La vuelta a la azotea ha sido más dura de lo esperado. El tiempo se hacía eterno y solo una mosca zumbona, como de día revuelto, se topaba con el cristal, buscando el cielo gris. No es que no me haya cundido, es que no he podido estar el tiempo que hubiese querido. A lo mejor me exijo demasiado para ser el primer día, el lunes de pascua. Esas cosas aquí son intrascendentes. Las tiendas abren y las nubes siguen su camino. Bueno, lo último que he puesto es una tontería. La meteorología no depende de los días que inventemos los humanos para que sean fiesta. El cielo gris esta vez no era el Northern Sky de Nick Drake, sino más bien el cielo gris del sur. Me gusta el contraste del gris y el blanco de las paredes encaladas. Son días más tristes que los normales. Lo blanco está diseñado para refulgir con el sol del mediodía y no para estar como bajo una bombilla a media fase.
Las cosas me afectan mucho estos días y cualquier tontería desestabiliza mi microcosmos de desayuno de magdalenas y pastillas blancas, verdes y siena claro.
Ya se han ido las visitas, mis tíos y mis primos. Ya solo queda mi teléfono despertado, los apuntes, las rocas detríticas y las ganas de escapar en ocasiones. Algunas veces esas ganas son más terribles que otras porque el viaje sería más irreversible, pero son las menos. Últimamente son fugaces esas ideas en mi cabeza por suerte.
No se porque tengo la imperiosa necesidad de contarle esto a todos. Será que estoy en un mundo cerrado, estanco, y no quiero cansar a nadie de mi entorno con problemas.
Ustedes democráticamente me leen si quieren. Esto es lo bueno.
Sin obligación me siguen.
Gracias.





























