viernes, 15 de octubre de 2010

El Tapiz de Penélope


Me rodean pegatinas por todos los lados. No son pegatinas en sentido estricto, sino que se pegan a las superficies. No sé si me explico. No, no me explico. Mis pegatinas son especiales porque son etiquetas de productos o tallas de ropa interior. No son cosas bonitas, ni funcionales ni nada, solo son eso, etiquetas llamativas y chirriantes. Casi siempre dicen que te da algo gratis, pero yo no me lo creo. ¿Por qué Licor del Polo te regala un 20 % de producto? ¡Venga ya! Estoy rodeado, repito, de pegatinas falsas, que solo se puede explicar por mi afán acumulador. Pero soy impermeable a esos mensajes. Sin embargo mi cabeza estos días es un bullir constante, una olla a presión de temores y inseguridades, de mensajes autosubliminares. Si, sigo en las mismas. No escribo ahora mucho por eso, porque me repito. Le iba a contar el rollo de siempre pero paso. Que si pensamientos malsanos, que si reverberaciones oníricas… memoria mala… pierdo la memoria. Ya no podré ir a Saber y Ganar. ¿Cuantos días agónicos me quedan por vivir aún? Hoy he leído en el muro de Alfonso que lo pasado pasó. Aparte de decir que los geólogos nos íbamos a morir de hambre, no es una cosa tan fácil. El hombre es fuerte en su coraza de alerta, pero en algún momento debe dormir. El sueño es la libertad. La libertad para masacrar lo que intentas cada día. Es como el tapiz de Penélope. Yo no espero a Ulises. Yo ya no espero nada. Pero mis sueños me recuerdan que antes me sentía más vivo, y que también era muy infeliz. Los días pasan. Primaveras, veranos, otoños e inviernos. Años. Mi yo visible está en el presente, pero mi auténtico yo es una mezcolanza de recuerdos, digestiones cerebrales pesadas, falta de amor, de autoestima casi extinta. ¿Soy acaso peor que el resto? No. Es mi respuesta definitiva. Los otros son iguales, o mejor, equivalentes. Pero yo solo tengo que soportar a otros pocas veces, sin embargo soy una pesada carga para mí.

Por favor, no me quiten la razón. Estoy hablando de mí. Ya sé que la estoy perdiendo.

martes, 12 de octubre de 2010

Las dos casas. Capítulo V. Las tareas y las horas de Cipriano, ebanista.

Capítulo V. Las tareas y las horas de Cipriano, ebanista.

Cipriano tallaba un cajón de una mesilla de noche. Había buscado en un libro antiguo el motivo musical de un sacabuches y un tambor. Como era para don Frasquito, el director de la Banda de Música, le pareció muy apropiado el diseño, un poco barroco, pero suavizado por las manos del artesano. Cipriano en estos momentos de trabajo, sentado y dándole a la gubia era una persona feliz. En realidad era feliz todo el tiempo, pues en otros tiempos había sido infeliz todo el tiempo. En la inclusa las monjas lo trataban como si de un animal salvaje se tratase, por el hecho de ser más oscuro que los demás desgraciados, que ya eran bien oscuros por la mugre acumulada. Hay quien dice recordar como llegó Cipriano al pueblo. Él mismo no lo recuerda. Alquiló la habitación-taller al señor del estanco y poco más se sabe. Contaban que el banco de carpintero, las gubias, los martillos y las limas las encontró ya en la habitación y por eso le dio por ser ebanista y después luthier. Conociéndolo parece ser una historia bastante verídica, pues se puede dudar que le enseñaran algo donde pasó su terrible infancia. Era un hombre extremadamente ordenado y limpio, y barría después de cada jornada el virutaje y las tablillas sobrantes, que guardaba en una pequeña habitación en el patio para cuando llegase el invierno calentar el chubaski. Aunque apenan hablaban, como se ha comentado con anterioridad, en esa casa llena de silencio humano, trataba a la señora Amparo como si fuese una tía, o una madre postiza, como en las novelas de la radio. Algunos días, rompiendo el no escrito pacto silencioso, jugaba al ajedrez con el dinamitero teórico, y se contaban algunas cosas no por curiosidad, sino por la subyugadora tarea de relatar historias, y si como no tenían nada que reprocharse el uno al otro se contaban su vida en leves píldoras dialécticas, entre un gambito y un jaque al rey.

Fin del Capítulo V.

Continuará

jueves, 30 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo IV. La visita del notario.

Capítulo IV. La visita del notario.

Don Francisco de Sales Díaz de la Torre y Cisneros Pi llamó a la puerta polvorienta de la casa sin blanquear. Le había dicho el alcalde que acudiera a visitar al indiano. Fue recibido de nuevo por el muchacho moreno y sonriente, que cogió su sombrero y su bastón. Don Francisco era un funcionario más seco que la mojama, engolado y repipi, que ocultaba su prominente flequillo inexistente con un matojo de pelos que le crecían de al lado de la oreja, y fijados por agua con azúcar, lo cual lo hacía propenso a atraer a todas las moscas, aun siendo un señor de lo más aseado. Fue guiado hasta una habitación grande, a medio reformar, donde el poder de la escoba y el cogedor no había llegado, y la cal y el polvo formaba pequeños abanicos aluviales en las paredes corroídas. Don Nicasio, estaba de pie, mirando por la ventana, por donde entraba el sol que a él, curtido en el Equinoccio no le hacía ni cosquillas. A sus espaldas un mueble de caoba repleto de gruesos volúmenes, sobre todo de láminas de fauna y flora y mapas de la más diversa índole. Tan ensimismado estaba en algún lejano recuerdo que no oyó llegar al funcionario público que se hizo notar con una tosecilla parecida a la de un gato que escupe una bola de pelo. Volviose presto y vio al encanijado y poco lustroso escribano público y se abalanzó sobre el pobre hombre, creyendo éste que lo iba a atacar. Solo recibió una franca sonrisa y un apretón de manos que hizo crujir los huesudos dedos de Don Francisco como unas tablillas de leproso. Si no hubiese sido por la cara de franca y campechana salutación podría haberse considerado agresión. Le rogó que se sentase, encendió un habano ofreciendo otro al visitante que le guardó para después.

