domingo, 28 de noviembre de 2010

Dinamita


Otra vez, la noche, el frío, la lluvia.

Otra vez mi ordenador y yo, solos en la madrugada.

El día que debió ser el de los anarquistas dinamiteros solo consiguió ser el día en el que la podredumbre avanza que es una barbaridad y nadie puede pararla. Contaba Carandell en una entrevista concedida a Dildo de Congost en Mondo Brutto, que las acciones violentas no son hoy populares, como lo eran en las primeras décadas el siglo pasado (el XX). Entonces se jaleaba la matanza de un ministro como si fuera Sábado de Gloria.

Hoy las cosas no son así. Incluso a mí, que me jacto de ser un tipo duro (jajaja, eso no me lo creo ni harto de fluoxetina), no me gusta la violencia. La violencia dinamitera es una nostágica entelequia hoy en día. Vienen a mi mente libros de escritores que jamás se volverán a repetir como Chesterton (El Hombre que fue Jueves o El hombre que sabía demasiado) o Conrad (El Agente Secreto). Ambos abordan en sus magníficos libros el temor cuasimístico a ese anarquismo nihilista y dinamitero, que sin dejar de ser real, era ciertamente etéreo, secreto, críptico. Etéreo, joviano, diría yo es la respuesta por las gentes a lo que, como si de un club de señoritos se tratase, se les dé cancha a los que arruinan a las gentes, los que nos explotan por dos perrillas y los que desahucian, como cagan cada mañana leyendo el Wall Street Journal o una novela de Silver Kane. Sus rostros son decrépitos y avarientos, no hubo un pintor ni un conjuro para que en un retrato como a Dorian Gray se plasmara toda su crapulencia fagocitadora. Se ve en sus facciones el nerviosismo del ávaro, la papada de no saciarse jamás, las bolsas de los ojos, donde reposan vidriosas las miradas de escrutinio y el vacío de sus conciencias. Sus trajes y corbatas que juntos podrían sacar de la ruina a miles de mileuristas atosigados por las facturas.


Yo no entiendo de economías, de dineros y palabras en inglés por las que se provocan guerras en países que ni conocemos. Pero pedir consejo al verdugo para salvar al reo es esperar que los Monty Python dejen de ser graciosos o que el café vuelva a costar veinte duros. Y por eso, teniéndolos todos juntitos, la idea de una operación Walkiria o contratar a Chacal no es tan obsoleta, ni tan descabellada, pero en fin son utopías de mi descerebrada cabeza llena de pastillas y resentimiento a un sistema tan estúpido como eficaz. Otros ocuparían sus lugares. Sabia nueva neoliberal, aún con menos escrúpulos que los viejos. Jóvenes cachorros que esperan con sus pelos engominados ser los sucesores de los imperios.

Yo, mero espectador, mero ciudadano, mero mameluco en su laberinto, saco fuerzas de entre mis adiposas células para decir al menos lo que merecen. Merecen la cárcel, la desamortización de sus bienes, merecen el rechazo social que parecen no tener. Puercos agarrados a los que no visitarán los tres espectros de Dickens la noche de Navidad. Si Scrooge se convirtió todo es posible, nos dice la canción de Navidad, pensamiento inocentón de época victoriana. Dudo mucho que estos bicharracos sepan lo que es el prójimo, la empatía, el más sencillo sentimiento humano, el de la compasión. Si se ponen en lugar del otro, es de otro que tiene más riquezas y poder, para a ver si así pueden acaparar mercados y echarse fotos con ídolos del deporte y codearse con jeques, magnates y jet set decadente.

Paro ya que me estoy haciendo mala sangre, y bastante mala la tengo ya.

Amiguitos, no sean como ellos y sus acólitos, lean.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Los ojos del diablo


Veo los ojos del diablo a través de una rendija de la puerta.

¿Me estoy volviendo loco? No. Veo la luz naranja del termo y su reflejo, que parecen ojos ígneos de demonio, pues la realidad, como siempre suele pasar, es más prosaica que cualquier espíritu fatuo o que un Mefistófenes andando por la campiña cordobesa, donde a estas horas hace más frío que pelando rábanos.

Si, amigos, la vida no es tan especial como a veces nos creemos. A mí en realidad me gusta la realidad. Nada es tan trepidante como en una película de Bruce Willis, gracias al cielo. La vuelta a la rutina, de hablar de estufas y gélidos aires, de mirar al levantarte por las cortinas venecianas si llueve o es que es la siesta y no te acuerdas (crees que es madrugada cerrada), cosa que me suele ocurrir con bastante frecuencia. Después oyes coches, bullicio, sonido de obra parada; tardenoche en mi calle. En vez de rico pan con aceite toca cenar. Ya casi no ceno, depende del día. Eso es extraño en mí, pero el cocktail de medicamentos que ingiero es tan heterogéneo que si les relatara los efectos secundarios estaría aquí hasta mañana por la mañana. Y tengo que dormir, lo siento.

Antenoche soñé que empezaba una carrera nueva, Química. Eso es altamente improbable, pero la cuestión es que en el mundo onírico aún no había acabado mi Geología de mis entretelas y como un político cambia de siglas yo cambiaba de carrera y de facultad. Mi nueva academia del saber estaba derruida. Había un campus, y dormíamos allí. Yo me sentía viejo entre los jóvenes, y dormía en un jergón al lado de una ventana que daba a la típica calle lateral, llena de maleza, charcos y mierdas de perro. Poco a poco la hierba y una especie de enredadera espinosa, iban tomando la ventana y los alrededores de mi colchón en el suelo. Mis compañeras de habitación, sin embargo, tenían camas normales y yo durmiendo como un perro. Iba a secretaríam que curiosamente estaba al lado de la habitación y cogía las asignaturas en un papel. Después iba a la facultad. Siempre que sueño con facultades son enormes edificios en medio de la nada, que cuando entras están llenas de escaleras, pasillos y pasadizos. Si, como lo leen, pasadizos. En mis sueños las facultades tienen pasadizos y las clases son pequeñas, y tienen la pinta del laboratorio de Paleontología de la Facultad de Ciencias de Granada. Viejas y sucias clases con pilas de porcelana y grifos de fregadero.

Despierto. Estoy en casa. Vuelvo a dormirme.

Estoy en el jergón. Alguien ha puesto palos en donde estaban mis cosas. Palos carcomidos, llenos de hormigas. Son como postes pero aún quedan reminiscencias de nudosos cortes de rama. No me quejo. Mi vida siempre ha estado abocada a un síndrome de Diógenes, incluso en sueños. Las muchachas son jóvenes y van y vienen alegres. Parece que ellas ven todo diferente, pues conversan charlan y estudian en sus mesas. Yo no puedo estudiar. No hemos empezado casi, y en vez de pupitre tengo leños apilados en un rincón, una vista que me gusta, hierbas y hormigas.

