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Me acuerdo que un día bajaba a clase por Camino de Ronda. Había pasado ya el puente que pasaba sobre las vías del ferrocarril que se dirigen hacía
Viajando yo creo que no se aprende nada de nada, o por lo menos el 90% de las personas. Para empezar, la gente no es curiosa por naturaleza, y si en su casa no aprenden porque lo van a hacer fuera de ella. Si donde cagan a gusto no se cultivan, donde tienen estreñimiento crónico solo están pensando en su querido water, al que tanto anhelan. O también en quitarse la arena de las ingles. Después están los todoterrenos, los que se llaman a si mismo viajeros, que presumen de aprender mucho por ahí. De que todo es muy enriquecedor. Todo muy profundo, todo es cuasikármico. Pero estos se quedan en lo pintoresco. Mientras más exótico mejor. Pero no dejan de encontrarlo todo tan chachi porque lo miran desde el punto de vista occidental, europeo. Yo también lo miro desde ese punto de vista, pero a la inversa. ¡Cuánto trabajan esos pobrecillos, o vaya mierda comen! Y es porque básicamente, no me gusta viajar. Viajar no tiene aliciente para mí. Y miren que soy curioso, pero me conformo con los libros y la tele. Soy una persona teórica. En primer lugar, porque para entender a la gente hay que estar con la gente, y no estar de paso. Y eso cuesta, tiempo, dinero y trabajo. Y yo no tengo ni rentas ni paciencia. Bueno, paciencia, si, pero soy muy malo con los idiomas. En segundo lugar soy un ombliguista. Las costumbres de muchos pueblos me parecen bárbaras. Muchas costumbres nuestras también, ojo, y no estoy hablando ni de los toros ni de echar cabras por los campanarios. Algunas más sutiles. Lo dejo ahí. A buen entendedor poca palabrería basta.
Kant nunca se movió de su ciudad y alrededores y fue un hombre sabio. Y el tío te describía Londres como si hubiese estado allí viviendo. Era un exagerado este Immanuel, pero es que el exceso es un plato de buen gusto para los filósofos y para los idiotas. Yo soy de los segundos.
Y además, la mar de sésil.