Fin del Capítulo IV.

Continuará

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo III. Armonía.

Capítulo III. Armonía.

En el patio, Amparo se abanicaba al lado de los jazmines. El de las barbas sacaba agua del pozo y bebía directamente del cubo, cosa que hacía que el agua tuviera un sabor metálico, cosa que por lo visto le gustaba. El mulato Cipriano hacía una bufanda, aún en verano, para que Amparo no pasase un invierno como el del año pasado, tosiendo todo el rato la mujer. La anciana se levantó y puso la radio. Daban La Viuda Alegre de Franz Lehar. El barbudo contó alguna anécdota sobre la opereta, Cipriano rió y Amparo, cascarrabias como siempre, hizo un SHHHHHHHHHHHHHHHI atronador. La vida pasaba y era un septiembre caluroso, en el que se oían desde la casa los fuegos de artificio de las ferias y festejos.

Los tres extraños inquilinos hacían de la armonía una palabra tan posible y reveladora que debía extrapolarse dicha paz a todos los hogares de la Tierra, o eso tenía pensado nuestro amigo de las barbas mandar al Secretario General de las Naciones Unidas por carta certificada. Nuestro amigo barbudo era, pues, un melón mauro, pero la intención es lo que cuenta.

Fin del Capítulo III.

Continuará

sábado, 18 de septiembre de 2010

Buscando un regalo original


Hoy fui a comprar una revolución bolchevique al Ikea. Me dijeron que no era de esta temporada. Aproveché para comprar galletas de chocolate, que están muy buenas las del Ikea. Después fui a El Corte Inglés, y en la sección de perfumes pedí una colonia que oliese a billetes de 500 euros. Tampoco había. Esas cosas no le gustan a la gente, espetó la dependienta mirándome con cara de entre asco y terror. ¡¿Cómo?! dije… ¿a la gente no le gusta el dinero? El mundo se me vino encima. En mi furor consumista fui a un Kebab y pedí que me vendiesen un AK-47. Me echaron gritando que tenía prejuicios contra los musulmanes. No somos violentos. No somos violentos. Yo intentaba explicar que tenía prejuicios contra todos los adultos que tienen un amigo imaginario, pero no me dejaron. Como en la comida moruna no conseguí nada, me dirigí a un Burguer King. Un Whopper con doble de pepinillo y una cabeza nuclear. Los dependientes, llenos de grasa y acné, me dieron un Whopper, refrescos y patatas, pero una vez consultado con los jefes me explicaron que allí solo servían comida basura, quiero decir rápida, y no se dedicaban al armamento. Me comí la hamburguesa en un parque. Un mendigo me pidió patatas. Le di la burger, pero las patatas ni pensarlo. Ya estaba cansado de ir de aquí para acá sin conseguir nada de mi lista. Era para un regalo, pero nada oye. Ni siquiera cuando fui a una tienda Channel me quisieron alquilar una modelo anoréxica para hacer ambiente a la fiesta a la que estaba invitado.

Únicamente me quedaba una opción. Me dirigí al Banco de Santander más próximo, me fije en un cajero pequeño, calvito, con gafas. Pregunte a una amable señorita con pinta de estar contratada por su cuerpo voluptuoso y su largo y sedoso cabello caoba, más que por su carrera de Económicas, su Máster en N.Y.C. de finanzas en países emergentes o el dominio de 4 lenguas, si podía hablar con el director de un negocio. El señor director resultó ser un amigo de papá, Celestino Delgado y le pregunté si con un buen aval del viejo me vendería el alma del cajero canijo. ¿De López? Lo siento, no va a poder ser. Me sentía de nuevo contrariado. Es que el alma de López ya no es del banco, ¿sabes, hijo? Se lo vendimos en un paquete de hipotecas subprime al Banco Nacional de Zanzíbar. Es que me había encaprichado con ella. ¿No te sirve la de Minglanilla? El obeso director apunto con su gordo y anillado dedo a un tipo alto, desgarbado, con un peinado ridículo y cejijunto. ¡Ese es incluso mejor, Don Celestino! Firme aquí, y el alma de Minglanilla será suya para siempre. Saqué mi Montblanc y firme. ¿Por favor, sería tan amable de hacer un título y envolvérmelo para regalo? Faltaría más. la señorita Begoña se ocupara de todo. Le pedí su número de teléfono. Me dijo que tenía novio, pero me dio su correo electrónico de todas formas.

Cuando llegué a la fiesta sorpresa de Tono mi regalo fue el más celebrado. El alma de un señor… jejeje. ¡El alma de la fiesta! decían todos riendo como imbéciles. Si es que, definitivamente, el capitalismo funciona.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo II. La casa del indiano.

Capítulo II. La casa del indiano

Hubo una vez un indiano que volvió del Brasil con un traje blanco y un sombrero Panamá. Hubo una vez que Nicasio Rodales Martínez volvió a su pueblo para morir. Y hubo otra vez, que era la misma que las anteriores, que un hombre que llegó de lejanas tierras para encontrar su tumba y los olores que no eran concebibles en las exuberantes selvas del Amazonas donde había hecho su fortuna como buscador de oro, sino en la campiña cordobesa, donde compró la casa donde había vivido con su madre y sus seis hermanos en un cuchitril inundado por la humedad y la necesidad.