Me despierto de nuevo. No sé que hora es. Dormir, dormir es lo que quiero.

Salgo a dar una vuelta y me encuentro con compañeros míos del instituto. Curiosamente hay 3 que hoy son químicos. Chan va vestido con un traje de motero y me abraza. Siento la dureza de las protecciones del mono. Nicanor va vestido de ciclista. Pérez, José Juan y Carretero no lo recuerdo. Solo sé que salía a dar una vuelta y ahora estoy en un bar vacío que hace esquina con mis amigos. Da a una plaza que tiene una fuente de varios chorros y está coronado por un caballo rampante de arenisca erosionada. No recuerdo de lo que hablamos.

Me vuelvo a despertar y despierto me quedé. Era por la mañana.

Ahora que la niebla de fuera difumina la luz que entra. El frío se filtra fluido por las rendijas. Mi cama me espera. No es un jergón lleno de maleza y arañas. Es mi cama, la vieja cama que gruñe cuando aguanta mi peso dormido sobre ella. Allí donde vivo como soñador y como insomne vigía del mundo vigil y nocturno de la oscuridad, tan solo rota por luces que parecen ojos ígneos de demonio. Esta vez son los triples con interruptor detrás de la cortina. Siempre me observan. Hay poco que ver. Es la vida.

Y no es tan especial.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Hoy en sociología de chichinabo: esperar en el médico.


Hace ya bastante que no escribo de mis cosas. Es por dos motivos fundamentales: pereza y falta de historias. Mi vida no es trepidante. No viajo casi, apenas salgo de casa, y si salgo siempre voy a tres sitios: la casa de María y Manolín, a lalibrería de mi primo Kiko y a Cervecería La Plaza (o sea, a Cá Daví). Pero como hoy he roto esquemas yendo al ambulatorio para sacarme sangre (era oscura y líquida) y estoy despierto desde las 8 menos cuarto, pues hay algo que contar. Si no hubiese sido por el cortante aire frío y porque tuve que concentrarme en casa para mear en un tarrito de plástico sin salirme (¡prueba superada!) hubiese ido zombificado o algún estado atáxico similar por las arterias de mi pueblo. La Calle Tercia donde vivo y la Calle Alta (llamada antiguamente la calle de los señoritos). Por ambas parece que han bombardeado los serbios. Obras y obras.

Cuando he llegado, como siempre a mi hora o un poco antes, ya se arremolinaban allí personas mayores pegando chillido-susurros, esa modalidad de murmullo que parece la lengua que hablan las serpientes en Harry Potter. O sea, parecía que daban algo gratis. Ya sabemos que la gente es muy amiga de la gratuidad y el grosero gorroneo. Pues no, aquí daba el vaso relleno de pipí y con una aguja (más gorda en mi caso) sacan la sangre. Es gracioso porque tienes un número que coincide más o menos con la hora y te llaman por tu nombre. Yo tenía el 24. Ya había una señora cuando yo llegué allí mangoneando como si fuese el jefe artillero en la cubierta de los cañones de un barco. ¿Usted que número tiene? ¿Y tú, Paquita? ¿Quién es el 33? (Esta señora tenía el número 19). Entonces después de tú, vas tú, y luego tú. ¡Señora, que nombran! Bien es verdad que siempre es bueno saber detrás de quien vas más o menos para escuchar bien tu nombre, porque con tanto orden impuesto a base de bocinazos a lo mejor no lo oyes. Mi vena de futuro profesor ha hecho que se me escape un par de veces un ¡sshhhiiiiii! que es recogido con descarada indiferencia. Iban cantando los nombres hasta que han dicho Miguel Morales, y otra que había allí ha empezado a vociferar Ineeeés Morales, Ineeeés Morales. Soy yo, señora. ¡Ah! me dijo. Es Miguel Morales. Otro ¡Ah!

Lo otro ha trascurrido sin demasiadas complicaciones. Le he regalado mi orina a una enfermera. Una practicante me ha sacado la sangre a la primera y sin dolor, y ¡ea! a mi casa. Ya llegarán los resultados de la litemia y otros condimentos que forman mi rojo fluido vital. Supongo que estará todo por la nubes.

Hay mucha gente que se queja de la Seguridad Social, y bien es verdad que podía estar mejor gestionada, pero lo que hace insufrible ir a hospitales, sanatorios y ambulatorios son los usuarios que no se saben comportar y cree que está en un patio de vecinos o en un corral de comedia.

Y esa es mi historia de hoy, que explica porque me he levantado temprano, porque he visto las obras y porque me estoy muriendo de sueño ahora mismo…

martes, 2 de noviembre de 2010

Las dos casas. Capítulo VIII. Fiebre de oro.

Las dos casas. Capítulo VIII. Fiebre de oro.

