lunes, 26 de diciembre de 2011

II Concurso de Microrrelatos del Blog de Mameluco


Bueno. La cosa va así. Ayer me enteré por casualidades de la vida que la última entrada escrita hace ya un buen tiempo era la 550. A mí, como soy de natural acumulativo, el número de las cosas me gusta, así que lo puse en la página de FB que Miguel Mameluco Morales dedica a Mameluco (a secas) como parte de su ansía de que todo el mundo lo conozca -adore- y le rendan pleitesía. Eso en realidad no pasa, claro. El mundo no está tan loco. Pero sí hay gente que sigue mis tonterías por ahí. El caso es que La Gata Chundarata me sugirió que hiciera un concursito de estos míos para celebrarlo. Y dicho y hecho.
Como el que celebré a comienzos de este años se seguirán las reglas instituidas por la insigne blogger Ana Arándanos hace siglos, que corto y pego:

Convoco un concurso de microrrelatos. La idea no es ver quién gana y restregárselo a los demás sino obligarnos a escribir y ver qué historias sacamos de alguna palabra.
Los cuentecitos (por definición de “cuentecito”) tienen que ser cortos, propongo que sean de un máximo de 600 carácteres (sin espacios). Tampoco voy a ser muy estricta en este sentido, si te pasas en 10 caracteres no te voy a descalificar porque la idea es pasar un buen rato, aunque viene bien tener un límite para obligarte a quedarte con la esencia de la historia (por cierto, si tienes dudas sobre como contar automáticamente los caracteres en Word dímelo y lo explicaré en comentarios).
El cuento tendrá que contener una palabra o frase que se anunciará previamente.
El sistema de votaciones será publico, es decir, no hace falta haber escrito un microrrelato para votar. Pido, eso sí, corrección a la hora de dar vuestra opinión. Que quede claro que no es cuestión de hacernos la pelota mutuamente sino de poder hacer crítica de manera educada y sin ofender a nadie. Tampoco hace falta dar una crítica digna de un sillón de la Academia de las Lengua, puedes decir simplemente cuál te ha gustado.
Yo escribiré también microrrelatos para que a nadie le dé verguenza hacerlo pero los míos no entrarán a concurso (aunque por supuesto podéis criticarlos como cualquier otro).
Como he dicho, es algo para divertirnos así que no hay premio material. A ver si la gente se anima, podéis dejar vuestras sugerencias y vuestra opinión en los comentarios.
Ejemplo: “Oh, sí! Es la oportunidad que siempre estuve esperando, me apuntaré a todos los microrrelatos y se lo diré a mis amigos!“

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¡Ea! Los cuentecillos se dejan en los comentarios del blog. Máximo de 2 por persona y/o nick.
Tienen hasta el 15 de Enero de 2012.


POR FAVOR NADA DE FALTAS DE ORTOGRAFÍA. ESTARÁN PENADAS (con la muerte, no es broma) A NO SER QUE SE DEBA A UN DESPISTE EVIDENTE.
Cuando llegué la hora, pondremos todos los microrrelatos válidos, explicaré como votar y esas cosas para los que no partiparon en el proceso el año pasado.

La palabra clave es MUERTE.

¡Ah! Bueno, se me olvidaba la sección premios. Como mi economía no me permite comprar grandes regalos ni nada, el premio es la honrilla de ganar y la publicación de los ganadores (los 6 más votados) en un minilibrito hecho artesanalmente en la imprenta de mis ancestros. 2 de sus páginas las reservo a dos relatos de mi propia elección –para mangonear un poco-.

Difundidlo amigos, para que participe mucha gente y mejor nos lo pasemos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

OTOÑO




No sé si en Sevilla, pero en mi calle la lluvia es una maravilla. No tiene que venir ningún pigmalion a contármelo. Me gusta la lluvia. Hoy, volviendo de Granada en el Supra –eso si es confort-, he visto los ambientes otoñales por fin asomar la cabecita por el horizonte. Terrenos grisáceos, cenicientos, sin apenas contraste con el cielo, que humeaban. Se asemejan, o yo lo relaciono en mi baúl de recortes neuronal, a cuando Oskar Matzerath estaba con su abuela, asando patatas y se metía debajo de las cuatro faldas. Su madre fue así concebida, pues una vez el abuelo de Oskar huía por los cambos de Cachubia  perseguido por unos gendarmes y halló el cobijo debajo de las cuatro faldas. Y de ahí salió la mamá de Oscarnello. Unas ruinas de algún cortijillo cubiertas por completo por el verdín y la hierba. Es una de mis ideas de algo bello. Lo ruinoso invadido por la naturaleza, esa que siempre vuelve a su cauce, sea como sea. Y los bancos de niebla, la bella precipitación por condensación, nebulosa y misteriosa, hacía que las alamedas de repoblación, cuadriculadas y en fila india, se mostrasen más desparramadas por la vega, como anárquicos estratos de realidades superpuestas que, por azar o porque las estrellas están en conjunción, se revelan ante nuestros ojos inocentes, dispuestos a ver cosas que no existen por el mero hecho de imaginar yuxtaposiciones de universos paralelos. Una vez llegué a mi destino intermedio, Baena, el sol aparecía de cuando en cuando y las nubes bajas gigantes, grises y blancas, se movían a velocidades supersónicas por detrás del perfil de la urbe. El cielo del fondo era aborregado, de nubes altas que se entrelazan como formado un tejido poco trenzado.
Y ahora, por la noche, llueve, y el frío tan deseado tampoco es que acabe de llegar, pero los calores del ya verano de casi seis meses se fueron al sur, con las aves migratorias, que ya no migran ni nada. Ya no se van ni las cigüeñas. Por San Blas ya no verás a las cigüeñas llegar pues no se fueron ya más. El maldito cambio climático hará que crien naranjas en Dinamarca, pero a los países mediterráneos nos va a hacer parecer el Rif, me cago en tó lo que se menea. Habrá personas que nieguen la mayor, pero que yo tenga que sentir por fin el otoño el día 4 de noviembre es para darme cabezazos contra la pared. Pero bueno. No está todo perdido. Quiero comerme una castaña. No me gustan mucho, pero es el único sabor del otoño que puedo soportar. Porque esa es otra… ¡qué no sabíamos cuando iban a llegar las granadas este año! Si es que las temporadas, los trabajos y los días se van perdiendo. Pronto, muy pronto, encenderán las malditas luces de Navidad y se creará falsa imagen de fiesta. No es que esté en contra de las Navidades –son otra cosa más del año gusten más o menos- pero no que empiecen en Noviembre, Corte Inglés.
Disfrutemos pues del otoño, de la lluvia y el mal tiempo –que no es sino bueno, para mi mente y para los campos-, que ya vendrá el calor más rápido de la cuenta, si lo sabré yo. Yo y mi pierna que se hincha con las temperaturas ígneas del bien llamado estío.


Aparte, Fernando Márquez, el Zurdo, hombre del Renacimiento e intelectual en el sentido antiguo de la palabra, me invitó amablemente a participar en su revista digital Línea de Sombra. El tema era libre y yo elegí Lovecraft, en un ejercicio funambulista de escribir sobre algo trillado, pero siendo coherente con mis motivaciones para con el gran Cthulhu, mi señor de ficción, con el permiso del Monstruo de Espaguetti Volador, claro está.
Les invito a que se pasen:

lunes, 31 de octubre de 2011



Hola, amiguitos. Con esto del cambio de hora y que la cabeza me barrunta miles de cosas como ya expliqué ayer estoy que lo tiro todo por la ventana. Dos actualizaciones en dos días consecutivos. Inédito desde hace muchos años.

Esta noche hablaremos del gobierno.
 