Las autoridades del pueblo al enterarse de la llegada de tan significado personaje se apresuraron a pasarse por la casa. Fueron recibidos por un joven moreno con una boca sonriente y blanca, como su camisa. El cura, el alcalde, el médico y el farmacéutico pasaron por un patio porticado, sin encalar e inundado por jaramagos y otras hierbas silvestres que buscaban la escasa tierra entre adoquines de arcilla para proliferar. La fuente del centro si volvía a echar agua tras los largos años de solo mojarse con las lluvias y tormentas. Sentados en sillas tambaleantes esperaban a don Nicasio, como era ya conocido. El hombrecillo, pequeño, de pequeños bigotes que ya blanqueaban, se sentaba en un gran sillón de olivo y ofrecía zumos extravagantes y de sabores sorprendentes a los distinguidos visitantes. A todos les dijo respectivamente que no deseaba ayudar a la reconstrucción de no se sabe qué iglesia, no quería contribuir a erigir estatua alguna a ningún héroe de ninguna guerra, no quería ir a jugar a las cartas al Club y aún menos quería ser prócer del equipo local de fútbol.

Les acojo en mi casa –dijo- pues ser cortés no es contrario a mis inclinaciones naturales, pero sepan ustedes que recibiré a todo el que quiera venir a verme, y aún más al que no venga a pedirme nada. Y a esos se lo daré todo.

Los ilustres de la comunidad se miraron, más que contrariados, sorprendidos por las palabras inversamente proporcionales a la claridad del chocolate.

Supongo –prosiguió Nicasio- que serán amigos del señor Notario. Como favor les pediría que me lo enviaran un día de estos. Y a usted, señor cura párroco le pido otro favor. Supongo que como pastor del rebaño sabrá las ovejas que tengan la lana más vieja y roída. De entre todas ellas, mándeme a la más pobre para que sea mi ama de llaves.

Fin del Capítulo II.

Continuará

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Recomendaciones mamelucas: El diario de Tona

Últimamente me está haciendo mucha gracia uno de los blogs de Tona Pou. Tona es amiga de la casa (mameluca) desde hace algunos años. Como muchos de los contactos virtuales que tengo la conocí por el mítico FOTOLOG, esa mezcolanza extraña entre emos chilenos, modernos de pueblo, frikis de lo suyo y de gente con ganas de pasar risa (esta expresión me encanta “de” escribirla). Ella era Povoroska, o la Povo, para los contactos más cercanos, y subía fotos hechas por ella, no propias del Fotolog como medio, pues eran buenas y bonitas. Tona se dedica a cosas que no alcanzan mis conocimientos de persona de conocimientos variados pero insuficientes (cosas raras de tecnologías de la información, marketing y cosas así, que tan poco me gustan) y aún así somos amigos (jejeje, perdón por la sinceridad, Antonia María), pues le tengo un cariño espacial, no sé si será por su amor por los animales, su sensibilidad o su humor, parecido al mío.

El caso es que en su blog Tú, lo que tienes que hacer, es ponerle un cordel, que se dedica al relato cortísimo o a la poesía breve, según se mire, está pasando en tiempo real (día y mes) el diario que le regalaron en su Primera Comunión. Está escrito en algún derivado del catalán propio de ella, -no sé si es mallorquín- (aunque nos ofrece unas estupendas traducciones para que disfrutemos de sus aventuras cotidianas como niña con todas sus faltas de ortografía).


Pues eso, que se lo recomiendo.

Otros sitios de Tona:

Tonapou's Blog

Su Flickr

***

RETRATO DEL TÍTULO del gran Óscar Aibar

martes, 14 de septiembre de 2010

EEEEEL FINAAAAAAL DEL VERANOOO


Vegeto por la red en una habitación donde he pasado muchos años, pero que ahora se me hace extraña. ¿Dónde está el ventilador del techo? ¿Dónde mi lámpara de lava? ¿Dónde están mis amigas, las arañas?

He vuelto después de dos meses viviendo en el campo a la civilización, a la calle concurrida, al tráfico mortal de carga y descarga. El final del verano. Ustedes dirán que no, que el verano acaba en el equinoccio, pero esta ruptura geográfica, de apenas un par de kilómetros es un mundo. El final del verano. Como el Duo Dinámico repetían en el último episodio de Verano Azul, cuando Chanquete estaba muerto y enterrado, y cada mochuelo volvía a su olivo. Verano Azul, verano intenso, habría que decir, porque a los chavales les pasó de todo en un mes en Nerja. El final de MI verano.

El reposo de la siesta leyendo libros a porrillo, para después de dormir, darme un chapuzón en la piscina y ver ponerse el sol. Mi sobrina Eva siempre que me veía liado en mi toalla (similar en dimensiones al toldo de una plaza de toros), pensando y mirando los colores del crepúsculo por encima de los setos, me preguntaba ¿Por qué estás solo? ¿Estás triste? Mi cara era la de un hombre serio, pero no estoy triste en ese momento donde el día se escapa por el oeste. Todo lo contrario, veo los colores variables según las nubes. Yo le respondo que suelo estar triste, pero que ahora no, que solo pienso. Bueno, ya sabemos que quien piensa pierde, pero las disyuntivas mentales van por coordenadas totalmente impersonales, que versan sobre el movimiento de los astros, los árboles o el comportamiento de los gatos que pasean por el césped, pues se trata de su reino.

Ha sido un verano anómalo, que empezó mal, pero que ha proseguido tranquilo, con mis altibajos habituales, y sobre todo largo y caluroso. He leído mucho, casi no he visto pelis. He dormido lo más grande y he soñado sueños y pesadillas preciosas. Todos los días tenía examen o tenía que volver al instituto, a mi edad… imagínense.

Y ya de nuevo en el pueblo, que empieza la Feria. Puff. Y la semana siguiente a Madrid, de vacaciones, jejeje…

Vacaciones… como si hubiese hecho algo de provecho en estos dos meses (bueno, si he hecho, pero me lo guardo para mí, jejeje).