Hubo una vez un carpintero que harto de solo comer serrín mañana, tarde y noche, pidió dinero prestado a un amigo y se embarcó hacía las Indias Occidentales. Primero recaló en Cuba, haciendo de lo mismo que sabía hasta el momento, tallar madera y hacer mesillas de noche. Si vino harto de serrín, pronto se hartó de la viruta, y pensó que ese no era su sitio. Una noche clara, con las estrellas tan brillantes que se podía leer solo con su luz, y con un ambiente que bien recordaba a las historias de piratas, se embarcó en la goleta “El que espera” procedente de Innsmouth, Nueva Inglaterra, pues su vista se posaba en el río legendario del Amazonas, donde vivían tribus desconocidas para el hombre blanco. El barco zarpó camino del lejano sur helado desde un puerto de Pernambuco dejando a Nicasio y a otros aventureros en tierra brasileira. Con lo poco que había ahorrado en el Caimán Verde se dirigió a Minas Gerais, pues le habían dicho sus compañeros de viaje que allí habría trabajo y oportunidades para tipos listos. Nicasio que no se tenía por torpe ni por vago llego a Ouro Preto al atardecer de un otoño austral, cuando las estrellas empiezan a aparecer y los últimos resquicios de sol se apagan en lontananza. Iba a por el Santo Grial de las piedras preciosas, como todos, iba por el Topacio Imperial, que solo se encontraba allí. Había visto una en Barranquilla. Era una piedra alargada, de color del oro y con irisaciones resplandecientes, hipnotizantes. Se unió a Nuno Valdés, portugués que conoció en el viaje y con la ayuda de un nativo llamado Saulo, formaron la Compañía Minera “Cantamoira”, que al cabo de unos meses ya estaba siendo rentable, gracias a que el pequeño mestizo Saulo era como un detector de piedras preciosas, y sobre todo de topacios. Las piedras me llaman, señor, decía cuando se le preguntaba como podía hacerlo. De una u otra forma Nuno y Nicasio estaban felices. Ambos eran de temperamentos parecidos, y si bien a Nuno le gustaban las garotas más de la cuenta, eso no influyó en la marcha de la pequeña explotación que ya contaba con 20 hombres, con Saulo como capataz. Pasaron los años y ya no vivían en chozas al lado de la mina. Cada uno se había fabricado una enorme casa con mármoles blancos como el talco. Ambas idénticas, pero separadas en el espacio bastante distancia. Llevaban vidas ya muy separadas, pues la cosa prosperó y cada uno hizo lo que le vino en gana. Nicasio se concentró en el estudio, en el coleccionismo de plantas e insectos. Saulo había pasado de ser poco menos que un esclavo (visto el sueldo que le pagaban), a ser un hombre también rico, que vivía en casa de su ya amigo Nicasio, con toda su familia. Nuno se casó con un señorita de mala nota porque el amor es así, y nadie le puso impedimentos. Nicasio fue su padrino de bodas y el de sus tres hijos. Aunque ninguno de los dos estaba bien visto en la comunidad, uno casado con una meretriz y otro compartiendo techo con negros, Nuno se aventuró en la política y consiguió ser diputado por el estado de Minas Gerais. Mientras tanto, Nicasio se aburría. Tenía puesto sus ojos en el gran Amazonas, leyendo todo lo que podía sobre las expediciones de Orellana, Texeida y sobe todo Lope de Aguirre. No es que creyera en el Dorado, ni en las siete ciudades de Cibola, es que notaba que se anquilosaba, que se pudría en su palacio de nuevo rico. Un día decidió irse de Minas Gerais, al norte buscando el equinoccio y las aguas del gran río. Se despidió de Nuno, al que vendió su porcentaje de la mina; también de Saulo y su familia a la que por fideicomiso legó su casa blanca. Saulo dijo que iba con él. No, dijo Nicasio, con los ojos húmedos, tú has de cuidar a tu familia, pero te privaré de tu primogénito, que se viene conmigo de aventuras ¿verdad, Joao? agitando la mano en los ensortijados rizos de la cabeza del muchacho. Joao ya lo había hablado con al que el llamaba tito Nica. Saulo no pudo negarse, pero es que tampoco quería. Se sentía orgulloso de tener un hijo que iba a ser socio del hombre español que lo había sacado de las cabañas de madera, y agradecido a su amigo que proveyera de una oportunidad de hacerse rico a Joao.

Partieron un día del invierno meridional, montados en dos buenos caballos y con dos mochilas. Tardaron bastante en volver.

sábado, 30 de octubre de 2010

Las dos casas. Capítulo VII. Amparo.

Las dos casas. Capítulo VII. Amparo.

Amparo tuvo siempre una vida triste, pero ella siempre reía. Quedó huérfana muy pequeña y tuvo que entrar de criada con unos señoritos venidos a menos, que se podían permitir el servicio pues la gente trabajaba por dos comidas al día y un lecho de paja. Casose después con un militar de graduación nula, que conoció en misa –su única forma de expansión-, saliendo de la casa de los Peribañez como entró, con una falda vieja, una maleta de cartón y diez pesetas en el bolsillo. Había criado a los tres hijos del matrimonio formado por los señores Don Leopoldo Japón y Doña Anita Peribañez, y solo uno de ellos la echaría de menos, pues también puede haber nobleza entre tanto desgraciado con los humos por los aires.

El soldado Peñaflor era un hombre bonachón, con más tripa que cabeza, teniendo esta última también bastante desarrollada. Digamos que le faltaba un hervor, un ahumado y 5 horas en el horno, pero Amparo fue feliz con él. Iban pasando los años y los hijos no venían. Peñaflor quería un hijo y Amparo también, pero el caso es que, como solía ocurrir antaño, toda la culpa fue para la mujer. No por el marido, sino por las viperinas lenguas de las otras mujeres del cuartel, cuya saliva hubiera emponzoñado cualquier acequia en cuestión de segundos. Al final, el soldado Peñaflor ascendió a cabo. Ipso facto lo mandaron a la guerra en Zanzíbar, de la que volvió metido en una caja de plomo con una bandera en lo alto y cuatro medallas en el pecho. Amparo lloró durante muchos días. Con su marido había sido feliz, por fin, y no le había dado ni siquiera un hijo con el que poder recordar las bufonadas y las hazañas de Peñaflor. Le quedó una pensión tan miserable que durante algunos meses tuvo que vivir de prestado en casa de una cuñada. Afortunadamente para ella, aunque también produjo lágrimas en sus ojos y mocos en su nariz, Damián, el hijo del señorito venido a menos, que por sus propios méritos se había convertido en un hombre de pro, murió de unas fiebres. Le dejaba la casa de sus abuelos, para que ella la administrara a su conveniencia. Y así fue como Amparo terminó viviendo en la calle Pozuelo de la Cantamora, donde aún dormita a la sombra del limonero las mañanas de verano, escuchando el serrar de Cipriano y el intenso pensar del dinamitero, pues era su discurrimiento tan denso que no pocas veces su cerebro hacía ruidos.

sábado, 23 de octubre de 2010

Las dos casas. Capítulo VI. Testamento.

Las dos casas. Capítulo VI. Testamento.

Don Nicasio explicó a don Francisco el motivo de su visita.

Me muero, le dijo, y he de hacer testamento. El notario, aún sin conocer de nada al indiano, dio un respingo y puso una cara larga y tristona. No sé preocupe, prosiguió el moribundo, no es contagioso. Eso apenas consiguió recomponer la cara del funcionario, pero le doy más tranquilidad. Un médico muy bueno en Boston me ha dado seis meses de vida, un año a lo sumo, y por eso está usted aquí, señor Notario. Quiero que legalice mis voluntades y requisitos. Lo tiene todo en esta carpeta. Mis acciones, mis empresas, mis propiedades e incluso un listado de todos los volúmenes de mi biblioteca. Tramite usted el papeleo, si fuera tan amable, que esta semana vienen los albañiles a arreglar el patio y quiero guiar la obra. Yo es que antes de burgués, fui proletario, ¿sabe usted? La palabra proletario pareció no gustar a don Francisco, y solamente asintió de una forma ridícula y anacrónica, y se levanto ampulosamente de la silla, cogió los documentos de encima de la mesa y se despidió del indiano, sin apenas tocarle la mano que le ofrecía. Avanzó hacía la puerta y miró de reojo. Creyó ver el rostro de la muerte y un escalofrío le llegó desde el coxis a la nuca, haciéndolo temblar como una hoja.

¡Que gente más rara!, pensó para sus adentros al desearle los buenos días el asistente moreno del amo de la casa.

Fin del Capítulo VI.