Como ya hicieran Tip y Coll en la televisión les contaré lo que me dé la gana a mí, que para eso soy aquí el que paga las facturas de este chiringuito. El otoño se presenta potente, queridos. Y ya no hablo de mí y mis cosillas, sino el panorama general en el país. Se nos avecina un chaparrón de despropósitos, de mentiras, de brindar con los astros y de cantar las cuarenta. Arrastro, que dirían en la Subasta (o el subastao). Las cartas sobre la mesa son una lista de siglas y señores y señoras todo el día hablando de cosas que podrán interesar a un sector de la población, no digo que no, pero si prohíben fumar en los bares por el bien de todos, también deberían prohibir la precampaña, la campaña y la jornada de reflexión, porque vamos a ver: aburre.
En este mundo se puede ser de tó menos pesao, que dice el adagio con mucha razón. Si lo que defienden son unas ideas concretas que se han consensuado, que se pasan al Word, se le pasa el corrector ortográfico y se saca en una memoria ¿por qué tanto hablar? Si se ha de elegir entre cosas diferentes pues muy bien. Que lo den por escrito.
Mi propuesta es la siguiente, si nos tienen fichados por un número llamado documento nacional de identidad pues que nos hagan una cuenta de correo a todos los españoles, a todos los que llegados el 20N tengamos el derecho de votar (o no). Con la forma XX.XXX.XXX@españa.org cada uno tendrá su buzón listo para recibir en formato portable document format  o pdf (es el estándar ISO -ISO 19005-1:2005- para ficheros contenedores de documentos electrónicos con vistas a su preservación de larga duración. Fuente: Wikipedia) con el programa de todos y cada uno de los partidos políticos del cada vez más mermado espectro hispano. Mermado entre otras cosas porque tienen que reunir 35.000 firmas partidos que a lo mejor no llegaron a esa cifra ni de lejos en los últimos sorteos electorales.
Con esos archivos ya cada uno que obre en consecuencia. Yo les daría al spam a todos los mayoritarios, o sea, a los que consiguieron algún escaño, y vería que ofrecen los que nunca llegarán a ser una opción.
Solo he pensado, disculpen en la población que utiliza Internet, pero claro, escribo desde un blog y son el público al que me dirijo.

Esta democracia (a la que ya bauticé como pseudodemocracia neoliberal hace ya algunos años) sólo quiere saber lo que opinan cada 4 años, y es por un interés loco en la perpetuación lampedussiana de un sistema resquebrajado. Lo que se entiende como el gobierno del pueblo –si traducimos del griego a la gornú- es en realidad la gestoría de los pagadores de impuestos. De eso se trata el embolao. Mucho se ha hablado –a colación de los indignados- de que el PP y el PSOE hacen lo mismo. Pero me gustaría ver a mí qué harían los que tanto se quejan de su minoría en las cámaras por la injusta ley electoral si tuviesen la sartén por el mango –es fácil decir cuando no hay posibilidad-. No, no les estoy insuflando oxígeno a los mayoritarios, no, no es eso. Estoy diciendo – o más bien preguntándome- que qué harían si tuvieran que lidiar con el capital, con los bancos, con las multinacionales, con Bruselas, con Washington, con la bolsa, con los países musulmanes, con los iberoamericanos y con el sursum corda. ¿Qué cosas pueden cambiar si has llegado al poder (una hipótesis de trabajo) sin ser de los de siempre, pero jugando con el juego y con las reglas de siempre? A los políticos se los elige, bien es verdad, pero a los otros que he enumerado y que mandan más que cualquier ministro ¿los han elegido ustedes alguna vez? Porque yo no.
Querer cambiar las cosas desde dentro creo que nunca ha tenido demasiada eficacia, porque como en la mili de antes, el valor se le supone -yo me lo supongo-. ¿Cuántos políticos honrados con un discurso definido y que hayan tenido la ocasión de sentarse en la poltrona sin caer en corruptelas, juegos de niños, payasadas, pataletas y disparates han visto ustedes? Vuelvo a contestar yo si me permiten: ninguno. Al 15-M se le acusó de promover la abstención y ellos, muy dignos entre tiendas de campaña y bongos, lo negaron. Si no te gusta un sistema y estás indignado ¿por qué apoyarlo? Muchos dicen –como si hubiesen estado de maquis- que se ha luchado mucho para conseguir esto. ¿Esto? vuelvo a repetir ¿quién ha luchado para conseguir un país crispado lleno de políticos ineptos y avarientos usureros? Creo que sólo los políticos lo hicieron. Algunos –muchos- lucharon por unos ideales en sus tiempos. Otros tantos lucharon en contra de una dictadura –menos de los que se cuelgan medallas hoy-. Pero para reconducir el país a un sistema parecidísimo a la alternancia decimonónica sólo habrán luchado –que ni eso- los que quieren la libertad personal vigilada y la libertad del capital con el candao bien abierto. O sea los políticos y a los que les interesa la cosa así.
Cuando se llega al poder las cosas se olvidan con facilidad. No hay nadie que les sostengan los laureles pero a la vez les diga: sólo eres un político, tu tiempo está contado, tempus fugit. No, la avaricia, la ceguera del poder hace que se crean indestructibles, o lo que es peor, infalibles cual Papa de Roma –que tampoco es que no falle el hombre-.
¿Quién sale perdiendo? Para empezar, como en las guerras, la primera víctima es la verdad. Si se niega la mayor, el sentido común es incompatible con gobernar, pues la razón se basa en lo que es objetivamente mejor. Mejor para todos, claro. Estamos hablando de democracia, no de la herencia del tío Bartolo. Poner bien los pies en el suelo es un ejercicio que por miedo, por asco o por falta de ética, no practican mucho los políticos. Las ideas pierden igualmente. Ya no se entrelazan con la acción, sino que son los difusos cimientos románticos para tener una base para tener un empleo bien pagado. Ni hay socialismo, ni comunismo, ni tan siquiera democracia cristiana. Son cosas del pasado. La única verdad el liberalismo económico, que intentan esconder dando palos de ciego en eso que se llama política social. Solo hay recetas basadas en lugares comunes. Remiendos y parches para tener debates en televisiones, radio y prensa.
Lo peor, después de todo, no son los políticos a lo mejor, sino la gente que los sustenta, y cayendo en el tópico más rastrero decir que cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Yo no tengo soluciones globales. Lo he dicho mil veces, pero en mi cabeza, aunque algo perturbada, tengo la noción de qué debería hacer, y eso hago. A lo mejor las cosas no son como las digo o quizá me digan exagerado. Pero yo, como los hermanos de la peli de Spike Lee, doing the right thing. Y ya.

Eso es lo que pienso, y como mi cabeza es una dictadura mameluco no quiero oír matizaciones, comentarios ni nada parecido.

No es que les prohíba opinar, sólo que no les haré caso.

domingo, 30 de octubre de 2011

Budas imaginados entre otras cosas...


Cuando las cosas no van demasiado bien reacciono siempre igual, pero a la vez diferente. Me da por distintas cosas.
El insomnio si es recurrente, pero las cosas que pienso son diferentes. Cuando hay un tema concreto que me trae por la calle de la amargura, masco la situación –casi siempre es un rollo mental de retroalimentación de despropósitos-, pero otras pienso en cosas que haría si tuviera ímpetu y ganas. Son cosas bonitas, no se piensen. No implico a segundas o terceras personas, sino que son propósitos de enmienda que sé sin lugar a dudas que al día siguiente se habrán escapado por el sumidero extraño de lo vigil justo antes del sueño. Invento personajes, diálogos o tramas. También ideas para cuadros, tebeos y chistes. Todo es un espejismo.
Ahora mismo, justo antes de emplitarme, siento que dormiré en seguida, pero el error volverá y aunque haya una horilla más esta noche –nos devuelven los que nos quitaron en primavera- muchas veces no me duermo porque no quiero que el mañana alcance la estancia. Ojalá el mundo siguiera eones ahí fuera, tras las cortinas, tras las persianas venecianas, tras las rejas de hierro que impiden mi huida –estaban aquí por una tienda antigua, que yo no conocí-. Quiero dormir y dormir y que mañana no sea domingo, o si lo fuese que fuera un domingo de 1982, cuando el pequeño Mameluco garabateaba folios y soñaba con los Budas gigantes. Ir a Afganistán donde una caravana me llevaría a ver esos Budas, hoy destrozados por las mismas manos que los tallaron en roca viva, la de los hombres. No son los mismos hombres, pero hombres al fin de al cabo. Es como si el yo lo pongo yo lo quito se repitiese para siempre. Pienso en las estrellas, y en el centro de la Tierra. En la evolución de las especies y en los dioses inventados que se me antojan más reales que los que nos quieren hacer pasar por auténticos. Me acuerdo de cuando fui feliz no siendo yo sólo. Reflexiono sobre todos los errores cometidos hasta llegar al día de hoy. Esta tarde estaba triste. La ansiedad me comía, pero en cuanto me pongo delante de los apuntes quiero huir de nuevo, y mi mecanismo de evasión es, nuevamente el sueño. No puedo actuar como un autómata solamente por la existencia de la voluntad. El triunfo de la voluntad es algo vedado para mí, y que sólo se me permite en extrañas ocasiones, por alineación de planetas o algo que escapa a mi humilde compresión de gordo materialista y sentimental.
Aquello que en un día es un océano, mañana puede ser un arroyo, que a su vez se puede convertir en uno de esos ríos enormes que abundan en Asia y América.
Arrojo mi ceniza a mi Ganges imaginario, creyendo que la rueda del Dharma obrará milagros sin tener que morir para ser otro. Pero enseguida me replanteo la cuestión. No quiero ser otro, quiero ser yo. Y eso es un inconveniente, claro. Si tuviera que pasar la supervisión de un operario me enviarían al desguace, al contenedor de basura orgánica o harían jabón con mi barrigón de descomunales hechuras.
Voy a ver lo que pienso hoy.
Sin duda en este post. En su falta de comentarios y en que sólo lo que pienso me hace ser real. Y los pensamientos y la realidad se dan de bruces.