Buenas noches, impresora láser, buenas noches internet por cable, buenas noches, cama más pequeña, buenas noches rutina.

Mañana, o sea hoy, será otro día.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo I. La casa de los tres solitarios.

Capítulo I. La casa de los tres solitarios

Los habitantes de la vivienda eran tres. Casa solariega transformada con el devenir de la historia en multitudinaria colmena, en casa de vecinos apilados como sardinas, hoy, viviendo sus horas más bajas, la casa estaba casi vacía, ocupada solo un ala que daba a poniente, como las dársenas que con tanto anhelo buscara Randolph Carter en su país de sueños.

La vieja Amparo tenía dos habitaciones, una salita y una alcoba que apenas habían cambiado en el último siglo, quizá sus paredes, solo holladas por los cables de una pequeña bombilla que era el centro del sistema estelar de la anciana. Los planetas eran sus numerosos pájaros, distribuidos en viejas jaulas de churriguerrescas formas y cubiertos por el robín de forma desigual. Y sus satélites, ¡ay, sus satélites!, un pequinés, quizás más viejo que la propia señora y sobrealimentado hasta un punto que se podría llamar tortura, y un gato igualmente cebado, de un color parecido al agua sucia estancada de un charco, pero con menos garantías de salubridad.

En una gran estancia en el piso de arriba habitaba y trabajaba un ebanista de origen dudoso, no por su rectitud moral, que era como el historial de uno de los últimos de Filipinas, fuera de toda duda, intachable, libre de toda mella, sino por su mezcolanza racial, que hacía que su pasado y el de sus antepasados fuese un intrincado acertijo, un jeroglífico filogenético de improbable resolución. Pero Cipriano lo tenía bien claro. Era un niño de la inclusa, un desarrapado que una infancia de gris cemento dio paso a una liberación mental a través del trabajo y la música. Las virutas se apilaban en el suelo, y limando de los trozos de árboles muertos, el carpintero laudista, tallaba primorosas piezas de filigrana maderil y rústico acabado. Salía a fumar al balcón y jamás barnizaba sus piezas, pues un día cuando daba la pátina a un aparador y encendió su cigarrillo de caldo gallina ambos elementos se retroalimentaron en un fogonazo que hizo que Cipriano quedara marcado para siempre. Quemaduras físicas que no lograron achicharrar su felicidad interior ni borrar su blanca sonrisa infantil.

Y en el desván, todo carcoma y tela de araña, un hirsuto personaje se movía en la sombra. En la habitación olía al aroma revenido de la apilación humana ya pasada y de grandes depósitos de cenizas de tabaco, que formaban formidables pináculos redondos, semejantes a cráteres lunares. En aquella estancia el sol radiante de septiembre apenas entraba con la fuerza de un velón de sebo de ballena chisporroteando en la bodega de un barco negrero. Los cristales eran translúcidos por el polvo, sumado a la variable tiempo, fórmula implacable que cae a plomo sobre nuestras miserables vidas como un día cayó la manzana en la cabeza del genio. Rascándose las barbas con un lápiz del 2 roído, y con varios tomos de la enciclopedia Espasa a modo de pupitre, se urdían terribles planes en la mente de escribano, se ideaban dantescas vueltas de tuerca a la existencia humana. En definitiva, la extremosa subversión estirada hasta ominosos límites era puesta en el apergaminado pliego de papel de barba.

La extraña comunidad de vecinos vivía en la extraordinaria connivencia de los que jamás hablan entre sí, dejando pues a un lado la tentación de discutir, pues la riña es un imán siempre listo entre gente que se dirige la palabra. Como el Club Diógenes donde Mychoft Holmes disfrutaba de su asueto en la silente luz del atardecer londinense, en el número 27 de la calle Pozuelo de la Cantamora, el mutismo solo era roto por la tiorba del ebanista, cosa que alegraba a la anciana entre aves, y engatusaba al joven agitador del desván -que hablaba solo de vez en cuando para aportar un dato suelto- y de nombre incierto, ignoto para todos. Cierto es que nadie se lo había preguntado, pero se duda aún si hubiese respondido a la cuestión con agrado. Lo cierto es que un niño se lo preguntó una vez y le respondió, pero cuando el crío lo contó nadie le creyó. Las personas preferimos la mayoría de las veces una leyenda morbosa que la simplona realidad, cotidiana como el circadiano ocaso o el paso del viento solano en los días de invierno.

Fin del Capítulo I

Continuará.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Black Dog's Oxbow

Las aguas corrían lentas, con parsimonia, entre las piedras del río. Un antiguo meandro abandonado, lo que los estudiosos llaman un oxbow, formaba un remanso en el que el agua se renovaba sin prisas, pero sin pausas. Los cañaverales de las riveras se movían, mecidos por el viento de la tarde, en sintonía con su ulular entre las hojas de los sauces y los alisos. Solo el silbido de un viejo desdentado y despreocupado rompía, si es que se puede emplear ese verbo, la armonía de la naturaleza al atardecer. Su nieto, sentado en un cubo de latón observaba a su abuelo mientras pescaba. El muchacho sabía perfectamente que el silencio era fundamental para llenar la sartén de pescado, pero en donde esté la natural curiosidad de la infancia se olvidan las necesidades de la barriga, y bombardeaba al viejo a preguntas. El anciano, de rostro blancuzco y mofletes y narices rojas como la sangre, respondía susurrando entre los pocos dientes que le quedaban y los labios que sostenían una pipa de maíz, apagada desde hacía dos inviernos, pues los médicos se meten en los asuntos de las personas o lo que es lo mismo, donde no les importa –eso es lo que pensaba el viejo y eso es de lo que doy fe como narrador-.

-Abuelo, ¿estuviste en la gran ciudad?

-Si, hijo, si. Estuve en la capital.

-¿Y como es? ¿Es grande, tiene muchos automóviles?