Continuará

miércoles, 20 de octubre de 2010

Bendita languidez


Tengo sueño. Son las 12 :23 de un buen día de Octubre en el que todo es pacífico, lento y silencioso, solo roto por la gente que pasa fugazmente por la acera. Puede ser que mi percepción adormilada baje la intensidad de lo que me rodea y le de a la realidad un carácter onírico que solo tiene cuando estás muy cansado o cuando estás drogado. A mi me pasan las dos cosas a la vez, cansado y sedado, oigo el zumbido del ordenador y puertas de coche que se cierran y se abren, fuera en la calle. Muy al fondo las máquinas que trabajan en la plaza. Bajo este estado hipnótico entre la vida vigil y el dejarme llevar por los dioses del sueño apenas si alcanzo a escribir algo sin hacer un tremendo esfuerzo. Pero ¿Cómo diría? es un esfuerzo sin fricción ni planos inclinados, un esfuerzo a favor de la inercia, que se puede llamar fuerza o también dejarse llevar por la rotación terrestre, por la velocidad cósmica que nos aleja de otras galaxias. Aquí, con la persianas corridas y una leve luz gris del día entrando por la puerta siento que quiero elevarme o simplemente caer en el lecho y dejar fluir todo este sueño que me pone los ojos como canicas y pesas en mis párpados.

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Esto lo escribí ayer. Se perdió entre archivos y carpetas. Lo malo del Windows es que el papel no amarillea, ni hay humedades ni polvo y los documentos viejos parecen nuevos, ni siquiera tienen la cagada de una mosca.

Sigo teniendo sueño, un sueño poderoso proporcionado por la química de las pastillas nuevas. Consiguen su efecto, no sé si para bien o para mal, de que no piense en cosas raras. Bueno, más bien en cosas malas, porque en cosas raras siempre pensaré, y solo el último de los sueños, la larga siesta que llevará a los creyentes ante Dios y a mí a ser agujereado por múltiples insectos, hará que deje de pensar en cosas raras. Lo perjudicial es que se den vueltas a cosas insanas, palanquetas para abrir heridas cicatrizadas. Pero en mi estado les aseguro que aunque parezca triste mi semblante, por dentro estoy canela. Y bien, ya paro. Sean partícipes de mis tonterías pero hasta cierto punto, que tampoco es cuestión de cansar al personal.

viernes, 15 de octubre de 2010

El Tapiz de Penélope


Me rodean pegatinas por todos los lados. No son pegatinas en sentido estricto, sino que se pegan a las superficies. No sé si me explico. No, no me explico. Mis pegatinas son especiales porque son etiquetas de productos o tallas de ropa interior. No son cosas bonitas, ni funcionales ni nada, solo son eso, etiquetas llamativas y chirriantes. Casi siempre dicen que te da algo gratis, pero yo no me lo creo. ¿Por qué Licor del Polo te regala un 20 % de producto? ¡Venga ya! Estoy rodeado, repito, de pegatinas falsas, que solo se puede explicar por mi afán acumulador. Pero soy impermeable a esos mensajes. Sin embargo mi cabeza estos días es un bullir constante, una olla a presión de temores y inseguridades, de mensajes autosubliminares. Si, sigo en las mismas. No escribo ahora mucho por eso, porque me repito. Le iba a contar el rollo de siempre pero paso. Que si pensamientos malsanos, que si reverberaciones oníricas… memoria mala… pierdo la memoria. Ya no podré ir a Saber y Ganar. ¿Cuantos días agónicos me quedan por vivir aún? Hoy he leído en el muro de Alfonso que lo pasado pasó. Aparte de decir que los geólogos nos íbamos a morir de hambre, no es una cosa tan fácil. El hombre es fuerte en su coraza de alerta, pero en algún momento debe dormir. El sueño es la libertad. La libertad para masacrar lo que intentas cada día. Es como el tapiz de Penélope. Yo no espero a Ulises. Yo ya no espero nada. Pero mis sueños me recuerdan que antes me sentía más vivo, y que también era muy infeliz. Los días pasan. Primaveras, veranos, otoños e inviernos. Años. Mi yo visible está en el presente, pero mi auténtico yo es una mezcolanza de recuerdos, digestiones cerebrales pesadas, falta de amor, de autoestima casi extinta. ¿Soy acaso peor que el resto? No. Es mi respuesta definitiva. Los otros son iguales, o mejor, equivalentes. Pero yo solo tengo que soportar a otros pocas veces, sin embargo soy una pesada carga para mí.

Por favor, no me quiten la razón. Estoy hablando de mí. Ya sé que la estoy perdiendo.

martes, 12 de octubre de 2010

Las dos casas. Capítulo V. Las tareas y las horas de Cipriano, ebanista.

Capítulo V. Las tareas y las horas de Cipriano, ebanista.

Cipriano tallaba un cajón de una mesilla de noche. Había buscado en un libro antiguo el motivo musical de un sacabuches y un tambor. Como era para don Frasquito, el director de la Banda de Música, le pareció muy apropiado el diseño, un poco barroco, pero suavizado por las manos del artesano. Cipriano en estos momentos de trabajo, sentado y dándole a la gubia era una persona feliz. En realidad era feliz todo el tiempo, pues en otros tiempos había sido infeliz todo el tiempo. En la inclusa las monjas lo trataban como si de un animal salvaje se tratase, por el hecho de ser más oscuro que los demás desgraciados, que ya eran bien oscuros por la mugre acumulada. Hay quien dice recordar como llegó Cipriano al pueblo. Él mismo no lo recuerda. Alquiló la habitación-taller al señor del estanco y poco más se sabe. Contaban que el banco de carpintero, las gubias, los martillos y las limas las encontró ya en la habitación y por eso le dio por ser ebanista y después luthier. Conociéndolo parece ser una historia bastante verídica, pues se puede dudar que le enseñaran algo donde pasó su terrible infancia. Era un hombre extremadamente ordenado y limpio, y barría después de cada jornada el virutaje y las tablillas sobrantes, que guardaba en una pequeña habitación en el patio para cuando llegase el invierno calentar el chubaski. Aunque apenan hablaban, como se ha comentado con anterioridad, en esa casa llena de silencio humano, trataba a la señora Amparo como si fuese una tía, o una madre postiza, como en las novelas de la radio. Algunos días, rompiendo el no escrito pacto silencioso, jugaba al ajedrez con el dinamitero teórico, y se contaban algunas cosas no por curiosidad, sino por la subyugadora tarea de relatar historias, y si como no tenían nada que reprocharse el uno al otro se contaban su vida en leves píldoras dialécticas, entre un gambito y un jaque al rey.

Fin del Capítulo V.

Continuará

jueves, 30 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo IV. La visita del notario.

Capítulo IV. La visita del notario.