Budas Gigantes, ¡venid a mí en la madrugada donde nos regalan lo horeja perdida!
O si no, mañana estudiando miraré a las resistentes moscas o a la calle, que estará desierta por ser domingo.

martes, 18 de octubre de 2011

(sin) Variaciones




Mediodía.
Glenn Glould inunda la habitación en semipenumbra y llena de botellas. Impertérritos miran las pegatinas de la torre del ordenador a la pantalla, buscando algo que no sea Facebook o Wikipedia.
Las cortinas y las persianas venecianas paran la luz demasiado brillante para ser el otoño que yo espero. Mis “jechuras” de oso me llevan por el camino de que el invierno es inminente y pronto tocará dormir hasta bien entrado Marzo. Como de una forma oportunista, en el sentido etológico de la palabra. Una forma más de imaginar a estas horas en las que Bach ha descendido por la banda ancha las variaciones Goldberg que no he de estudiar esta tarde. De hacerme la fútil ilusión de que mañana no tendré que hace un viaje en diferentes fases. Castro del Río – Granada . Estación de Autobus – Paseo del Salón. Paseo del Salón – La Zubia. No, inexorablemente, si no muero antes en sueños o me estalla el corazón, haré de la rutina hecho autobús mi Miércoles.
Todo el hartazgo vital acumulado en los 35 años que llevo respirando aire se manifiesta estos días como si esa desidia fuese un “indignado”. Yo ya no me indigno ni con mi propia colmatación de defectos mentales, pues afloran con el tejemaneje cholil del estudio, aparte de por otras cosas que por confidencialidad, vergüenza y honestidad me callaré. No comprendo muchas cosas que me ocurren. La ansiedad viene ya hasta de una forma desganada y perezosa, dándome intervalos de malestar intenso y calmas chichas de auténtica  desesperación tranquila.
No nací para estudiar y es lo que llevo haciendo toda la vida. Solo los interludios entre los apocalípticos momentos de codo en mesa, me ha dado la cordura suficiente para plantearme las cosas y decidir el camino a seguir.
No sé hacer nada con lo que pueda vivir sin pasar agonías. Hoy el saber por el saber está muy mal visto, salvo en los concursos de la tele.
Tararea Glenn Gould y las telarañas de mi cabeza enredan solo recuerdos ácimos, como los panes sin levadura. La fermentación o destilación de mis peores humores sería lo conveniente, pero como conservados en formol de feto flotante, el pasado reverbera todos los días haciendo que los dolores y cicatrices no curen, y que la saturación de inseguridades se mantengan en el nivel potenciométrico de hace seis años.
Mediodía.
Tarde y noche.
Mañana.

Será otro día.
Habrá que buscar la variación.Habrá que improvisar el arte de la fuga.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Literatura para perros


Recuerdo que mi primer empiece fue una cosa llamada DESTRUCCIÓN, escrita en una libreta de cuadritos. El primer empiece de una novela, quiero decir. Hace ya algunos años, antes de que descubriera que en la internet ponías cosas y la gente a lo mejor te leía. No eran tiempos analógicos, se vayan a creer. Simplemente no había entrado de lleno en el mundo este amateur de las bitácoras personales de sujetos desconocidos. Lo escribía entre clase y clase, en la Cafetería Menorca (¡Ay! La Menorca ¡cuánto te echo de menos!) o la ONYX. Estos locales distaban bastante de ser un Café Gijón o sitios superguays de infusiones careras y gafas de pasta. Eran bares llanos, que olían a churro, a café y, en aquellos tiempos préteritos, a tabaco. Algunas veces en clase –sobre todo en la de Geología Química- le metía alguna corrección o me inventaba una frasecilla. No sé preocupen. Aprobé este peñazo de asignatura a la primera. Ya era la época de medicación intensiva.

El caso es que hoy es solo un recuerdo, y aunque conservo la libreta no he pensado nunca en retomarla. Iba sobre una serie de personajes, cuyo punto de unión era un psiquiatra, que se querían suicidar. El protagonista principal era un triunfador ahíto de sensaciones que solo encontraba consuelo mirando el reflejo de las estrellas en un lago. El psiquiatra, anteriormente médico militar en África, había llegado a la conclusión de que toda la historia cósmica, desde los tiempos pregeológicos –esos en los que andaban por aquí ya Cthulhu y sus amigos-, hasta la aparición de la vida y su larga evolución habían llegado al hombre con un solo objetivo, el materialismo dialéctico. Derrumbados tanto él como el Telón de Acero –ver el comienzo de Cortina Rasgada me ha hecho acordarme de todo lo anterior y posterior que leerán en esta entrada- no veía sentido a la existencia y también deseaba morir. Lo que pasa es que esto señores y señoritas eran muy de afán propagandístico e iban a ir en tropel a los castings de Gran Hermano, preparados psicológicamente por el alienista para conseguir tal fin, y con ello dar no tan solo la vida en directo, sino también la muerte. Por ahorcamiento, según creo. Estilo Baader-Meinhof.

Eso quedó, como tantas cosas en el cajón de los empieces olvidados. Y es que, por mucho afán que tenga en una cosa, no puedo hacerla al 100%, y escribir menos. Tal vez sea demasiado ambicioso –cosa rara en mi lerda personalidad acomodaticia- o demasiado crítico, o en fin, mal escritor, pero la causa última de que fracase en acabar algo más o menos serio es el miedo. El miedo produce vagancia. Al menos en mí. ¿Por qué quebrarse la cabeza por un asunto que no le interesará al común de los mortales? Tengo claro, pensándolo fríamente, que esto debe ser así, y más en literatura, pero el miedo al charcuterismo novelesco, a ser vulgar e ineficaz en la narración, eclipsan mis ganas. Sé que tengo poco que perder.  No tengo prestigio alguno –no he hecho nada para merecerlo-, ni críticos destructivos que miren con lupa lo que hago ni esas leches, pero aún así, si no me gusta a mí es suficiente para aparcarlo, como un juguete roto, en el tambor de Ariel o en donde quiera que se dejen los juguetes rotos. En la basura.
No he querido ser nunca pretencioso, de hecho, si lo hubiese sido no tendría casi 5 años de post ora divertidos, ora de ínfima calidad. No me importa ser algo pedante, afectado o minoritario, pero mi mayor juez, el que no me pasa una, el señor de la tijera, soy yo.