-Ya lo creo, hijo, ya lo creo. Hay tantos coches allí que hay unos guardias especiales para pararlos y ordenarlos. Hacen mucho ruido. Son muy bonitos los coches en la ciudad. Recuerdo uno que era tan grande como un tractor pequeño y relucía entre las luces de las calles. Era digno de ver, si.

-¿Luces en las calles? ¿Cómo las farolas del camino a la estación?

-¡No, hijo, que va! Son luces de muchos colores, colores artificiales, que no se parecen a ninguno que yo haya visto por estos parajes. El verde no es como el de los árboles o la hierba. Brilla como una joya. Son como una barritas rellenas de color brillante, más aún que el fósforo, más aún que una luciérnaga, si, hijo, así son las luces de la ciudad. Por la noche hay tantas que parece de día a las 2 de la madrugada. Hay bullicio. No es como aquí. Allí hay gente por todos los sitios, vestidos muy elegantes y corriendo, parecen chiquillos que corren para acá o para allá. Parece que nunca duermen.

-¿Y por qué fuiste allí, abuelo?

El viejecillo encorbado estaba en cuclillas y tardó un poco más de la cuenta en responder a la pregunta ansiosa del chaval porque veía la sombra de un pez que se aproximaba a su sedal. Espero paciente, llevándose el dedo a la boca para callar al chiquillo. Cuando izó la perca fue como se cogería un rábano de un bancal, lanzó un pequeño resoplido, y le dijo a su nieto que le diese el cubo donde estaba sentado. El muchacho lo hizo con regocijo, pues aunque le daban un poco que asco, los peces escurridizos en el cubo le hacían gracia. Cuando hubieron acabado la maniobra, el abuelo prosiguió:

-Fue cuando la Guerra, hijo. Vinieron aquí con unos camiones y nos fueron llamando a los que tocábamos músicas o escribían poemas. Nos subieron en el cachivache ese que olía a coles podridas y nos llevaron a un campo de entrenamiento. ¡Fue duro, demonios! Los sargentos nos gritaban y nunca hacíamos nada bien. Y así fue todo el rato. Después nos dieron un permiso y fuimos en un autobús a la ciudad. Y allí vi todo lo que te estoy diciendo, hijo, así fue, si. Cuando volvimos tuvimos que marchar a Zanzíbar. Yo estuve en una escuadra de aviones. Y por eso es que me he dedicado toda mi vida a fumigar los campo, hijo. Al menos las asquerosas palabras del sargento me sirvieron para algo.

-¿Y quieres volver? ¿A la cuidad o a Zanzíbar?

-No, hijo, no quiero volver a ninguno de esos dos malditos sitios del diablo, no señor, en la vida.

El viejo cogió el banjo y cantó suavemente, susurrante, entre los dientes, una canción de la chica de sus sueños. Esos sueños que nunca se harán realidad.

El sol se puso, las ranas se pusieron a croar como desesperadas y olió a pescado asado en todo el entorno del oxbow de Perro Negro (pues así lo había bautizado el viejo).

sábado, 4 de septiembre de 2010

Un recuerdo para S.H.



"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."
Esta tarde, en remojo, con un agua fresca rodeándome casi por entero, miré hacia arriba. Era raro, era extraño, o es que acaso no me había percatado que en verano hubiesen cielos de Flandes. Me explico. Para los que sean nuevos o no se acuerden de mis idioteces. El cielo de Flandes es aquel de tonalidades grises medios y azules muy apagados, con grandes nubes, dejando algunos huecos en los que se percibe el azul celeste del cielo normal. Es el cielo que tienen los cuadros de los maestros flamencos. Entre tanto iba yo observando los fenómenos atmosféricos me di cuenta que echaba de menos a alguien. ¿Un amigo? ¿Un antiguo amor? ¿A mi pájaro Cuclillas? ¿A la gata Lucifera? Echo de menos todas esas cosas a menudo, pero mientras estaba flotando como una boya en un mar en calma me acordé de mi sempiterno acompañante durante este verano, el señor Sherlock Holmes. Y es que he ido alternando la lectura de los múltiples libros con las historias de S.H. Eso hasta que anteayer acabé las obras completas del simpar personaje.
O sea, me he leído todo lo que el autor escribió sobre él (llamado el Canon, parece ser), que a lectores menos amodorrados que yo le podía parecer repetitivo, y aún lo echo de menos. También a su narrador y amigo Doctor en Medicina John Watson. Y a los irregulares de Baker Street. Y a tanta belleza victoriana que se privaba cuando ocurría algo misterioso o sorprendente.
Un personaje puede estar más vivo que muchas personas. Poder incluso tocar con las manos la babucha que cuelga de la chimenea, a modo de calcetín para Santa Claus. Se puede oler su maloliente pipa llena de tabaco negro y sentir su presencia.

Y ya cambiando de tercio, y hablando de presencias, me he sentido un poco invadido, un poco observado, espiado y quizás poseído, cuando entre los relatos de Guy de Maupassant que devoraba después del baño, me he metido entre ojo y ojo, entre neurona y neurona El Horla. La descripción de un aquejado de depresión y ansiedad es evidente (al menos para un sufriente de dichas enfermedades), pero tal y como desarrolla el franchute el cuento –como un diario- le da un toque sobrenatural, pero sutil, que realmente acongoja, por no decir la rima. Me está gustando realmente este Guy, del que nada había leído, y que tan joven murió. O sea, al contrario que Sherlock Holmes (y de su creador) que cumplió el siglo en los 50 de la pasada XX centuria.
Y una vez escrito esto me vuelvo a preguntar otra vez ¿realmente interesa esto a alguien? Bueno, yo creo que si. A la gente que lea, que se sentirá identificada. O quizá no… ¡yo qué sé! Buenas noches nos de el que espera soñando en el fondo del mar.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Descripción Acción Camión


Por perderme en la descripción, y no centrarme en la acción mis relatos son una mierda como un camión.