Don Francisco de Sales Díaz de la Torre y Cisneros Pi llamó a la puerta polvorienta de la casa sin blanquear. Le había dicho el alcalde que acudiera a visitar al indiano. Fue recibido de nuevo por el muchacho moreno y sonriente, que cogió su sombrero y su bastón. Don Francisco era un funcionario más seco que la mojama, engolado y repipi, que ocultaba su prominente flequillo inexistente con un matojo de pelos que le crecían de al lado de la oreja, y fijados por agua con azúcar, lo cual lo hacía propenso a atraer a todas las moscas, aun siendo un señor de lo más aseado. Fue guiado hasta una habitación grande, a medio reformar, donde el poder de la escoba y el cogedor no había llegado, y la cal y el polvo formaba pequeños abanicos aluviales en las paredes corroídas. Don Nicasio, estaba de pie, mirando por la ventana, por donde entraba el sol que a él, curtido en el Equinoccio no le hacía ni cosquillas. A sus espaldas un mueble de caoba repleto de gruesos volúmenes, sobre todo de láminas de fauna y flora y mapas de la más diversa índole. Tan ensimismado estaba en algún lejano recuerdo que no oyó llegar al funcionario público que se hizo notar con una tosecilla parecida a la de un gato que escupe una bola de pelo. Volviose presto y vio al encanijado y poco lustroso escribano público y se abalanzó sobre el pobre hombre, creyendo éste que lo iba a atacar. Solo recibió una franca sonrisa y un apretón de manos que hizo crujir los huesudos dedos de Don Francisco como unas tablillas de leproso. Si no hubiese sido por la cara de franca y campechana salutación podría haberse considerado agresión. Le rogó que se sentase, encendió un habano ofreciendo otro al visitante que le guardó para después.

Fin del Capítulo IV.

Continuará

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo III. Armonía.

Capítulo III. Armonía.

En el patio, Amparo se abanicaba al lado de los jazmines. El de las barbas sacaba agua del pozo y bebía directamente del cubo, cosa que hacía que el agua tuviera un sabor metálico, cosa que por lo visto le gustaba. El mulato Cipriano hacía una bufanda, aún en verano, para que Amparo no pasase un invierno como el del año pasado, tosiendo todo el rato la mujer. La anciana se levantó y puso la radio. Daban La Viuda Alegre de Franz Lehar. El barbudo contó alguna anécdota sobre la opereta, Cipriano rió y Amparo, cascarrabias como siempre, hizo un SHHHHHHHHHHHHHHHI atronador. La vida pasaba y era un septiembre caluroso, en el que se oían desde la casa los fuegos de artificio de las ferias y festejos.

Los tres extraños inquilinos hacían de la armonía una palabra tan posible y reveladora que debía extrapolarse dicha paz a todos los hogares de la Tierra, o eso tenía pensado nuestro amigo de las barbas mandar al Secretario General de las Naciones Unidas por carta certificada. Nuestro amigo barbudo era, pues, un melón mauro, pero la intención es lo que cuenta.

Fin del Capítulo III.

Continuará

sábado, 18 de septiembre de 2010

Buscando un regalo original


Hoy fui a comprar una revolución bolchevique al Ikea. Me dijeron que no era de esta temporada. Aproveché para comprar galletas de chocolate, que están muy buenas las del Ikea. Después fui a El Corte Inglés, y en la sección de perfumes pedí una colonia que oliese a billetes de 500 euros. Tampoco había. Esas cosas no le gustan a la gente, espetó la dependienta mirándome con cara de entre asco y terror. ¡¿Cómo?! dije… ¿a la gente no le gusta el dinero? El mundo se me vino encima. En mi furor consumista fui a un Kebab y pedí que me vendiesen un AK-47. Me echaron gritando que tenía prejuicios contra los musulmanes. No somos violentos. No somos violentos. Yo intentaba explicar que tenía prejuicios contra todos los adultos que tienen un amigo imaginario, pero no me dejaron. Como en la comida moruna no conseguí nada, me dirigí a un Burguer King. Un Whopper con doble de pepinillo y una cabeza nuclear. Los dependientes, llenos de grasa y acné, me dieron un Whopper, refrescos y patatas, pero una vez consultado con los jefes me explicaron que allí solo servían comida basura, quiero decir rápida, y no se dedicaban al armamento. Me comí la hamburguesa en un parque. Un mendigo me pidió patatas. Le di la burger, pero las patatas ni pensarlo. Ya estaba cansado de ir de aquí para acá sin conseguir nada de mi lista. Era para un regalo, pero nada oye. Ni siquiera cuando fui a una tienda Channel me quisieron alquilar una modelo anoréxica para hacer ambiente a la fiesta a la que estaba invitado.

Únicamente me quedaba una opción. Me dirigí al Banco de Santander más próximo, me fije en un cajero pequeño, calvito, con gafas. Pregunte a una amable señorita con pinta de estar contratada por su cuerpo voluptuoso y su largo y sedoso cabello caoba, más que por su carrera de Económicas, su Máster en N.Y.C. de finanzas en países emergentes o el dominio de 4 lenguas, si podía hablar con el director de un negocio. El señor director resultó ser un amigo de papá, Celestino Delgado y le pregunté si con un buen aval del viejo me vendería el alma del cajero canijo. ¿De López? Lo siento, no va a poder ser. Me sentía de nuevo contrariado. Es que el alma de López ya no es del banco, ¿sabes, hijo? Se lo vendimos en un paquete de hipotecas subprime al Banco Nacional de Zanzíbar. Es que me había encaprichado con ella. ¿No te sirve la de Minglanilla? El obeso director apunto con su gordo y anillado dedo a un tipo alto, desgarbado, con un peinado ridículo y cejijunto. ¡Ese es incluso mejor, Don Celestino! Firme aquí, y el alma de Minglanilla será suya para siempre. Saqué mi Montblanc y firme. ¿Por favor, sería tan amable de hacer un título y envolvérmelo para regalo? Faltaría más. la señorita Begoña se ocupara de todo. Le pedí su número de teléfono. Me dijo que tenía novio, pero me dio su correo electrónico de todas formas.

Cuando llegué a la fiesta sorpresa de Tono mi regalo fue el más celebrado. El alma de un señor… jejeje. ¡El alma de la fiesta! decían todos riendo como imbéciles. Si es que, definitivamente, el capitalismo funciona.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo II. La casa del indiano.

Capítulo II. La casa del indiano

Hubo una vez un indiano que volvió del Brasil con un traje blanco y un sombrero Panamá. Hubo una vez que Nicasio Rodales Martínez volvió a su pueblo para morir. Y hubo otra vez, que era la misma que las anteriores, que un hombre que llegó de lejanas tierras para encontrar su tumba y los olores que no eran concebibles en las exuberantes selvas del Amazonas donde había hecho su fortuna como buscador de oro, sino en la campiña cordobesa, donde compró la casa donde había vivido con su madre y sus seis hermanos en un cuchitril inundado por la humedad y la necesidad.