DESTRUCCIÓN nunca verá la luz, porque no era ni una buena idea para un relato, tal y como hoy concibo mi posible estilo (mezcolanza de plagios y referencias), pero como se ha dicho aquí y en mil sitios, nada nuevo bajo el sol.
No ansío la fama, ni el dinero, solamente me conformaría con que alguien leyera algo mío con el mismo gusto y disposición que leo yo a cualquiera de mis escritores fetiche. No digo calidad, sino entusiasmo, interés, porque uno conoce sus limitaciones.
Pero eso no creo que ocurra nunca.
Mi novela sin título sobre la Antártida sigue tras tres años en su carpeta. No quiero decir que me arrepienta de haber escrito 80 y pico folios para nada, pero creo que esta al menos podrá gustar a unos pocos, a amantes de Poe y Lovecraft, o de Cela o Vázquez Montalbán, yo que sé. Es un extraño revuelto de muertos que mueren dos veces, de expediciones en busca de tribus perdidas y la búsqueda del padre ausente. Jesuitas, albañiles playboys aficionados a El Víbora, oligarcas, aventureros y un imbécil muy parecido a mí.
Esa si que la retomaré, si la fuerza no se me va en estas minucias escritas en la madrugada de domingos que han sido horribles.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Crótalo

Como si la relación dialéctica mano/cerebro que nuestros antepasados simios desarrollaron a lo largo de cientos de miles de años de evolución andando por sabanas fallase, mi cerebro no manda demasiados estímulos supuestamente literarios a mis dedos regordetes. No diré que he desaprendido a teclear en estos meses de chico trabajador, pero ya que Kafka no me ha poseído, a lo mejor me alienó un pasante calvo de la oficina de correos de la ciudad libre de Danzig, que sólo pasaba de soslayo en las aventuras fantásticas de mi querido Oskar Matzerath Bromski. No sé, la cuestión es que una vez terminadas mis tareas como auxiliar de cuarta categoría en el Registro de la Propiedad, mis dedos son ágiles con la tecla y el tabulador, pero mi imaginación se ha venido abajo de la manera más tonta. Enfermedad del Atolondramiento del Trabajo Mecánico, o síndrome de López Ruiz.
Federico López Ruiz, oriundo de Galapagar, tenía en la cabeza un soneto al que le faltaba una sola palabra para ser el mejor en lengua española jamás escrito. Pensaba su palabra día y noche, mirando a levante y a poniente, durmiendo con la almohada en la cabeza y la almohada en los pies. Pero la cosa se desbarató. Hubo de entrar a trabajar en una oficina del Ministerio de Hacienda pues hacía años había echado una bolsa de trabajo y ahora lo reclamaban. Convencido de su memoria, no escribió el poema en ningún sitio. Al principio, entre formulario y usuario indignado, parecía intuir que la palabra aparecería en su mente al igual que cargaba de tinta su estilográfica. Por las noches, al principio, repito, en el brumoso plano que separa la vida vigil del mundo de los sueños casi acariciaba las sílabas de su ignota palabra. Fueron pasando los ejercicios fiscales como se oxida el hierro a la intemperie, inexorablemente. Tres años después de empezar a trabajar no es que buscara la palabra, sino que había olvidado al menos veinte palabras del soneto. Ahora si lo escribió, en un pliego de descargo, pero era un rompecabezas difícil de montar. Una década llevaba ya, cuando ascendió a oficial. Ya no buscaba, y guardaba el papelito arrugueteado en el Debe Haber de la temporada 89-90. Llegó el momento fatídico en el que olvidó que había escrito un poema y con que ansias había buscado el vocablo adecuado. Cuando se prejubiló no le dieron un reloj de los de toda la vida. Como eran modernos le regalaron un iPhone con los años de condena que había cumplido en su cubículo grabados por un experto grabador en la tapa metálica del tecnológico artilugio. Su piel era cenicienta, blanda y caída. Nata blanda revenida. Su cerebro había perdido la capacidad de tener alguna idea propia, no ya de una función estética o artística, sino en el mero hecho de vivir. Comía cuando tocaba, cagaba cuando dolía y dormía si estaba oscuro. Los sesos los tenía licuados. Su mujer se fue a Marbella con un señor de noventa años para vivir como una reina y no como una fregona. Al final de sus días, demente prematuro, y con la mente reseteada por una enfermedad  degenerativa, repetía una cosa, sólo una cosa., constantemente decía crótalo. Crótalo, crótalo, crótalo. Nadie sabe si era esa la palabra perdida o algo que se le infundió a él en su resquebrajada mollera. Crótalo.
Yo, al menos, que si no es por muerte súbita me espera un año de temario y, si la cosa va medio bien, de Palentología. Pero he perdido, al menos por ahora el afán convulsivo de escribir que tuve en otro tiempo. Ya me vendrá cuando tenga que estudiar, porque estudiando me dan ganas hasta de correr la maratón.

lunes, 22 de agosto de 2011

Cosas que he de decir, aunque a usted no le importe.


Tengo muchas cosas que decir, aunque dudo que alguna le importen a usted un tercio de lo que le importa un bledo dividido por un pimiento.
Si, usted que me lee.
Desconoce que el otro día, mientras me bañaba en la piscina se me antojó posible que la casa que mi abuelo construyera en tierras de secano, entre la viña y el río, hoy tierra calma, fuera desmontable como un Exin Castillos. Los ventanucos, biselados por lo alto y de forma casi cuadrada, tienen rejas, y a los lados piedras metamórficas que se asemejan a esas piedras de plástico del juego de construcción al que me he referido; y me imagine la uña de un dedo de una mano gigante que en la plácida tarde de Agosto, cuando las nubes son naranjas y rosas y cursis, descendía del cielo y cogía con el pulgar y el índice, prensilmente, la ventana con mosquitera de la habitación de mi hermana, la que está más al oriente. Ineludiblemente, y abusando de los adverbios, con su permiso, amable lector, me acorde de los Monty Phyton y sus manos animadas, y pensé que la mano de Dios jugaba a los Exin Castillos con mi casa en el campo, esa que está en la carreterra que lleva a Baena, a Alcaudete y finalmente, a la ignominiosa ciudad de la Alhambra.

ELLA sigue aquí. Sigue en mis sueños. Me visita fugaz, por las noches y las siestas. Vuelve, dulce y callada, en ascensores que son pisos enteros con bares polvorientos de ceniza de cigarrillos apagados hace mucho tiempo. En la vida vigil la había desterrado de mis pensamientos, pero ahora, con el verano vuelve, como una tentación que me ofrece la locura, pérfida, pérfida y pérfida, mil veces pérfida y enredadora, pues en esos sueños soy feliz y nunca se oyen palabras feas; y por eso digo tentación, pues las invitaciones, mucho más blancas e inocentes de lo que usted imagina, pérfido lector de pérfida mirada sucia, son tan reales que a veces entre sueño y sueño me he de sacudir con la pérfida almohada enranciada con mis cabellos para hacerme entrar en la pérfida razón, que no tiene porque ser razonable ni razonada. Las cosas que no son, no son. Lo que pudo haber sido y no fue es tan solo una forma de enunciar un fracaso, una frustración, una sobredosis mortal de realidad que mató al suave y engañazagales canto de la bienquerencia. Esta noche no vino, apenas dormí. A lo mejor esta noche armado ya de drogas legales para locos de nivel bajo canta para mí.

Me subleva la idea de transcendencia, y que clasifiquen a los ateos y libre pensadores políticamente en receptáculos que el libre pensar rehuiría en nanésimos de segundo.

Sé que sabe usted, amable lector, como digo, que no creo en nada apenas, pero si es que hay algo, ya sea Crom, Jesús, el Monstruo de Espaguetti Volador o el mismísimo Cthulhu encarnado en Calamardo le doy las gracias por la lectura. En realidad le doy las gracias a la sorbedura que me comecome; me doy las gracias a mi mismo por dejarme leer. Sabadú, Colubi, Hogdson, Chesterton, Orwell, Lovecraft -2 veces- y Borges han pasado ya ante mis ojos. Poder leer es muy importante para el lector que no lo puede hacer siempre, porque su poder de concentración es más limitado que el poder romo de un Cristo románico una estampa gastada de Shiva de las que te dan los Hare Krishna en el Rastro de Madrid.