No he estudiado literatura ni me sé las figuras retóricas ni la madre que las parió. No sé narrativa comparada e ignoro, talque los misterios del universo, el análisis sintáctico de una frase. Lo que si sé es que, como lector que soy, los tres minirelatos –uno de los cuales ha crecido hasta llegar a cuento- que he empezado solo se fijan en detalles nimios y después no pasa nada. No avanza la acción. Bueno, en uno de ellos que es humorístico quizá no sea tan imprescindible que la acción avance demasiado: pero es que hay uno de miedo que el terror lo provoca la imprecisión de mis palabras y el no llegar a ningún sitio. Me podría tirar el pego de que abro nuevos caminos en la narrativa y que patatín patatán. Mentira podría. Soy más clásico que una columna jónica y mis innovaciones no van más allá de un localismo o un arcaísmo aplicado a un ambiente en condiciones normales. Lo de las condiciones normales es una cosa de gente de ciencias, pero para el caso es lo mismo. Llevo sin ser productivo demasiado tiempo. Yo, el que pretendía seguir con la novela sobre Oliver y la Antártida que empezara hace dos años, he vuelto a fracasar estrepitosamente. No soy capaz de escribir muchas líneas al día, y las que escribo después las cambio y las estiro como un zapato estira un chicle pegado en el asfalto estival. En realidad no existe ningún asfalto estival, sino asfalto caliente por el calor estival, pero yo creo que se entiende.

O sea, ¡que no, pardiez! ¡Que soy un fraude! Hay que ser cocinero antes que fraile, y antes que cocinero pinche. Yo estoy a nivel de cascahuevos (que mal suena esto). Leer a Chesterton, Vonnegut, Le Fanu, Conan Doyle o Conrad no ayuda a formarme un buen concepto propio de las mierdas que escribo. Mierda como camiones.

Y no entraré en el discurso democrático de que eso lo tienen que decidir ustedes, porque esto es una dictadura. La mía. Yo, como decía aquel, muevo los hilos.

Por lo menos aquí.

sábado, 28 de agosto de 2010

yo


Pastillas de litio

y mente borrosa

y siempre hablar de las mismas cosas.


Botellas vacías

polvo acumulado

mi propio Diógenes adelantado.


A internet enchufado

las noches de invierno

o en este verano que parece infierno.


Castidad forzada

castidad elegida

los recuerdos no dejan que cure la herida.


Melón por cabeza

la dú es escasa

hoy tampoco quiero salir de mi casa.


Pastillas de litio

y mente borrosa

y siempre hablar de las mismas cosas.

jueves, 19 de agosto de 2010

El pacto de los artistas soldados

The Times, 2/2/53

Reunidos en el Club Diógenes de la capital londinense, en un ambiente tenso, pero respestuoso, según los presentes autorizados para hablar a este periódico, el Foreign Office de la Confederación Occidental, con Mycroft Holmes al frente, el grupo Alemanoide, liderado por Otto Klahe y el zarevich Mijail “Micha” Tolstoi por el COMECOM han firmado la llamada “Acta de la Guerra Limpia”, conocida por el gran público como el pacto de los artistas soldados.


Propuesto por el Ministro de Guerra de la Confederación Ibérica hace algunos meses se basa en que las guerras, inevitables en nuestro mundo moderno por el normal desarrollo de los intereses de las grandes potencias, serán más humanas si la comandan personas que se dediquen al campo artístico, ya sean escritores, pintores, escultores o actores. Acogido con gran júbilo por los respectivos pueblos de las disferentes áreas, a los gobernantes no les ha quedado opción que apoyar el Acta, aunque con grandes reticencias por parte de sectores del ejército prusiano, ibérico y galo. Britannia se mostró decidida desde un principio, ya que el pensamiento de que las personas que interpretan a Shakespeare serán caballeros en el campo de batalla, y evitarán los desagradables daños colaterales que siempre se dan en estos conflictos.


Nadie por entonces sabía que en el 57 Prusia y Austria invadirían Zanzíbar por su preciadas especias darían lugar a una cruenta lucha en la que participaron todos los artistas de una generación, quizás de las más brillantes del siglo. Intelectuales de todas las naciones fueron adiestrados y montados en aviones, barcos y tanques. Amigos fuera del campo de batalla, acabaron matándose los unos a los otros de mala gana. No se consiguió minorizar el daño sobre la población civil. La alta capacidad e inteligencia de los soldados y mandos pensando en su supervivencia solo hizo alargar una guerra que apenas repercutió en la vida de los estados, reinos y dictaduras en conflicto. Los obreros, agricultores y demás oficios productivos siguieron en sus puestos, y mientras. las universidades y cafés se vaciaban.

Pero lo más extraño de todo es que cuando todo acabó no hubo rencor entre los combatientes, amargados y solitarios se movían por los cafés sustentados por la escasas pagas y trabajos de baja estofa. Fue la época de los artistas veteranos, que jamás contaron ni en sus libros ni en sus películas batallitas de ningún tipo. Simplemente obviaron la guerra. Como una mala digestión o un dolor de muelas pasado.

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Preámbulo de EL CAFÉ DE BERTA, recientemente publicado en LA REVISTA del Círculo de Artesanos, y rescatado de mis archivos.

martes, 17 de agosto de 2010

Diario de Mameluco Morales, licenciado en Geología y párvulo en la vida corriente



Jamás hubiese imaginado, tras leer por enésima vez, en palabras de John Watson, doctor en medicina, el relato titulado El Problema Final, que me quedaría durmiendo de pie esta madrugada, mientras bebía agua del frigorífico. Lógicamente fue cuestión de nanosegundos, pues si no me hubiese precipitado al suelo, teniendo en cuenta mi laxitud a horas tan tardías y mi peso, que aunque ignoro, intuyo por las fotos que veo de mí mismo, es bastante elevado. Por cierto, que mis tobillos también lo sienten. Lo mismo me había ocurrido minutos antes mientras mingitaba sentado y mi cabeza dio levemente contra la pared. ¡Es toda una suerte que el cuarto de baño sea tan estrecho, pues presumo que sino hubiese hocicado contra el suelo de loza!