Las autoridades del pueblo al enterarse de la llegada de tan significado personaje se apresuraron a pasarse por la casa. Fueron recibidos por un joven moreno con una boca sonriente y blanca, como su camisa. El cura, el alcalde, el médico y el farmacéutico pasaron por un patio porticado, sin encalar e inundado por jaramagos y otras hierbas silvestres que buscaban la escasa tierra entre adoquines de arcilla para proliferar. La fuente del centro si volvía a echar agua tras los largos años de solo mojarse con las lluvias y tormentas. Sentados en sillas tambaleantes esperaban a don Nicasio, como era ya conocido. El hombrecillo, pequeño, de pequeños bigotes que ya blanqueaban, se sentaba en un gran sillón de olivo y ofrecía zumos extravagantes y de sabores sorprendentes a los distinguidos visitantes. A todos les dijo respectivamente que no deseaba ayudar a la reconstrucción de no se sabe qué iglesia, no quería contribuir a erigir estatua alguna a ningún héroe de ninguna guerra, no quería ir a jugar a las cartas al Club y aún menos quería ser prócer del equipo local de fútbol.

Les acojo en mi casa –dijo- pues ser cortés no es contrario a mis inclinaciones naturales, pero sepan ustedes que recibiré a todo el que quiera venir a verme, y aún más al que no venga a pedirme nada. Y a esos se lo daré todo.

Los ilustres de la comunidad se miraron, más que contrariados, sorprendidos por las palabras inversamente proporcionales a la claridad del chocolate.

Supongo –prosiguió Nicasio- que serán amigos del señor Notario. Como favor les pediría que me lo enviaran un día de estos. Y a usted, señor cura párroco le pido otro favor. Supongo que como pastor del rebaño sabrá las ovejas que tengan la lana más vieja y roída. De entre todas ellas, mándeme a la más pobre para que sea mi ama de llaves.

Fin del Capítulo II.

Continuará

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Recomendaciones mamelucas: El diario de Tona

Últimamente me está haciendo mucha gracia uno de los blogs de Tona Pou. Tona es amiga de la casa (mameluca) desde hace algunos años. Como muchos de los contactos virtuales que tengo la conocí por el mítico FOTOLOG, esa mezcolanza extraña entre emos chilenos, modernos de pueblo, frikis de lo suyo y de gente con ganas de pasar risa (esta expresión me encanta “de” escribirla). Ella era Povoroska, o la Povo, para los contactos más cercanos, y subía fotos hechas por ella, no propias del Fotolog como medio, pues eran buenas y bonitas. Tona se dedica a cosas que no alcanzan mis conocimientos de persona de conocimientos variados pero insuficientes (cosas raras de tecnologías de la información, marketing y cosas así, que tan poco me gustan) y aún así somos amigos (jejeje, perdón por la sinceridad, Antonia María), pues le tengo un cariño espacial, no sé si será por su amor por los animales, su sensibilidad o su humor, parecido al mío.

El caso es que en su blog Tú, lo que tienes que hacer, es ponerle un cordel, que se dedica al relato cortísimo o a la poesía breve, según se mire, está pasando en tiempo real (día y mes) el diario que le regalaron en su Primera Comunión. Está escrito en algún derivado del catalán propio de ella, -no sé si es mallorquín- (aunque nos ofrece unas estupendas traducciones para que disfrutemos de sus aventuras cotidianas como niña con todas sus faltas de ortografía).


Pues eso, que se lo recomiendo.

Otros sitios de Tona:

Tonapou's Blog

Su Flickr

***

RETRATO DEL TÍTULO del gran Óscar Aibar

martes, 14 de septiembre de 2010

EEEEEL FINAAAAAAL DEL VERANOOO


Vegeto por la red en una habitación donde he pasado muchos años, pero que ahora se me hace extraña. ¿Dónde está el ventilador del techo? ¿Dónde mi lámpara de lava? ¿Dónde están mis amigas, las arañas?

He vuelto después de dos meses viviendo en el campo a la civilización, a la calle concurrida, al tráfico mortal de carga y descarga. El final del verano. Ustedes dirán que no, que el verano acaba en el equinoccio, pero esta ruptura geográfica, de apenas un par de kilómetros es un mundo. El final del verano. Como el Duo Dinámico repetían en el último episodio de Verano Azul, cuando Chanquete estaba muerto y enterrado, y cada mochuelo volvía a su olivo. Verano Azul, verano intenso, habría que decir, porque a los chavales les pasó de todo en un mes en Nerja. El final de MI verano.

El reposo de la siesta leyendo libros a porrillo, para después de dormir, darme un chapuzón en la piscina y ver ponerse el sol. Mi sobrina Eva siempre que me veía liado en mi toalla (similar en dimensiones al toldo de una plaza de toros), pensando y mirando los colores del crepúsculo por encima de los setos, me preguntaba ¿Por qué estás solo? ¿Estás triste? Mi cara era la de un hombre serio, pero no estoy triste en ese momento donde el día se escapa por el oeste. Todo lo contrario, veo los colores variables según las nubes. Yo le respondo que suelo estar triste, pero que ahora no, que solo pienso. Bueno, ya sabemos que quien piensa pierde, pero las disyuntivas mentales van por coordenadas totalmente impersonales, que versan sobre el movimiento de los astros, los árboles o el comportamiento de los gatos que pasean por el césped, pues se trata de su reino.

Ha sido un verano anómalo, que empezó mal, pero que ha proseguido tranquilo, con mis altibajos habituales, y sobre todo largo y caluroso. He leído mucho, casi no he visto pelis. He dormido lo más grande y he soñado sueños y pesadillas preciosas. Todos los días tenía examen o tenía que volver al instituto, a mi edad… imagínense.

Y ya de nuevo en el pueblo, que empieza la Feria. Puff. Y la semana siguiente a Madrid, de vacaciones, jejeje…

Vacaciones… como si hubiese hecho algo de provecho en estos dos meses (bueno, si he hecho, pero me lo guardo para mí, jejeje).

Buenas noches, impresora láser, buenas noches internet por cable, buenas noches, cama más pequeña, buenas noches rutina.

Mañana, o sea hoy, será otro día.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Las dos casas. Capítulo I. La casa de los tres solitarios.

Capítulo I. La casa de los tres solitarios

Los habitantes de la vivienda eran tres. Casa solariega transformada con el devenir de la historia en multitudinaria colmena, en casa de vecinos apilados como sardinas, hoy, viviendo sus horas más bajas, la casa estaba casi vacía, ocupada solo un ala que daba a poniente, como las dársenas que con tanto anhelo buscara Randolph Carter en su país de sueños.

