiso y fuimos en un autobús a la ciudad. Y allí vi todo lo que te estoy diciendo, hijo, así fue, si. Cuando volvimos tuvimos que marchar a Zanzíbar. Yo estuve en una escuadra de aviones. Y por eso es que me he dedicado toda mi vida a fumigar los campo, hijo. Al menos las asquerosas palabras del sargento me sirvieron para algo.
-¿Y quieres volver? ¿A la cuidad o a Zanzíbar?
-No, hijo, no quiero volver a ninguno de esos dos malditos sitios del diablo, no señor, en la vida.
El viejo cogió el banjo y cantó suavemente, susurrante, entre los dientes, una canción de la chica de sus sueños. Esos sueños que nunca se harán realidad.
El sol se puso, las ranas se pusieron a croar como desesperadas y olió a pescado asado en todo el entorno del oxbow de Perro Negro (pues así lo había bautizado el viejo).