Pero volvamos a la raiz del asunto, que en realidad puede ser la ciclicidad, la repetición de mi conducta y que en realidad todo vuelve. Yo también me lo busco, que conste.

Anoche, como comenté con anterioridad releí el relato donde Sherlock Holmes muere junto al perverso profesor de matemáticas Moriarty (era malvado por ser un criminal, no por su teoría del binomio, que tan en boga estuvo tiempo atrás –casi sic-) en las cataratas Reichenbach. Lo mejor del caso es que si nos remitimos a mis archivos, en Septiembre de 2008, donde yo deseaba fervientemente ser un dinamitero a la manera de G.K. Chesterton, comentaba ya la muerte del detective consultor.

Todos los aficionados a lo holmesiano sabemos que Conan Doyle mató a su personaje porque estaba harto de él, y quería ser un “escritor serio”. Las definiciones de escritor serio pueden ser múltiples, variadas y dispares, pero serio me sale en los sinónimos del Word (sí, ese que va en el perverso paquete Microsoft Office, del maléfico Bill Gates) como sensato,y no es muy sensato hacer una cosa bien y dejar de hacerla, al menos pienso yo en mi fuero interno. Si escritor serio es sinónimo de aburrimiento, no quiero escritores de dicho tipo en mi mesilla de noche.

Hoy, en los días corrientes, la gente ensalza el ensayo como panacea de la sensatez, aunque algunos sean menos sensatos que un orangután con un escalpelo suelto por una guardería. Yo apuesto definitivamente por la ficción. Ya lo hablaba el otro día (ya les digo que me repito como el ajo, aunque yo no sea tan bueno para la circulación) del tema.

La lluvia caída anoche a lo mejor me ha refrescado y han animado a escribir a mis oxidados dedos. Pero la verdad es que escribo parrafadas en el Facebook, en otros blogs o donde el gran Cthulhu me dé a entender.

Hay gente que aún no comprende que soy un sujeto, un intento de persona humana, de grandes contrastes. Soy, me siento, como un personaje victoriano en mi imaginación, y como mi imaginación es más poderosa que mi raciocinio, me quedo anclado en mi fabulación. Total, para la mierda de mundo que siempre ha existido, puede elegir cualquier época.

Elegiría el Mioceno Medio, pero como no hay otra gente me aburriría.

sábado, 14 de agosto de 2010

Cuento de la mosquita muerta


Érase una vez que se era,

una mosquita verde

que era tan delicada

y primorosa

que solo picaba

en las mierdas de los

niños más guapos del barrio.

Un día, desobedeciendo

a su mamá mosca,

rebasó los límites del descampado

donde la mosquita

vivía feliz,

pero intrigada por saber

que se hallaba

a la vuelta de la esquina.

Vio tiendas de golosinas

y una parada del rojo

autobús 33.

Una pescadería,

donde sus semejantes

se paseaban por los ojos muertos del pescado.

Un mojón de acre olor

que no probó,

por estar lleno de moscas corrientes,

sin la panza verde de la mosquita,

ni azul, tan siquiera.

Llegó al final de la calle

y quiso continuar.

Cuando llevaba un rato volando

entre árboles nuevos

y desconocidas farolas,

una luz violeta

la invocó,

y nuestra mosca,

nuestra mosquita verde

como la esperanza,

hipnotizada por el color y el zumbido,

se precipitó

a un extraño lugar enrejado.

La mosquita murió

electrocutada

cayendo sobre la sopa

de un señor con bisoñé.

Nuestra mosca, verde,

nuestra querida mosquita,

muerta.

Fin


Villa Merino, 10 de Agosto de 2005

jueves, 12 de agosto de 2010

Leyendo a Blackwood


Leyendo anoche un librito de Blackwood no pude evitar pensar en la masa vegetal que nos rodea. Sinceramente no sé si ustedes llegarán a leer el relato El hombre que amaba a los árboles, pero la cuestión es que la mezcla de opresión y libertad que se describe es parecida a la angustia somnolienta de los depresivos. El bosque acecha, la mujer del hombre que amaba a los árboles espera que su Biblia y su Dios ayuden en la irremediable fusión entre el alma del hombre y el alma vegetal. No les voy a contar el final, pero bueno, sabiendo los ominosos relatos y universos invisibles que me gusta deglutir, háganse una idea.

Llevo un buen ritmo de lectura, pero a cada libro que fulmino con mi escrutadora mirada, más convencido me hallo de que jamás llegaré a ser un escritor de verdad (uno bueno), solo un blogger impertinente, pero inofensivo, que ve como única vía de escape para sus tonterías el que ustedes las lean anónimamente, o manifestándose la menor de las veces. Es, pues, como el espíritu del blog que me encadena, pero me libera, y me hace llegar a los sitios más remotos. Si, es ego elevado a la enésima potencia, pero los que luchamos contra la total falta de autoestima tenemos que buscar soluciones drásticas. Escribir aquí es de las pocas que desarrollo, pues es la única posible en este enorme mundo amarillo, lleno de bolsas de plástico, chicharras y camiones pasando.

Jamás me libraré de los camiones. En mi calle, en medio del campo, al lado de la nacional. Los camiones gastan goma en los asfaltos a todas horas del día. Las chicharras al menos callan en la noche. La noche que presagia el espíritu de los árboles.