Tres gatos pelean ignorantes del daño que pueden causar a mis pulmones, a mi garganta, a mis hocicos. No todos los culpables de algo son tan inocentes como Noni Chico y sus secuaces felinos. Y mire que son seres vivos. ¿Acaso sabe la alarma del móvil o del reloj lo mucho que la odiamos? Un símil se podría hacer con nuestros regentes, nuestros manipuladores próceres, nuestros estadistas a lo que la palabra estadista queda tan grande que parecen disfrazados estando en sus trajes caros. En esta democracia de chiquilicuatres, los cretinos son, aunque los odiemos, como las alarmas, puestos por nosotros –por quien vote, vamos- lo que pasa, me da a mi en la nariz hiperalergiada que ellos sí que son conscientes de los perjuicios que crean; aunque a lo mejor no al ciento por cuento, porque tampoco es que sean genios de la Naturaleza ni Fénices de los ingenios. Los gatos siguen jugando en esta mañana medio fresca de domingo, que vaticina calores ígneos en el aire.

Cada día me gusta más estar solo y creo que es culpa mía.

Hay momentos en que el Nota, no es que te salve la vida –eso se lo debo a los maléficos emporios farmacopeos-, pero te da una dosis de alegría que, aunque el hombre triste no aguante más que la duración del film en La Sexta 3, es suficiente. En el campo, siempre que veo una película la vivo intensamente, ya que es poco lo que le dedico a lo audiovisual. No escucho ni música. Pero estoy por ponerme cintas de bolos en el iPod Suflé, que me mira muerto de pena, si es que mira algo, desde un compartimiento encremallerado del bolso a bandolera que utilizo para hacer pequeñas mudanzas de objetos.

La piscina, como si tuviera sirenas me reclama, amigo lector. Yo no soy Odiseo atado a un poste, más bien Mameluco atado a una calor que es angustiosa ya a primeras horas. Me despido. Esta son algunas cosas que he escrito durante una semana y que tenía que decir. No le interesaran pero dicho quedan. Faltan muchas cosas pero está bien por hoy. 
Dentro de unos eones, más.

jueves, 11 de agosto de 2011

Historias de fantasmas (Sueños)


No sé si sabrán ustedes los que son las notas simples. Son unos minúsculos informes en los que viene detallado el estado de una finca. Se piden en los Registros de la Propiedad, donde me gano poco a poco el pan, con el aire acondicionado de mi frente. Una finca, puntualizar, no es un cortijo o un enorme bosquizal donde cazar el zorro, sino un bien inmueble. Sus casas son fincas urbanas. Incluso las cocheras son fincas, bueno nooooo, subfincas. Pues a eso me dedico yo parte de la mañana, cuando no me dejan hacer otras cosas. En mis breves vacaciones he leído un libro –precioso, por cierto-, que se llamaba Los piratas fantasmas de  William Hope Hodgson . Iba sobre un buque encantado y sobre las cosas que allí se veían, sin tener precisamente consistencia material. Solo por el nombre del narrador y protagonista, Jessop, curtido marinero recién nombrado de primera, merece la pena el libro de doble final (el escritor escribió uno alternativo, desde el punto de vista de otro barco, para venderlo como cuento independiente). La cuestión es que enfrascado en lecturas y aguas tenebrosas, soñé  a bocajarro, que en el trabajo pedían unas notas simples de arcanos libros antiguos (bueno, el más moderno es de 1937),  pues en la Sublevación del Movimiento Nacional y su posterior guerra el archivo fue quemado –durante la colectivización, supongo-. En el sueño los libros eran más recónditos, y bajo los simples números de finca, los números de tomo, libro y folio se escondía algo. Al leer la letra perfecta de pluma de color negro azulado, algunas presencias iban tomando cuerpo en la estancia, siendo yo el único que era consiente de su existencia. Después, al imprimir en impolutos A4 de 80 gramos, los comúnmente utilizados, en preclara Courier New,  en una impresora láser de tóner, salieron las notas un poco extrañas. Iban avejentándose y percudiéndose, como si de una lepra papelera se tratase. El tóner fijado con calor se convertía en tinta multicolor de grueso trazo. Lo que debería relatar dueños, porcentajes, superficies y lindes, contaba otro tipo de historia, a cual más terrible en base a esas presencias difusas y a un poder telequinésico que conectaba la historia de la casa a mi mente soñadora. El trabajo seguía mientras el yo angustiado luchaba contra el yo normal de estas cosas son normales, hombre. En un  momento me di cuenta de que era un sueño. ¿Era acaso mi propio consciente soñador llamando al que había caído en las garras de lo ominoso? No lo sé.
No miro igual los volúmenes antiguos. Sobre todo, sobre todo, porque están llenos de ácaros…; inquietante.   

domingo, 24 de julio de 2011

Tempus fugit

La muerte puede consistir en ir perdiendo
la costumbre de vivir.

César González-Ruano


Desde que cortan el cordón umbilical que nos une a nuestras madres, desde el primer minuto, es tiempo ganado a la muerte. Nacemos para morir, porque no es que sea ley de vida, como se dice en los entierros o ante la tele en momentos necrófilos, sino que es la ley de la vida. No somos inmortales y por eso, algún día tendremos, como decía un profesor pedante que tuve, el inevitable e irreversible colapso funcional. Pueden decir ustedes que exagero. Miles de recién nacidos salen muertos a este mundo cruel, muchos otros, muchos, más de los que nos podamos imaginar mueren, en sus primeros años de vida. Las causas y razones son las mismas que siempre han sido, pero que en el mundo civilizado de la corrupción, los cachivaches informáticos y el gazpacho en tetrabrik, hemos olvidado: hambre, enfermedad y guerra.
Repito, un minuto más en nuestras insignificantes vidas es una microbatalla ganada a la parca. La muerte, y sigo redundando, es de una normalidad pasmosa –estadísticamente hablando- y enrasa igualitariamente al feo y al guapo, al magnate y al obrero, al listo y al idiota; vamos, que es como el cagar. Lo reducen a la nada, a lo inerte, al mundo atómico, a la vuelta a los ciclos naturales. Pero esa normalidad es borrada por el mundo actual. Todo tiene que ser tan perfecto en la era digital que la muerte es considerada un handicap, una cosa fea, una inconveniencia más que terrorífica, antiestética. Puede ser porque signifique que aún no controlamos las claves del universo o, a lo mejor, es porque es simplemente algo que se nos escapa de las manos, de nuestras entendederas.

Eso cambia, sin embargo, si quien muere es un familiar, cosa totalmente comprensible, o un famoso o alguien joven, que es ahí donde acudimos como moscas a la mie (l) o (rda), ahítos de morbo a raudales.
Cuando muere alguien cercano nos da pena y es por la perogrullada que voy a decir a continuación: la irreversibilidad de la muerte. Un sentimiento de pérdida nos embarga. Hemos visto y sentido cosas maravillosas durante el plácido verano de nuestras vidas: el amor, la amistad y todo eso tan bonito; pero también el dolor, la enfermedad, la furia, el agobio… todo muy malo, pero hemos contemplado maravillados dolores remitir, enfermedades curar, furias aplacar y agobio liberar. Estando vivos –y no es un mensaje positivo de buen rollo, se lo aseguro- aún queda un porcentaje de esperanza, dicho en los términos anteriormente utilizados, las cuotas de reversibilidad son posibles. Pero cuando el último suspiro se exhala del pulmón del moribundo y se queda pajarito, es de un no retorno fabuloso, una sensación de nunca más que nos llega al tuétano. La frialdad que tomamos como maldición por ser humanos y que es realidad es lo que determina la naturaleza.
Porque aunque se mecanicen los ritos –tanatorios, crematorios- la muerte está como las moscas, detrás de la oreja.
Yo perdí el miedo a la muerte hace algún tiempo. No es por nada en especial, sino por la falta de alicientes que tiene el estar vivo. He sentido de cerca la muerte –la mía- y en esos momentos me asuste mucho -no es que haya pasado enfermedades mortales ni nada parecido, solamente he estado más cerca del suicidio que lo recomendable para estos casos-. Me asusté muchísimo, por eso estoy aquí aún escribiendo, supongo. Pero pasado el tiempo, y habiéndole dado vueltas y más vueltas, la muerte, que es la nada, la negación del algo, me trae un poco sin cuidado. Yo simplemente, como todos, no quiero sufrir dolor, ni físicos no psíquicos. Pero todos los días hay un nuevo achaque y la cabeza rumia sus propias ideas, así por libre, mientras duermo, me lavo los dientes o me alieno en el burócrata trabajo de chupatintas. Cuando no existes ya no hay dolores ni infiernos mentales. Pero cada cosa a su tiempo. Tiempo que es corto, también es verdad. La máxima barroca: de la cuna a la sepultura, no puede ser más vigente y más actual. A medida que envejecemos nuestra percepción del tiempo se acelera de un modo exponencial. Los eternos veranos de la infancia son ahora un suspiro lleno de calor y ansiedad porque las vacaciones caducan como los actuales huevos de corral.