La vieja Amparo tenía dos habitaciones, una salita y una alcoba que apenas habían cambiado en el último siglo, quizá sus paredes, solo holladas por los cables de una pequeña bombilla que era el centro del sistema estelar de la anciana. Los planetas eran sus numerosos pájaros, distribuidos en viejas jaulas de churriguerrescas formas y cubiertos por el robín de forma desigual. Y sus satélites, ¡ay, sus satélites!, un pequinés, quizás más viejo que la propia señora y sobrealimentado hasta un punto que se podría llamar tortura, y un gato igualmente cebado, de un color parecido al agua sucia estancada de un charco, pero con menos garantías de salubridad.

En una gran estancia en el piso de arriba habitaba y trabajaba un ebanista de origen dudoso, no por su rectitud moral, que era como el historial de uno de los últimos de Filipinas, fuera de toda duda, intachable, libre de toda mella, sino por su mezcolanza racial, que hacía que su pasado y el de sus antepasados fuese un intrincado acertijo, un jeroglífico filogenético de improbable resolución. Pero Cipriano lo tenía bien claro. Era un niño de la inclusa, un desarrapado que una infancia de gris cemento dio paso a una liberación mental a través del trabajo y la música. Las virutas se apilaban en el suelo, y limando de los trozos de árboles muertos, el carpintero laudista, tallaba primorosas piezas de filigrana maderil y rústico acabado. Salía a fumar al balcón y jamás barnizaba sus piezas, pues un día cuando daba la pátina a un aparador y encendió su cigarrillo de caldo gallina ambos elementos se retroalimentaron en un fogonazo que hizo que Cipriano quedara marcado para siempre. Quemaduras físicas que no lograron achicharrar su felicidad interior ni borrar su blanca sonrisa infantil.

Y en el desván, todo carcoma y tela de araña, un hirsuto personaje se movía en la sombra. En la habitación olía al aroma revenido de la apilación humana ya pasada y de grandes depósitos de cenizas de tabaco, que formaban formidables pináculos redondos, semejantes a cráteres lunares. En aquella estancia el sol radiante de septiembre apenas entraba con la fuerza de un velón de sebo de ballena chisporroteando en la bodega de un barco negrero. Los cristales eran translúcidos por el polvo, sumado a la variable tiempo, fórmula implacable que cae a plomo sobre nuestras miserables vidas como un día cayó la manzana en la cabeza del genio. Rascándose las barbas con un lápiz del 2 roído, y con varios tomos de la enciclopedia Espasa a modo de pupitre, se urdían terribles planes en la mente de escribano, se ideaban dantescas vueltas de tuerca a la existencia humana. En definitiva, la extremosa subversión estirada hasta ominosos límites era puesta en el apergaminado pliego de papel de barba.

La extraña comunidad de vecinos vivía en la extraordinaria connivencia de los que jamás hablan entre sí, dejando pues a un lado la tentación de discutir, pues la riña es un imán siempre listo entre gente que se dirige la palabra. Como el Club Diógenes donde Mychoft Holmes disfrutaba de su asueto en la silente luz del atardecer londinense, en el número 27 de la calle Pozuelo de la Cantamora, el mutismo solo era roto por la tiorba del ebanista, cosa que alegraba a la anciana entre aves, y engatusaba al joven agitador del desván -que hablaba solo de vez en cuando para aportar un dato suelto- y de nombre incierto, ignoto para todos. Cierto es que nadie se lo había preguntado, pero se duda aún si hubiese respondido a la cuestión con agrado. Lo cierto es que un niño se lo preguntó una vez y le respondió, pero cuando el crío lo contó nadie le creyó. Las personas preferimos la mayoría de las veces una leyenda morbosa que la simplona realidad, cotidiana como el circadiano ocaso o el paso del viento solano en los días de invierno.

Fin del Capítulo I

Continuará.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Black Dog's Oxbow

Las aguas corrían lentas, con parsimonia, entre las piedras del río. Un antiguo meandro abandonado, lo que los estudiosos llaman un oxbow, formaba un remanso en el que el agua se renovaba sin prisas, pero sin pausas. Los cañaverales de las riveras se movían, mecidos por el viento de la tarde, en sintonía con su ulular entre las hojas de los sauces y los alisos. Solo el silbido de un viejo desdentado y despreocupado rompía, si es que se puede emplear ese verbo, la armonía de la naturaleza al atardecer. Su nieto, sentado en un cubo de latón observaba a su abuelo mientras pescaba. El muchacho sabía perfectamente que el silencio era fundamental para llenar la sartén de pescado, pero en donde esté la natural curiosidad de la infancia se olvidan las necesidades de la barriga, y bombardeaba al viejo a preguntas. El anciano, de rostro blancuzco y mofletes y narices rojas como la sangre, respondía susurrando entre los pocos dientes que le quedaban y los labios que sostenían una pipa de maíz, apagada desde hacía dos inviernos, pues los médicos se meten en los asuntos de las personas o lo que es lo mismo, donde no les importa –eso es lo que pensaba el viejo y eso es de lo que doy fe como narrador-.

-Abuelo, ¿estuviste en la gran ciudad?

-Si, hijo, si. Estuve en la capital.

-¿Y como es? ¿Es grande, tiene muchos automóviles?

-Ya lo creo, hijo, ya lo creo. Hay tantos coches allí que hay unos guardias especiales para pararlos y ordenarlos. Hacen mucho ruido. Son muy bonitos los coches en la ciudad. Recuerdo uno que era tan grande como un tractor pequeño y relucía entre las luces de las calles. Era digno de ver, si.

-¿Luces en las calles? ¿Cómo las farolas del camino a la estación?

-¡No, hijo, que va! Son luces de muchos colores, colores artificiales, que no se parecen a ninguno que yo haya visto por estos parajes. El verde no es como el de los árboles o la hierba. Brilla como una joya. Son como una barritas rellenas de color brillante, más aún que el fósforo, más aún que una luciérnaga, si, hijo, así son las luces de la ciudad. Por la noche hay tantas que parece de día a las 2 de la madrugada. Hay bullicio. No es como aquí. Allí hay gente por todos los sitios, vestidos muy elegantes y corriendo, parecen chiquillos que corren para acá o para allá. Parece que nunca duermen.

-¿Y por qué fuiste allí, abuelo?