En realidad, y como pueden observar, esto no deja de ser un ejercicio, un pasatiempo, un puzzle barato de sílabas y vocablos, pues nada digo de interés. Quizás las personas que me conozcan de algo verán algún atisbo de realidad, pero también de incoherencia. Es un ejercicio, repito. No es verdad ni es mentira. Es ficción. La ficción está entre dos mundos. Toda ficción se basa en alguna verdad. Aversiones, descripciones, sugerentes historias, amores, desilusiones, sueños y odios. Luchas épicas o intimistas reflexiones. Todo surge de una verdad, aunque sea ficción. Lo que pasa que la ficción enriquece, como dice el anuncio del Avecrem, lo que se cuece en las mentes de los autores.

No sé si lo que escribo es ficción o realidad. No me preocupa. Son las 11:12 de la mañana, los camiones pasan, las chicharran suenan y los pájaros hacen ruiditos. Yo tengo sueño, sed, me duele una oreja, esta silla tiene el culo muy duro, y en breves momentos, después de colgar este amasijo de letras en el blog, le echaré un vistazo al FB, y me sumergiré de nuevo en las descripciones rocambolescas y precisas de Algernon Blackwood, esperando soñar. Soñar me pone triste. Y así es como debe ser.

jueves, 5 de agosto de 2010

Bigotes



A veces a uno le dan arrebatos y hace cosas a lo loco. Este no ha sido el caso, aviso para navegantes.

Desde hacía algún tiempo me rondaba en el perol (en su acepción de cabeza, mente o similar) cortarme las barbas de semejante guisa, como pueden ver en la fotico de arriba. El lunes, dicho y hecho. Me afeité con la maquinilla dejándome los decimonónicos bigotes que ahora luzco con orgullo. Me pueden decir que parezco prusiano, austrohúngaro, un policía victoriano o como mucho un ángel del infierno. Pero me han dicho desde bandolero hasta Fumanchú, me han comparado con no sé quien que vendía lotería en mi pueblo en el año del pum y con otras cosas inverosímiles que nadan tienen que ver con mi noble y sencillo objetivo de parecer un señor antiguo durante algunos días de vacaciones estivales.

¿No es manifiesta mi intención? ¿o acaso soy confiado? Y mi mostacho molón, se convierte en un fiasco. Digan lo que digan, contento estoy con mis bigotes.

Y no es por esnobismo, ni por modernez, sino porque me gustan los tipos con cascos puntiagudos, como pueden observar en mi avatar de tantos años.

Así que si leen esto y por la calle me ven, cuenten hasta diez antes de decir cualquier chorrada, que estoy susceptible yo y quien avisa no es traidor. Les reto a un duelo más rápido que arde un misto (cerilla).

miércoles, 28 de julio de 2010

Bed Room


Vivo entre arañas

entre arquetas de ladrillos retorcidos

y una lámpara de lava.


Vivo con un pulpo de tinta

con una percha quebrada

y aún con más arañas.


Duermo entre un cama

y un ventilador de techo

y bajo mí, cochinitas en el suelo.


Veo una cabra, y pintas

de cerveza con caras de piratas

y en un interruptor mi primo que calla.


Tengo un infierno de libros secretos

tan poco escondido

que nadie lo ve.


Sobre el cabellete manchado

el inacabado cuadro adolescente

de montañas y un ciprés.


Ultraman de bararillo

Mister Potato Euskaldún

Hello Kitty pastillera.


Y un sombrero de hortelano

pintado de azul

que al final no fue el definitivo.


martes, 27 de julio de 2010

Estío Bufo

La piscina de mi retiro bucólico pierda agua por una de sus aristas. No fui consciente de ello hasta que el otro día vi la esquina mojada y dos ojillos brillantes. Entre la oscuridad y el mimetismo del animalillo estuve mirando un instante hasta percatarme de que era un pequeño sapo. Parecía desamparado, solitario –incluso triste-. Lo cogí. Era ridículamente diminuto y fofo. Su enorme panza -dentro de lo insignificante de su envergadura- era fría y parecía blandiblub. Lo exhibí ante las visitas y volví a dejarlo donde estaba. Al principio parecía estar atontado -nunca me he fiado de los animales de sangre fría-, pero un momento después tomo fuerzas de su fofedad y se metí en una grieta que parece ser que lleva a su casa subterránea de cemento y agua clorada. Vive, según creo debajo de una losa que está un poco levantada.

Si G. y yo lo hubiéramos visto de pequeños sería una gran prueba más de que conducía al submundo enterrado de los gnomos. Porque G. y yo veíamos gnomos de pequeños. Es una convergencia azarosa a las niñas que veían hadas y que Sir Arthur Conan Doyle se tragó tan vehementemente como otros teósofos de la época. A nosotros, por el contrario no nos creyó nadie. Bueno, tampoco fue tan grave, porque era mentira. No sé como surgió. Creo que mi prima Mari Carmen, nos metió en la cabeza que dejado de nuestros pies había un mundo de minerales y gnomos. Éramos por aquel entonces aficionados a los minerales, y siempre tuvimos imaginación. Pienso que ni lo hablamos, alguno de nosotros lo dijo: ¡un gnomo! y el otro siguió el juego. Mis primos mayores, cual inquisidores del Santo Oficio nos separaban e interrogaban, para demostrar la falacia de los gnomos de la campiña. La verdad caía por su propio peso -cada uno decía un color de blusa- y poco a poco el rollo fue cayendo en el olvido y pasamos a otros juegos infantiles de veranos eternos, calurosos, polvorientos.

Pero creo que durante esos días, entre sueños, vi la sombra en la ventana de un anciano diminuto de sombrero cónico, echado en la pared fumando una pipa. Yo veía alucinaciones de vez en cuando, así que todo estaba correcto.

Ahora me conformo con el mundo entre rendijas del sapo, saturado y oscuro, que no por ser prosaico y explicable por las leyes de la Naturaleza y el Cosmos deja de ser fascinante.

 
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