La muerte es, en conclusión, algo que llega pronto. Pensar en ese modo particular que tenemos por deformación profesional los geólogos tampoco ayuda, que hablamos de millones de años como el que dice amén. El respeto casi reverencial a los muertos, si fuésemos buenas personas, nos lo guardaríamos para lo vivos que lo necesitan más –los que se lo merezcan-. Los muertecitos en el cementerio, encapsulados, no esperan nada, son nada, y quien algún día fue, solo vive en nuestra memoria.

viernes, 15 de julio de 2011

memeces


No tengo ganas de escribir últimamente. Entre el trabajo agotador de chupatintas de tres al cuarto -por mi condición de minimalista, o sea, de salario mínimo y la burócrata tarea-, el calor sofocante, la falta de ideas y la falta de fuerzas esto está más vacío que misa de ocho en Marinaleda.
La cuestión es que me entra nostalgia de cuando esto hervía en posts y posts, y hasta en comentarios, pero como decía no sé quien, la nostalgia no es lo que era. Sobre todo cuando la memoria embotada por la torridez acaso intuye que hubo vida antes de hace una hora o así. Exagero. Si, exagerar es, junto a hablar de mí mismo y no hacer nada, las cosas que más me gustan. Exagerar es una forma como otra cualquiera de denuncia, revolución o dejadez. En cualquier apartado se podía poner la tendencia a la desmesura en afirmaciones, definiciones o críticas, así como el cabreo, la incomodidad o el aburrimiento.
Antes el mundo era mejor, porque era 2006 y uno era más joven. Verdades y mentiras. Obviamente en 2006 todos éramos más jóvenes, pero el mundo era más o menos igual de mierda que lo es a los corrientes. Personalmente yo era un desecho de persona, pero, como diría Emilio de ANHQV, yo me quedo con lo bonito. Era realmente prolífico en esto de la escritura, y si bien he mejorado, creo que mis textos antes tenían más chispa, aunque todo no sea pedernal, amigos y hermanos. Hay que tener base y untar los aceites y colores en el lienzo verde manzana. Como vengo repitiendo desde el principio de este sin sentido, que no sé si pasará mi baremo de parches y pegos, me cuesta más comunicarme, y es porque creo que tengo menos cosas que decir que antes. Antes las certezas eras muchas y las ganas de proselitismo abundantes como la mies en las eras. Ahora mis certezas son más pequeñas, más definidas, más preclaras, y aunque el Perogrullo entre dentro de mis recursos estilísticos no voy a redundar en temas claros como Dios, la Muerte, la Guerra y a quien leo. Esta falta de ganas de contar cosas se debe también a las redes sociales que hacen que los de natural exhibicionista, como es el caso, nos explayemos contándole a la gente lo que hacemos o dejamos de hacer. Yo al menos lo reconozco, hay personas que dirían que no, que ello solo velan por el bien común, pero ponen fotos de sus vacaciones y de sus estúpidos ases del deporte.
No sé exactamente donde quiero llegar. A ninguna parte, supongo. La vida es eso, una larga marcha hacía la nada, lo que pasa que puedes ir a pie, en Ferrari o arrastrado por los caballos de algún cosaco. Yo repto. A los gordos les es difícil. Pero así las balas, por muy rasas que sean, no me destrozan de inmediato. Ya caeré por otros mecanismos más sutiles, como el suicidio pasivo a base de cerdo, o eso que llaman estudiar, palabra esta que es escucharla y tiemblo como una hoja al viento solano.
Bueno, me voy a la cama. Tengo las piernas hinchadas, me duele la espalda y el cuello y mis pensamientos están en los Mares del Sur, siendo canibalizados por los dioses del Amor. O sea, la normalidad. Con ruido de coches, por supuesto.

domingo, 3 de julio de 2011

Nadería sobre la calor


El calor atonta las mentes, invita el desánimo y te pone la cabeza como una carraca. ¡Cuánto me acuerdo yo ahora de aquellos tiempos fríos donde se te congela la nariz y el corazón! Todo latente como bacteria enquistada en el sustrato del suelo. El calor llama a la podredumbre, a lo apestoso, a lo pringoso. Los insectos pululan en las luces en una sinrazón primordial, embelesados por el tungsteno incandescente. O el gas excitado de los tubos. El cemento que nos rodea reclama un protagonismo que jamás se le dio y proyecta como lanzallamas concreto las llamaradas ígneas que salen de la tierra, pero de una cobertera planetaria que solo dificulta el crecimiento de la jungla. Los coches, monótonos y raudos, añaden su calor específico a un ambiente sulfúreo, que nada tiene que envidiar a los lugares de Hades, Mefisto y Nergal.
Plomizo cielo enturbiado por la suspensión de la chusma microscópica, invernadero de plantas graníticas y basálticas. Odio tu mundo. Tu mundo de alpargatas y uñeros, de  piernas peludas y gente depilada de cerda incipiente. Solo el recuerdo de lo que fue solo te indulta a medias en mi juicio mediano y suspicaz. Calor, estío secamentes, brasas atmosféricas, ascua de temporada, cuando tú te vayas ya estaré esperando el solsticio para pegarte la tajada, pero ríes porque te sabes inexorable en tu cíclico y cuasinfinito devenir.

sábado, 18 de junio de 2011

Lógica


La diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción tiene algo de lógica. Esta frase es a medias mía. La he retocado. La he escuchado en boca de un ex agente de la Stasi en una peli mainstream con mensaje “dinamitero”. La verdad es que la realidad es una cosa bastante lógica, pero como somos hijos del Renacimiento, percibimos una falta de lógica –bueno, no todos, algunos, algunos lo ven lógico, demasiado lógico-; como iba diciendo percibimos una falta de lógica respecto a lo que nos rodea. Como tenemos un ombligo que si fuese material ocuparía todo el universo conocido y parte de varios paralelos, el hombre es el adalid de esa sinrazón. Vemos cosas sospechosas por todos sitios, porque como diría Jules en Pulp Fiction: El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. El hombre recto y el hombre malo. Cada cual tiene su percepción de rectitud y de maldad. No creo que mis esquemas mentales coincidan mucho con los de Botín, por poner un ejemplo de lo más socorrido. Para mi todo él es maldad –bueno, casi, démosle el beneficio de la duda del rescoldo bondadoso del día de Navidad, ejem, Scrooge de saldo-, pero él mismo se tendrá por un probo magnate y buena gente. Yo lo sigo viendo como un provecto carcamal, por poner otro adjetivo que empiece por pro. Nuestro mundo de opinión, mentira, rapidez, deformación y consolidación de corrientes mayoritarias nos lleva a los pejigueras a ser unos descreídos y a algunos a llevarse las manos a la cabeza. ¡No le veo la punta por ningún sitio, pardiez!¡No tiene lógica! –nos decimos mesando nuestras barbas-. Es lógico. Si cada uno toca un pito, la bofetada a la coherencia puede ser brutal. Imagínense bandas militares u orquestas sinfónicas reforzadas con coro doble. Que mareo. Patadones a la lógica, bandos encontrados, exageraciones manifiestas y lo que nos hará libre, que es la verdad, se diluye en nanofracciones tan pequeñas que para formar el puzzle de una pequeña constatación lo tenemos difícil, si es que en realidad queremos ser objetivos. Porque si yo digo que se ve el Kilimanjaro en el cuadro formado por las piezas, y tú que lo que es la Ópera de Sidney pintada por la mona Chita, pues eso, que cada uno pensamos que el duro es, por supuestísimo para nosotros, y PUNTO. Yo al menos soy así. Egocéntrico, fabulador de verdades, predicador en un desierto con oasis de mosto de manzana y disidente autoeregido.