El viejecillo encorbado estaba en cuclillas y tardó un poco más de la cuenta en responder a la pregunta ansiosa del chaval porque veía la sombra de un pez que se aproximaba a su sedal. Espero paciente, llevándose el dedo a la boca para callar al chiquillo. Cuando izó la perca fue como se cogería un rábano de un bancal, lanzó un pequeño resoplido, y le dijo a su nieto que le diese el cubo donde estaba sentado. El muchacho lo hizo con regocijo, pues aunque le daban un poco que asco, los peces escurridizos en el cubo le hacían gracia. Cuando hubieron acabado la maniobra, el abuelo prosiguió:

-Fue cuando la Guerra, hijo. Vinieron aquí con unos camiones y nos fueron llamando a los que tocábamos músicas o escribían poemas. Nos subieron en el cachivache ese que olía a coles podridas y nos llevaron a un campo de entrenamiento. ¡Fue duro, demonios! Los sargentos nos gritaban y nunca hacíamos nada bien. Y así fue todo el rato. Después nos dieron un permiso y fuimos en un autobús a la ciudad. Y allí vi todo lo que te estoy diciendo, hijo, así fue, si. Cuando volvimos tuvimos que marchar a Zanzíbar. Yo estuve en una escuadra de aviones. Y por eso es que me he dedicado toda mi vida a fumigar los campo, hijo. Al menos las asquerosas palabras del sargento me sirvieron para algo.

-¿Y quieres volver? ¿A la cuidad o a Zanzíbar?

-No, hijo, no quiero volver a ninguno de esos dos malditos sitios del diablo, no señor, en la vida.

El viejo cogió el banjo y cantó suavemente, susurrante, entre los dientes, una canción de la chica de sus sueños. Esos sueños que nunca se harán realidad.

El sol se puso, las ranas se pusieron a croar como desesperadas y olió a pescado asado en todo el entorno del oxbow de Perro Negro (pues así lo había bautizado el viejo).

sábado, 4 de septiembre de 2010

Un recuerdo para S.H.



"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."
Esta tarde, en remojo, con un agua fresca rodeándome casi por entero, miré hacia arriba. Era raro, era extraño, o es que acaso no me había percatado que en verano hubiesen cielos de Flandes. Me explico. Para los que sean nuevos o no se acuerden de mis idioteces. El cielo de Flandes es aquel de tonalidades grises medios y azules muy apagados, con grandes nubes, dejando algunos huecos en los que se percibe el azul celeste del cielo normal. Es el cielo que tienen los cuadros de los maestros flamencos. Entre tanto iba yo observando los fenómenos atmosféricos me di cuenta que echaba de menos a alguien. ¿Un amigo? ¿Un antiguo amor? ¿A mi pájaro Cuclillas? ¿A la gata Lucifera? Echo de menos todas esas cosas a menudo, pero mientras estaba flotando como una boya en un mar en calma me acordé de mi sempiterno acompañante durante este verano, el señor Sherlock Holmes. Y es que he ido alternando la lectura de los múltiples libros con las historias de S.H. Eso hasta que anteayer acabé las obras completas del simpar personaje.
O sea, me he leído todo lo que el autor escribió sobre él (llamado el Canon, parece ser), que a lectores menos amodorrados que yo le podía parecer repetitivo, y aún lo echo de menos. También a su narrador y amigo Doctor en Medicina John Watson. Y a los irregulares de Baker Street. Y a tanta belleza victoriana que se privaba cuando ocurría algo misterioso o sorprendente.
Un personaje puede estar más vivo que muchas personas. Poder incluso tocar con las manos la babucha que cuelga de la chimenea, a modo de calcetín para Santa Claus. Se puede oler su maloliente pipa llena de tabaco negro y sentir su presencia.

Y ya cambiando de tercio, y hablando de presencias, me he sentido un poco invadido, un poco observado, espiado y quizás poseído, cuando entre los relatos de Guy de Maupassant que devoraba después del baño, me he metido entre ojo y ojo, entre neurona y neurona El Horla. La descripción de un aquejado de depresión y ansiedad es evidente (al menos para un sufriente de dichas enfermedades), pero tal y como desarrolla el franchute el cuento –como un diario- le da un toque sobrenatural, pero sutil, que realmente acongoja, por no decir la rima. Me está gustando realmente este Guy, del que nada había leído, y que tan joven murió. O sea, al contrario que Sherlock Holmes (y de su creador) que cumplió el siglo en los 50 de la pasada XX centuria.
Y una vez escrito esto me vuelvo a preguntar otra vez ¿realmente interesa esto a alguien? Bueno, yo creo que si. A la gente que lea, que se sentirá identificada. O quizá no… ¡yo qué sé! Buenas noches nos de el que espera soñando en el fondo del mar.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Descripción Acción Camión


Por perderme en la descripción, y no centrarme en la acción mis relatos son una mierda como un camión.

No he estudiado literatura ni me sé las figuras retóricas ni la madre que las parió. No sé narrativa comparada e ignoro, talque los misterios del universo, el análisis sintáctico de una frase. Lo que si sé es que, como lector que soy, los tres minirelatos –uno de los cuales ha crecido hasta llegar a cuento- que he empezado solo se fijan en detalles nimios y después no pasa nada. No avanza la acción. Bueno, en uno de ellos que es humorístico quizá no sea tan imprescindible que la acción avance demasiado: pero es que hay uno de miedo que el terror lo provoca la imprecisión de mis palabras y el no llegar a ningún sitio. Me podría tirar el pego de que abro nuevos caminos en la narrativa y que patatín patatán. Mentira podría. Soy más clásico que una columna jónica y mis innovaciones no van más allá de un localismo o un arcaísmo aplicado a un ambiente en condiciones normales. Lo de las condiciones normales es una cosa de gente de ciencias, pero para el caso es lo mismo. Llevo sin ser productivo demasiado tiempo. Yo, el que pretendía seguir con la novela sobre Oliver y la Antártida que empezara hace dos años, he vuelto a fracasar estrepitosamente. No soy capaz de escribir muchas líneas al día, y las que escribo después las cambio y las estiro como un zapato estira un chicle pegado en el asfalto estival. En realidad no existe ningún asfalto estival, sino asfalto caliente por el calor estival, pero yo creo que se entiende.

O sea, ¡que no, pardiez! ¡Que soy un fraude! Hay que ser cocinero antes que fraile, y antes que cocinero pinche. Yo estoy a nivel de cascahuevos (que mal suena esto). Leer a Chesterton, Vonnegut, Le Fanu, Conan Doyle o Conrad no ayuda a formarme un buen concepto propio de las mierdas que escribo. Mierda como camiones.

Y no entraré en el discurso democrático de que eso lo tienen que decidir ustedes, porque esto es una dictadura. La mía. Yo, como decía aquel, muevo los hilos.

Por lo menos aquí.

sábado, 28 de agosto de 2010

yo


Pastillas de litio

y mente borrosa

y siempre hablar de las mismas cosas.


Botellas vacías

polvo acumulado

mi propio Diógenes adelantado.


A internet enchufado

las noches de invierno

o en este verano que parece infierno.


Castidad forzada

castidad elegida

los recuerdos no dejan que cure la herida.


Melón por cabeza

la dú es escasa

hoy tampoco quiero salir de mi casa.


Pastillas de litio

y mente borrosa

y siempre hablar de las mismas cosas.

 
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