Pero borren todo lo anterior de su mente. Todo lo dicho anteriormente por el testigo no lo tendrá en cuenta el jurado –siempre me pareció ridículo que se puedan obviar las cosas con más chicha de los juicios por defectos de forma o divagación-. La realidad tiene lógica. Si, tiene una lógica basada en leyes naturales. El crecimiento cristalino, el ciclo del agua, la dinámica de los animales. Todo sigue parámetros que cumplen leyes lógicas para gastar la mínima energía. ¿Lógico? Si. Los planetas siguen sus órbitas como está previsto, hasta que la estrella explote, como está previsto en su guerra energía contra gravedad. Hay cosas que desconocemos, pero ninguna se saltará la lógica de sus acciones por capricho. Eso es real. Ocurre en la realidad. Muchos lo negarán, pero como al mecanismo natural le trae sin cuidado lo que pensemos, ahí sigue erre que erre, en constante evolución.

Solución al problema o el punto discordante: nosotros. Nosotros somos los que aportamos la insensatez. Nuestra realidad está llena de mierdas que nosotros mismos aportamos con nuestro albedrío, sea libre o tenga dueño. ¡Vaya gracia! La inexorable y pesada estela de Perogrullo descienda sobre nosotros. Podemos ir en paz. O en guerra. O viendo conspiraciones o vendiendo una burra muerta como un corcel árabe de linaje inmemorial. Toda esa es nuestra fuerza. La fuerza de la confusión, de poner el dedo hasta que haga llaga, si es que no la había. Y echar sapos por la boca y pirañas en la bañera de los otros, porque si una piraña les muerde nos hará tener aún más razón, seremos más felices e iremos todos al cielo. Reiremos  Menos los otros. Los otros son el enemigo. Un enemigo que buscamos para echar la culpa de situaciones que se nos escapan a la razón, por estar fuera de nuestro campo lógico. Ubiquen el suyo y pónganles cara. Seguro que no les resulta difícil.


Quien piense que con mis -engañosamente equidistantes- palabras considero a todos iguales, se equivoca. Tengo toda una amplia gama de matices en mi paleta de descalificaciones. Lástima que solo tenga los colores de un Spectrum para las alabanzas y las cosas bonitas. Y me sobran el Cyan y el Yellow, que lo sepan. 

Pero como dije antes la ficción tiene cierto sentido. Y a mí, en mi imaginación, me encanta que los planes salgan bien.

sábado, 11 de junio de 2011

GRAVA



(Oscar Wilde)


Descendía por el camino de gravilla con la bicicleta negra que me había dejado un lugareño. El chirriar de los muelles del sillín hacía que cualquier desnivel en la ruta, por minúsculo que fuera, pareciese el desplome de Jericó por las trompetas hebreas. Las ruedas, tenuemente desinfladas, proyectaban los chinitos, como catapultas, a las almenas de las plantas que crecían en la mitad del camín de carros, en la protuberancia central, donde la flora era abundante. Los cielos de Flandes se observaban en el horizonte, y en lontananza una gran piedra en medio de una era, superficie llana y circular. Destino de mis pasos. De mis pedaleos, mejor. Mi escepticismo crecía por momentos, como si al acercarme a mi objetivo clarificara y clasificara las ideas en mi mente. La fuerza de la razón, parecía, ordenaba las neuronas, puestas patas arriba por el anhelo de lo arcano, de lo que transciende a lo lógico. Lo preternatural salía por la ventana cuando lo evidente entraba por la puerta, como un caco o un amante pillados in fraganti.
En mi excedencia de la Universidad, que ya duraba dos años, había recorrido oscuras bibliotecas y tiendas de viejo, tumbas polvorientas sin ningún aliciente y hostales de mala muerte. Mucho hostal de mala muerte y peor vida. Había reunido los datos fragmentarios de un olvidado culto a un dios perdido. Todo me había indicado que iba por el buen camino para llegar al monolito de basalto del que todos murmuraban y todos evitaban. Yo ya lo veía, y se suponía que el último ser vivo que lo vio holló estas tierras hace décadas. Nadie, decían entendidos, gentes del pueblo, escritos nuevos y viejos, se atrevía a pasar ni siquiera a dos kilómetros de la piedra. La Piedra Negra que inspiró a Howard y a Lovecraft, a Dunsany o Blooch. Cthulhu y sus mitos literarios son solo reminiscencias modernas de lo que me venía a referir. Me acercaba más y más. Todo era bastante normal. Nadie había, como habían vaticinado los sabedores. Pero cuando llegue a la piedra, ya estaba tan desencantado que ni me fijé en sus glifos, ni en sus bajorrelieves supuestamente malditos, ni tan siquiera en su pulimentada cara superior, donde la leyenda cuenta que miles de personas habían sido sacrificadas al Dios del lago. Solo repesé mi espalda sobre el monolito, me puse un pañuelo a manera de máscara y reí. Esa grava que venía proyectando y tragando por el camino, blanquecina, pulverulenta, era tan alóctona en este entorno como yo mismo, que venía de otro continente, de los confines del mundo. Esa grava blanca, que tamizaba el camino, como un feo tapiz descolorido, como un mosaico monótono hecho añicos, no estaba allí por las fuerzas ocultas de una naturaleza desatada en profundidades insondables. Todo era prosaico, alegre, precioso en esa tarde de cielo de cuadro flamenco, donde el búho ya empezaba su vuelo. Esa gravilla que tenía en mis manos, triturada por máquinas enormes en canteras nada escondidas, estaba puesta por unos operarios de un Ministerio de Fomento cualquiera. Un tipo al que se le veía la raja del culo, mandado por un tipo de traje y corbata con casco, había osado pisar la llanura del Monolito de Ezotoh. No creo que maldiciones ni venganzas de sangre cayesen sobre esos peones camineros que habían dejado latas de cerveza como marcadores de su territorio, cosa esta de la que me di cuenta después. Me levante. Miré a mi alrededor. Nada extraño. Solo una piedra rara entre el paisaje kárstico, que vaya usted a saber cómo llegó hasta allí, pero bien pudo ser un bloque transportado, vestigio de una pasada era glaciar, interesante para el experto en hielos que se mueven, pero inútil, benditamente candido e inservible para el que buscara más allá de lo que había. Una piedra. Negra. En medio de una era antigua. En un país incierto que solo es exótico para los que no se fijan en que todos los sitios, de alguna manera, son iguales. Abrí mi mochila, bebí un sorbo de agua fresca de la fuente del pueblo y me volví andando, con la bicicleta a manera de mascota. Nada atormentaba mis sensaciones, no venían reverberaciones de lejanos eones para descolocarme. Pisaba en firme la grava, la fea y polvorienta grava, que permanecía ajena, por ser grava, ente inerte, a las disquisiciones de los hombres que se cansan de los caminos de la lógica. A medida que me acercaba al pueblo me fui olvidando de la Piedra Negra de Oyrkos, de la Piedra Maldita de Baal, de  la Puerta Negra de la Luna Roja, pues fue siendo ocupado su lugar en mis pensamientos el deseo simple, llano y prosaico de comerme un buen filete a la luz del hogar.

domingo, 5 de junio de 2011

35


Consciente de la propensión a la obviedad aviso que las perogrulladas serán profusas a  continuación. Y que conste que escribo esto antes de saber lo que voy a poner.

Ya tengo 35. 35 puede ser considerada la mitad de una vida en algunos países, y en el nuestro no hace tanto tiempo. Yo creo que no voy a vivir hasta los 70, así que el reloj de arena gotea ya sus partículas tamaño arena fina sobre mi morrillo de vaca vieja. La edad real es 35. La edad que se tiene no se puede determinar. Yo era viejo a los trece, pero sin la sabiduría de los años. La sabiduría de los años para mí no es una perogrullada de las que hablaba hace un instante. Los años no hacen más sabios a la gente. Solo en determinados casos. Hay viejos que son idiota y que siempre lo han sido. Por eso digo que ser viejo a los 13 viene a ser como ser un viejo imbécil, de esos que comentaba Buk en su poema a esa gente de vidas desperdiciadas. Hoy, con 35 años y 4 días de existencia me siento viejo. Gruñón, pesimista, achacoso; esperando la muerte. Las ilusiones perdidas ya no son siquiera cicatrices en mi mente, pues el proceso erosivo del olvido deseado han cauterizado las brechas, pero el veneno inoculado por antiguos aguijones áureos, de poemas de Machado, sigue fluyendo por mi sangre saturada de colesterol, ácido úrico y autoasco. No siento demasiado y lo que siento es negativo. El dolor que había ahora es rabia, descreimiento, proyectado a un subconjunto del espacio conocido tan grande que se diluye en ppm en un abrir y cerrar de ojos. Nada bueno saldrá de todo esto. 35 años de los que apenas puedo unir (sumar) dos de ellos de relativa felicidad en los últimos 20. ¿Merece la pena vivir así? Bueno, el Ortega decía que morirse era una mierda. Los que en nada creemos, y aún así hemos anhelado la llegada de la guadaña, somos desafortunados. Si en el reinado de los hombres el darwinismo siguiera su curso ya el medio habría acabado conmigo. Eones recorren como un escalofrío mi médula. Soy insignificante ¡somos insignificantes! Y nos damos tanto porte.
35 años. No todo fue malo. Buenos momentos que no han conseguido corroer el ácido.
35 años y después de mis aventuras y desventuras en la letrina llamada vida, me vuelvo gris, cuando fui blanco, por la rutina tediosa de la prisión de su chico trabajador. Me han robado la siesta la semana que cumplo 7 lustros, las 3 décadas y media. Robarme la siesta. Porque sé positivamente que no hay nada sobrenatural, si no creería que alguien en el infierno o en el paraíso, hace que purgue por mis blasfemias de saldo.
Algunas veces he cometido el pecado de tomarme las cosas como si importases, y por eso pido a Azatoth, Shub Niggurath y Yog Sototh que me perdonen la osadía, la repugnante tarea de tomarme a mí y  a los otros en serio.

35 años. ¡JA!
Seré imbécil.

domingo, 29 de mayo de 2011

Pensamientos Únicos



Darle a medias la razón, empeoró la situación…
Maronda (Filósofo de los mecanismos)

Lo de hoy va de pensamientos únicos. A priori, un pensamiento único suena a idea de un genio, a gran descubrimiento o a un chiste muy bueno. Pensamiento único, ¡ja! En realidad el pensamiento único es la tendencia mayoritaria de cualquier grupo gregario, o sea, que deja de ser único –aunque sea el mismo- e incluso muchas veces pensamiento, pues para tener pensamientos, incluso impuros, hay que pensar. Pensar en una cosa tediosa, se lo digo yo, que de eso sé bastante. Soy muy de pensar, tanto en cosas que podrían servir para algo, como en cosas artísticas, o lo que es lo mismo, en cosas que no sirven objetivamente para nada. Estoy perdiendo el hilo, retomo la situación del post. Me comeré media magdalena. 
2 minutos después.
Al final me la he comido entera. Esto va hoy de pensamientos únicos. Se habló bastante hace tiempo de este horrendo concepto aplicado al partido mayoritario más azulón de nuestro regulero espectro político. O sea, que iban a una como Fuente Ovejuna. No lo comprendía en su día y ahora tampoco. Millones de personas pensando lo mismo. ¡Qué horror! Es como ver llover fuego y alegrarse por los fabricantes de extintores, ideas de pato mareao. Ante este monolitismo de derechas surgió la otra corriente, la guay, la del talante. La sociedad española era una balsa de aceite donde cabía todo y a todos, por reducción al absurdo, nos parecía formidable. Bueno, a los que tenían el pensamiento único anteriormente mentado se le erizaban los engominados pelos del cogote. Han pasado los años. La gente se ha dado cuenta de que las cosas no son como las agujetas de las canción, no son de color de rosa –y hasta me viene bien el floripondio para mi símil-. Las cosas son negruzcas, grisáceas o blanco sucio, y entonces de ese caldo de cultivo, como en una placa de Petri, surge la indignación. Unos dicen que si es tarde, otros que más vale tarde que nunca y a otros el Twitter nunca les había dicho nada al respecto. Y entonces viene una revolución. Una revolución rara, donde no hay barricadas, sino tiendas de campaña y la gente se baja jotapegés con consignas de páginas web. No hay sangre. Bueno si, la de los que recibieron palos estilo Gandhi. Muy concienciados tienen que estar con el movimiento por la ausencia de cócteles molotov y demás parafernalia combativa urbana (recordemos la reconversión de minas y astilleros, que no eran revoluciones, eran gente luchando por su pan). César Vidal se equivocaba pues. Ni ETA ni Batasuna ni la madre que los trajo están detrás de todo esto. Eso se lo imaginaba él mientras hablaba con Dios, como su buen amigo Bush. Pero eso es mi mera opinión. Una opinión baladí. Cada cual haga lo que considere oportuno. Pero no me negaran los usuarios de Facebook y Twitter que las últimas semanas han sido la del pensamiento único, la de la repetición de las mismas consignas una y otra vez. Por mucha gente, por mogollón de gente que conoces de unas cosas y otras. Y no me gusta. Ya he dicho que pensar no sienta bien a todo el mundo. Pero ¿qué pasa cuando te dan los pensamientos mascados? ¿no es acaso lo mismo que lo que hacen los partidos políticos a través de sus repetitivos y paupérrimos argumentos?
Me he mostrado escéptico ante la Revolución Española (creía que esa ya había sido en los años de la República –y disuelta por ésta-) y me han llamado desde pesimista –lo soy-, adolescente –afortunadamente no lo soy- o que voy a la contra. No amigos, no. A lo mejor soy yo ahora el que se repite. Creo que digo la misma mierda que siempre he dicho. Ni más ni menos. No todos tenemos que pensar que acampar es guay o necesario. No tienen el monopolio de la indignación los que salen en patuleas a la calle. No.
Ellos están en su derecho. Yo en el mío. Mi pensamiento puede que me lo cuelen en el saco de los desencantados, pero mi desencanto es conocido, reconocido y certificado por notario. Lo soy por lugares comunes, no lo negaré. Odio el capital. Pero no veo que se asusten mucho desde sus atalayas de cemento y cristal por que unos acampen en la Puerta del Sol o donde ellos quieran. Botín reía entre dientes. El que estaba perdido está perdido hoy y las elecciones del 22 de Mayo la ganaron las derechas. Reconocer la perogrullada de la obviedad se convierte quizás en un pesimismo demasiado frontal para la revolución de camping. Estamos en las garras del capital y de los políticos, que no cambiaran una coma de sus leyes por los pataleos. En contrarrevolucionario decir eso, decir una verdad objetiva. Malditos sean el capitalismo, los empresarios y los banqueros, pero per secula seculorum seguirán en su nidos de buitres, jugando con nosotros, su carroña. El estás conmigo o está contra mí se lleva, y sujetos a los que parecía de mal gusto hablar de política ahora piden que votes, que si no ganan los malos. Los malos ganan siempre, porque como en los casinos gana la banca. Mucho eslogan y poca enjundia para unas reivindicaciones que se ajustan a los deseos de todos –los seres de buen corazón-, pero en el fondo amamos nuestro deseo, y no aquello que deseamos… que lo dijo Nietzsche, que no lo digo yo. Más la forma que el contenido. Más el No pasarán que el ¿qué pasa si no pasan? Lo que yo digo, pensamiento único. Utopías desde el sistema no desbarajustan el sistema, pues eso son los grados de libertad del mismo. Eso tampoco lo digo yo, es de las reglas de las fases de Gibbs… si, tengo deformación de conocimientos. Hablo ya en términos termodinámicos, lo cual me empieza a preocupar.

 
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